Opinión

Fábula de los tres cochinitos


Una de las tácticas implementadas por el poder para dominar radica en introducir variaciones estructurales en el espacio geográfico. Claude Lévi Strauss, en Tristes Trópicos, relata cómo los conquistadores y colonizadores portugueses destruían la disposición espacial de las aldeas de los aborígenes de eso que hoy llamamos Brasil y lo reconstruían disponiendo otro ordenamiento propicio para la dominación y el control.
De igual manera los conquistadores y colonizadores españoles superpusieron en el lugar sagrado de nuestros antepasados los templos cristianos para obliterar, negar, borrar y apropiarse de un espacio valioso dedicado al culto, a las matemáticas astronómicas y a la comunicación trascendente. Expropiación y apropiación de un espacio potente --tradicionalmente sagrado-- donde las divinidades y sus oficiosos mediadores también ejercían el poder. No niego que los poderes del culto aborigen ligados a aquellos más terrenales del cacique también ejercían las inciviles tareas del dominio, control y supresión propios del absolutismo.
Producto de esta táctica de apropiarse violentamente del espacio por un nuevo poder teológico, debemos mencionar la imperiosa obligatoriedad sentidas por nuestros aborígenes de reverenciar a un Cristo que contenía a Quetzalcoatl o alguna otra deidad del panteón maya. Divinidades encriptadas en otras divinidades. Divinidades yaciendo en el cuerpo de otra como un aborto al revés. Ergo somos feligrés hijos del aborto brutal, histórico y cultural de una cosmovisión, causado por un eficiente lavado cerebral teológico y por la despiadada aplicación de patadas, perreaje y latigazo limpio; así se nos inoculó una fe redentora: la fe cristiana.
Éste es un punto que a la luz de la historia pierde la iglesia y evidentemente ganan las luchadoras por la restauración legal del aborto terapéutico. La supresión del derecho al aborto terapéutico es una concesión política hecha por los líderes del FSLN al Cardenal Obando, a SS Benedicto XIII y una cesión del espacio laico construido por la revolución liberal para convertirlo en un coto de caza donde los machos capitaneados por curas y obispos ven olímpicamente morir a mujeres del pueblo. Mujeres que no tienen la posibilidad de viajar al extranjero a practicarse un aborto por razones estéticas o para no sacrificar su tiempo libre.
Hablando del solar nicaragüense hemos podido observar que el nuevo régimen ha hecho algunas adecuaciones en el espacio geográfico desde donde se ejerce el poder. No se ocupó la Casa de Gobierno o Casa Mamón de Nicaragua, prefiriendo quedarse los dignatarios portadores del poder en el antiguo nido de la Secretaría del FSLN. Se me ocurre que así como México tiene Los Pinos, Venezuela el Palacio Quemado, Estados Unidos la Casa Blanca y Argentina la Casa Rosada, en Nicaragua tenemos la Casa Mamón. Lo de mamón no está referido únicamente al color con que dicha casa está pintada sino a la inveterada e histórica afición de nuestros gobernantes a no despegarse de las múltiples tetas de la Res Pública (la cosa pública =República).
Pero como en nuestra historia es mayor el peso de lo español, parece ser que seguimos la medicina de los catoliquísimos reyes de Castilla y Navarra, de Habsburgos y Borbones, y a la Plaza de la Revolución se la superpuso una fuente cantarina a la que recientemente se lo superpuso de nuevo la Plaza de la Revolución. Una arqueología del poder producto de lecturas de las capas edafológicas o sustratos del suelo en los espacios manipulados por el poder político nacional, pesquisa que haría las delicias del Michel Foucault.
Cosa similar ocurre con el bautizo de los edificios públicos donde cada gobierno borra de sus paredes y de sus inventarios edilicios, nombres propios de ilustres personajes por los de guerrilleros o combatientes heroicos y viceversa, cuando el viento sopla al contrario. Aquí podemos hablar de una superposición sustantiva o los nombres propios jugando al omblígate o haciendo quien sabe qué cochinadita. Imágenes dignas del Jardín de las delicias de Ieronimus Bosco.
Ahora a los tres cochinitos: al Director de Arte Danny Ortiga, al Director-Productor Michael Oban-Do y al Director de Escenas, Arnold Scwarzalmán, se los está ocurriendo cambiar el escenario político del país pasando de un régimen presidencialista a un régimen parlamentario. No pudimos tener presidencialismo con institucionalidad en el marco de un estado de derecho, siendo sometidos siempre a los caprichos volitivos y vermífugos del Presidente y ahora nos vamos a meter en el maremagno del parlamentarismo con 10 diputados que padecen de coprolalia y 80 que decirles mudos sería insultar a gentes con capacidades diferentes.
Pero como en el capitalismo el cliente tiene la razón, ya va siendo hora que nosotros el público del teatro, que pagamos como buenos clientes nuestras entradas con sangre, sudor, sombras y lágrimas, le modifique estructuralmente el espacio político a los tres cochinitos.