Opinión

Para más mercado más Estado, y para más Estado más mercado


Por siglos, teóricos e ideólogos han debatido acerca de cuánto de Estado y cuánto de mercado constituyen la fórmula óptima para el crecimiento económico y el desarrollo social; y han sostenido la necesaria primacía del uno sobre el otro para la consecución de tales objetivos de crecimiento y desarrollo.
Es frecuente que se considere al Estado y al mercado como alternativas sustituibles entre sí, sin precisar su distinta naturaleza ni el carácter complementario que muestran en la realidad. Sin embargo, el carácter complementario de las gestiones públicas y privadas es evidente, estando vinculadas por y para la Sociedad.
Al tratarse de instituciones de naturaleza diferente, ambas son imperfectamente insustituibles: mientras el primero (el Estado) es un arreglo institucional social en cuyo marco se desarrolla la actividad económica, además de la política, social y cultural, y sus agentes son públicos; el segundo (el Mercado) es la manera en que la sociedad se organiza para la producción de bienes y servicios, generalmente por medio de agentes privados.
El Estado y el mercado suelen invadir mutuamente sus terrenos. Así, el Estado ha asumido actividades propiamente productivas, unas veces con criterio de planificación socialista y otras con base en misiones específicas definidas por el gobierno. A su vez, se ha planteado de manera explícita o implícita que el mercado es el generador de una proporción desorbitada de la institucionalidad social.
Si bien no existe una combinación óptima predeterminada, éstos son casos de evidente sobre ponderación. Así como la determinación estatal de la organización productiva será menos eficiente que una basada en mercados competitivos; no conviene, sin embargo, que el mercado sea la base principal de la percepción colectiva acerca del orden presente o futuro, ni que se pretenda convertirlo en la única medida de las relaciones sociales.
Tanto Estado como mercado son imprescindibles para la sociedad, y ambos son recíprocamente dependientes y complementarios. Si bien la actividad económica es imposible sin un marco institucional estable, una sociedad con mercados débiles o inexistentes carece de dinamismo económico. Éste no es un argumento normativo o de autoridad, sino empírico; todas las experiencias exitosas de desarrollo han contado con el dinamismo del mercado y el apoyo de las instituciones del Estado.
Por otra parte, es evidente que ambos pueden desempeñar mal sus papeles. Un mercado insuficientemente competitivo generará niveles de producción inferiores al potencial de la economía y, consecuentemente, una recaudación fiscal insuficiente para financiar las políticas públicas; mientras una institucionalidad estatal inadecuada retardará, o inclusive podría entorpecer, el desarrollo. Por desgracia, ambas situaciones han sido la norma en nuestro país.
De hecho, las políticas macroeconómicas y sectoriales necesitan una nueva forma de interacción de los agentes públicos y privados en diversos ámbitos. El falso dilema de Estado versus mercado es en gran parte un debate ideológico y pertenece al pasado. Hoy se está más allá de esta aparente controversia. El reto para el futuro ya no es la disyuntiva de más Estado o más mercado, sino cómo hacer para que éstos funcionen bien y cada vez mejor, puesto que son complementarios.
La participación del Estado en el desarrollo de muchos países es evidente. Ésta es quizás la principal lección del desarrollo de los “tigres asiáticos”. Estos países, que hace cuatro o cinco décadas, eran económicamente similares al nuestro salieron del empobrecimiento implementando políticas públicas de fortalecimiento de la capacidad productiva y la competitividad; medidas que requirieron del fortalecimiento del Estado y un sólido compromiso social por parte de empresarios y ciudadanos.
Es evidente que el único capaz de conducir una Nación es el Estado, a través de un plan nacional de desarrollo. Sólo invirtiendo en mejorar la educación, la salud, la infraestructura y la gobernabilidad es que se logra una mejora efectiva en las condiciones sociales y productivas.
Para hacer esta inversión, el Estado necesita de un Mercado dinámico y eficiente que genere los ingresos que el país necesita. Por su parte, el Mercado necesita de un Estado con leyes justas y claras; de una infraestructura (energía, comunicación, transporte, etc.) que facilite el aumento de la capacidad productiva; de un capital humano que permita maximizar la productividad de la economía; y más importante aún, de un empresariado valiente e industrioso.
Un verdadero empresario no necesita de subsidios, prebendas o de la explotación de sus trabajadores para enriquecerse. Gran parte del empresariado no ha cumplido con su cuota de responsabilidad con la sociedad. Ha llegado el momento de establecer un nuevo contrato social, que involucre a todos los sectores en pro del desarrollo social y el crecimiento económico de nuestra nación.

*Diplomático, Jurista y Politólogo.