Opinión

AGONÍA Y MUERTE DEL SHERLOCK


Se supone que el espíritu carece de anatomía, y sin embargo estoy comprobando que puede llegar a doler intensamente. Más allá de cualquier diagnóstico científico, me decía mí mismo, existe el dolor de espíritu, y me hacía esta reflexión al mismo tiempo que entristecido escribo: Los caminantes habían decidido no salir mientras durara la gravedad de Sherlock. Agonizaba sin ya casi poder levantarse, con un quejido decoroso, constante y profundo. Al levantar su hermosa cabeza, siempre expresiva y poblada de suaves pelos negros y amarillos, manifestaba estar consciente de su progresiva impotencia ante el destino y a la vez parecía estar recordando con orgullo su vida ejemplar y aferrándonos a los caminantes del mundo a esa memoria; diciéndonos así que peor que la muerte es el olvido.
En casa, a su alrededor sólo estábamos Mercedes, Luis Xavier, Doña Francisca, Watson y el de Managua quien acababa de regresar de México, habiendo coincidido allá con las celebraciones del Día de Muertos. Sincretismo religioso que permite a vivos y muertos prolongar esos días sus lazos afectivos, compartiendo comidas y bebidas y el típico Pan de Muerto. Pensé que era una esperanza azteca para atenuar cualquier desenlace funesto y mantener siempre viva la relación entre Sherlock y nosotros: Siempre la esperanza de un Día de Muertos, en que estos hacen acto de presencia no visible, pero que podremos sentir y vivir como visible. Watson, más inquieto que nunca quizás por tener su mente llena de malos presagios, se paseaba constantemente por el patio sin rumbo fijo, para después regresar a la cercanía en donde yacía postrado su amigo y maestro. Mercedes, solícita lavaba al avergonzado Sherlock librando pelaje y piso de la pestilente evidencia de sus necesidades sin control, y el de Managua lo medicaba a pesar de estar consciente de que aquellas pastillas e inyecciones ya eran inútiles. Es lo que ocurre con el cuerpo, pensaba, sosteniéndole con la suya a Sherlock aquella enternecedora mirada de amor y compañerismo por las que se les salía el alma a ambos.
Mercedes y el de Managua se entregaban a los recuerdos de cualquier tiempo pasado que fue mejor, mientras Sherlock, quien siempre había agradecido la presencia de sus semejantes de corazón a su lado, aprovechaba estos últimos momentos con sus seres queridos para echarse cuan largo era con un resoplido de pretendida tranquilidad y quedarse quieto, alzando de vez en cuando con disimulo sus ojos hacia nosotros. Sentía nuestra presencia y nos hacía sentir que la suya estaba a punto de partir y que él, a pesar de que por nada del mundo quería dejarnos, nos pedía resignación y valor ante la inminencia de la separación. Esto último lo repetía con insistencia cuando para cerciorarse de que aún estábamos, levantaba su noble cabeza y su mirada parecía irse por senderos de otros caminantes.
Mercedes y el de Managua recordábamos que nuestra hija Ximena nos lo había regalado muy pequeño sin renunciar a su posesión. Sobre las piernas con sus dientes afilados tiraba juguetón de nuestras ropas o nos mordisqueaba las manos, observando nuestras reacciones con esa mirada de niño travieso que siempre tuvo y que hoy intenta sacar de sus adentros, no por él, sino para tranquilizarnos diciéndonos que no es uno, sino el cuerpo quien nos juega malas pasadas. Ciertamente es injusto que al final el cuerpo no vaya en consonancia con el espíritu. Sería mejor una partida rápida de ambos, que no alargara los lazos con esta vida. Algo así como desamarrar el barco para que éste parta tranquilamente, ya que si las amarras se resisten es más doloroso.
Luis Xavier, “Cangrejo Loco”, se ha sumado a la consternación hogareña y fuera de casa toda la familia. El pelaje de Sherlock se ve más espeso y se siente más suave que nunca. Como un abrigo. ¿Será que este leal pastor alemán regresa a donde hace frío? Cuando muera sólo voy a informar que murió, se decía el de Managua pensando en la nieve de un país sin retorno, y con la certeza que los caminantes jamás lo olvidarán. Él fue mi primer acompañante y la gente se admiraba de que lo llevara suelto y feliz tantas madrugadas, por calles y aceras. Otros caminantes, antes temerosos por su corpulencia, se detenían para oírme decirle: “A este lado, parate, vámonos” y ver a Sherlock cumplir con lo que se le pedía. Porque no es que yo lo hubiera entrenado o adiestrado, sino que como nos entendimos desde un principio, sólo tenía que pedirle hacer lo que él gustoso hacía con sus respectivos comentarios. Por ese entonces ya caminábamos y platicábamos por todas partes, y cuando se le antojaba hasta jugaba fútbol con Luis Xavier y conmigo. Así comenzó todo y vieran cómo siento perder ese todo ya que, terminando de escribir esto, murió Sherlock, y quienes lo quisimos sentimos que nos duele el espíritu.