Opinión

La universidad y el maestro universitario


Los griegos, por así decirlo, tuvieron su propia universidad, consistiendo el apogeo de su educación en extraordinarios tutores o maestros, impartiendo calidad, eficacia y eficiencia en el aprendizaje; Aristóteles fue uno de los maestros caracterizados y tuvo a Alejandro, el gran conquistador y estratega militar, entre sus destacados alumnos. Occidente, es decir Europa, responde plenamente a la conquista de la educación helénica y precisamente las primeras universidades del Viejo Continente fueron una copia palpable de ellos, como es el caso de la universidad de Bolonia.
La universidad en América Latina tiene un buen bregar en el tiempo, sin embargo, es hasta que irrumpe La Revolución de Córdoba, en 1918, que se empiezan a formalizar los cambios de estilos para tener una praxis de la enseñanza- aprendizaje, más adecuada a las circunstancias que exigía el contexto.
A partir de 1958, la Autonomía Universitaria de nuestra Alma Máter, que dicho sea de paso costó sacrificio y sangre al pueblo; en la figura preponderante del doctor Mariano Fiallos Gil, logró lo que gozamos en virtud de un derecho que debe y tiene que llegar hasta el más humilde de los jóvenes: la educación gratuita.
Actualmente en la universidad existen tres elementos importantes, como son el aula, el maestro y el estudiante. Los tres son copartícipes del entorno, pero el que responde y respalda a la prioridad en que se adhiere la institución es el maestro.
Si bien es cierto que el estudiante debe ser el protagonista de su propia construcción, no tan lejos está el de señalar que el arquitecto que despliega sus habilidades y destrezas en las disciplinas y asignaturas a través del modelo pedagógico pertinente y permanente es el que se convierte en maestro, es decir el creador de la palabra que conlleva las ciencias básicas, de formación general, especiales o profesionalizantes a un buen entendimiento.
En una universidad de esencia tecnológica y científica a como es el caso de la universidad de ingeniería, el maestro que labora e instruye, cualquiera que sea su perfil además de su consagrada vocación de entrega, tiene que asirse a las herramientas necesarias de convertir su aula en una ventana en donde las distintas formas de enseñanza y aprendizaje provoquen el verdadero conocimiento y cambio tecnológico cuantitativo y cualitativo.
Para que se pueda dar esa oportunidad la innovación debe ser total y llegar hasta el último de los docentes, acompañada con las respectivas técnicas de información y conocimiento, de tal manera que las fortalezas afloren en el mediano plazo estableciendo un nuevo paradigma pedagógico que convalide la estrecha relación con la didáctica como factores indisolubles, para alcanzar en el estudiante un producto integral, consistente y capaz de enfrentar los retos del nuevo milenio.

*Docente Horario UNI.