Opinión

El político cansa, divierte y roba


Luego de observar sus gestos, trajes, poses y séquito, escucharle su vocabulario, modulación y argumento, la conclusión es simple: el político cansa y divierte, además, roba.
Admiro a quien se apasiona y cree fielmente en su líder. Le ovaciona las poses e integra el séquito, orgulloso de seguirle y celebrarle todo lo que dice y hace.
Indudablemente, es muy hábil una persona que logra la confianza del jefe del partido, y se mantiene en el círculo de poder: sin enredarse en ideologías, milita en donde superior ganancia obtiene y se porta bien, es obediente, nada respondón y muy colaborador.
Todos acumulan capital protegidos por el partido, aprovechando las influencias en el Estado. Son admirables, pues, dedicados a la política no trabajan en sus empresas como ejecutivos de tiempo completo, y son rentables. Para lograrlo, la contratación de personas confiables es de primer orden.
Los confiables son quienes se encuentran en el más alto nivel de cada grupo de poder. El Estado lo manejan como empresa privada, como partido, desde la hacienda vienen las órdenes para que se cumplan. A las salas de negociaciones sobre el destino de los partidos y el país entran muy pocos. Por eso se equivocan, no les gusta escuchar a la gente.

El somocismo vigente
Pero a veces creo que no les conviene reconocerse a sí mismos, sus aspiraciones e intereses emocionales y comerciales. Les sucede lo mismo que a Somoza Debayle, quien aseguraba que el pueblo le iba a pedir su retorno o lamentarse de su ausencia. Esa concepción es errónea. Muchos de quienes vivimos el somocismo no queremos un modelo somocista. Es inadmisible.
La política somocista es corrupción estatal, partidaria y privada, en alianza de cúpulas. Es represión social (ignorancia y desnutrición) y partidaria por medio del Estado, bajo cualquier modalidad coercitiva.
Los políticos nicaragüenses no son exigente con las formulaciones de programas, su aplicación, validación y seguimiento para obtener resultados verificables científicamente cuando se habla de enriquecer a los pobres.
Es un espectáculo jocoso cuando les veo entrando a su lujoso auto, seguido de periodistas que lo asedian dándole lugar de personaje ilustre o mentiroso, ladrón, sin que él pierda poder. Las masas vitorean a los líderes. Nada cambia con las denuncias, los políticos dominan la estructura del Estado. Ellos tienen el dinero, el lema de los políticos es: con la plata baila el perro.
Los lemas oficiales son mensajes para la ilusión de las masas. El Estado nicaragüense es un centro comercial, donde ferian el país quienes poseen acciones, dinero para comprar y decidir. Ése es el gran negocio. El problema principal es que muchos nicaragüenses lo sabemos, pero las cúpulas nos hacen repetir que nosotros les creemos. Y hay gente que les cree.
Los políticos no se presentan con la verdad frente al pueblo, le mienten, y eso también lo conocemos muchas personas, no unos pocos: muchos más de quienes mantienen al país en ruina. Más nicaragüenses reflexionamos, más que antes exigimos contra la hipocresía de los líderes y el robo constante.
No importa de cual partido sea, a cual líder vitorea, los políticos juegan con sus propias reglas, ellos negocian cuotas de poder, estrictamente económico: Poder político conforme poder económico. Con dinero manejan muy bien a los votantes, sus seguidores, montando campañas sistemáticas, con cantos, bailes, cohetes, vivas, rótulos, regalías, ceremonias grupales estado-iglesias-partidos.
Cada elección en el país, los candidatos repiten discursos de antaño. Todos los días repiten. Siempre los mismos hablan lo mismo. Se acusan de todo y todos son inocentes de lo que les acusan. Divierten. Mientras más del setenta por ciento de los nicaragüenses son pobres y creo casi el mismo porcentaje es miserable nutritiva y económicamente.
Los políticos divierten, olvidan rápido la historia o se creen la historia que ellos mismos han escrito u ordenado escribir a familiares y académicos prestigiados. Creen en el mesianismo liberal, conservador, religioso, sandinista. Conocen la ignorancia del pueblo y entonces desestiman la capacidad analítica de los nicaragüenses.
Allí comienza el cansancio. Son insoportables. Las veces que enciendo el televisor entre siete y ocho de la mañana en muy pocas ocasiones aguanto una hora, recorriendo los “programas analíticos”. Todos saben el camino hacia el progreso. No hay tal ignorancia. La mayoría de nicaragüenses se informa, ve la película política, la lee o la escucha.
Estos señores cansan, y más cuando creen que todos somos estúpidos y hablan, hacen y deshacen en nombre del pueblo, con la bendición de Dios metiendo manos a las arcas del Estado. Pagan diezmos con dinero del Tesoro Nacional. Irrespetan la constitución política. Ningún gobierno ha dejado de pagar tributo a las iglesias.
Pero dicen que les “importa la constitución, la carta magna de la patria, los sagrados símbolos, los héroes y mártires, la libertad, el honor, la empresa privada, la reconciliación, la paz, los pobres” y cada día acumulan más dinero irrespetando todo, degenerándolo todo, mientras los otros se hunden en la miseria.
En Nicaragua, los políticos han traicionado a la sociedad, al pueblo nicaragüense que luchó contra la dinastía somocista esperanzado en una vida mejor, a los contras que creyeron el cuento de la democracia mejor que el comunismo, a los comunistas que cedieron espacios a oportunistas, a no oportunistas que nunca estuvieron ni mejor ni peor bajo ningún régimen.
Los políticos nicaragüenses son traicioneros. El pueblo no traiciona, el pueblo no traiciona al pueblo hasta que ocupa un cargo político y gana mucho dinero. Con dinero visitan glamorosos salones, viajan en lujosos autos, visitan Miami y Madrid constantemente, comen en los mejores hoteles, y se convierten en consumidores compulsivos.
Se olvidan de los otros, de los electores que “Muerden el leño”, y se esconden de ellos porque no pueden resolverle la petición de trabajo, financiamiento, billetes para reproducir, porque repiten: el pastel es muy pequeño y la cobija no da para tanto.
En Nicaragua existen centros de estudios académicos, publicaciones literarias y animadas, pensadores que diario analizan y cada mañana aparecen en noticias políticas de los medios de comunicación.
En el país, por su propia concepción, se junta una generación que desea romper el estancamiento político, pero no logra ingresar al círculo de poder. Le falta fuerza, más capacidad organizativa, más inversión económica, más garra para desmantelar la red de corruptos que gobiernan.
Los diecisiete años “democráticos” restringieron el ejercicio competitivo de la sociedad nicaragüense, la economía siguió manejada por una casta política muy reducida, cuya voracidad personal incide en las políticas públicas y no ha cambiado ahora.
La pobreza en Nicaragua no es culpa de los pobres, sino de quienes empobrecen al país, saquean las arcas, engañan al pueblo, y es responsabilidad del pueblo que fundamenta la razón de su existencia en divinidad y obediencia.