Opinión

Halloween vs. Agüizotes, ¿el único problema?


Edwin Sánchez

Ver a algunos nicaragüenses en La Paz Centro y Nagarote degustando un quesillo con una Coca-Cola en la mano me llevó a preguntarme ¿Y la cumba de tiste? La espumosa pregunta, con su nacional color cacao, abrió el apetito a otra interrogante: ¿Qué es ser, en el siglo XXI, nicaragüense? Hoy, ya nadie estaría tan seguro en escribir un libro como el de Pablo Antonio Cuadra, una estampa entre urbana y rural, pintada desde una Calle Atravesada en nuestra historia.
El nicaragüense se volvió un nica norteamericano, en distintas oleadas. El nicaragüense también se nos hizo nica-tico, al poblar laboralmente la nación del Sur. Y se fue a España.
Somos un país de enorme calidad que se dispersa por el mundo, con sus vigores sueltos que sueltan a su vez el vigorón de la dieta de una nicaraguanidad que anda sin rumbo y sin meta…
Pero, ¿hasta dónde se es nicaragüense, sometido o entusiasmado por las culturas que le dieron albergue? ¿Qué queda del nica? ¿Acaso se es nicaragüense por ser mal hablado? ¿O porque se llega a una comidería en el extranjero a disfrutar del gallopinto? ¿Quiénes somos? ¿Qué tanto nos han deteriorado los operadores políticos nuestros valores morales que en el siglo pasado dábamos por sentados?
Y, es precisamente cuando el país sufre una hemorragia poblacional hacia destinos extraños, cuando, en la localidad se “espantan “ a los espantos del patio por los sofisticados de la cultura anglosajona. Viene “la noche de brujas”, se organizan fiestas, el comercio preparara en grande la celebración de los druidas y se ve como “jinchada” Los Agüizotes de Masaya.
La gente le inculca a los niños que el Halloween es la fiesta: que pueden disfrazarse de drácula, pero no de ceguas, mocuanas o padres sin cabeza… Hay, ahora, toda una nueva generación que creció con esos “valores culturales” postizos, de tal manera que la mente de muchos menores asume la actitud de un forastero en su propia patria.
La imagen transnacional, que es poderosa, acorrala las manifestaciones propias. Masaya misma, con sus Torovenados, poco a poco ha cedido a verse nutrida de disfrazados con personajes de otras latitudes. El Torovenado no es carnaval, pero se degrada a las formas estilizadas de la Metrópolis.
Si los nicaragüenses por razones económicas debieron salir de su suelo, adoptan, por una lógica natural, las costumbres del país anfitrión, y los que nos quedamos aquí le enseñamos a los niños fiestas importadas, de Nicaragua pronto quedará sólo el membrete. Y así como van las cosas, no es raro que surja una propuesta para cambiarle las letras al país a fin de que suene mejor a los oídos metálicos del mercado.
Las iglesias evangélicas, sobre todo algunas de carácter pentecostal, crecen a una velocidad vertiginosa, anulando la nacionalidad de sus congregantes. Son pocas las feligresías que recuerdan el origen del país, su cultura y su esencia nacional. Conciben a Dios según la marca denominacional y multinacional “Made in USA”, “Made in Puerto Rico” y hasta “Made in Colombia-Castellanos”.
Son rarísimas las radioemisoras evangélicas que suenan a Carlos Mejía Godoy, Otto de la Rocha o Jorge Isaac Carballo. Nada de marimba. Fuera la “música mundana”. Todo es “música de adoración y alabanza”, en un olvido por completo de que pertenecen a un territorio específico, social, cultural y étnico donde Dios nos dio la potestad de ejercer la mayordomía.
El peligro es tal que un evangélico no puede ir a ver al Güegüence, porque es ir a “contaminarse” con los inconversos devotos paganos de San Sebastián. La religión, asumida de esa forma, es una suerte de invasión cultural de las más difíciles de resolver: te desmonta la nicaraguanidad, apelando a escrúpulos religiosos malentendidos.
Por vía de la imagen, cine o televisión, carteles, religión, Halloween, éxodo, poco a poco nuestra nacionalidad se erosiona, desgastada por las corrientes que fluyen caudalosas de otros mapas culturales y sociales bien plantados en el Atlas. Y, lastimosamente, lo único que ha quedado en pie, como rasgo fatal del ser nicaragüense, es la capacidad de generar conflictos, odios, guerras, inestabilidades políticas…
Urge recuperar nuestra esencia, nuestra particularidad. La obra clásica, digamos cumbre, de la literatura brasileña, “Gran Sertón: Veredas”, de Guimarães Rosa, es un ejemplo monumental donde lo propio, lo local, lo desconocido para el resto del globo terráqueo se vuelve universal. Parecernos a nosotros mismos debería ser un mandato constitucional, pero sobre todo del alma.
No puede ser que tras una semana en Miami, un nica acabe hablando como un cubano de La Florida. O que un trabajador de Cuajachillo o Chiquilistagua, con quince días en Costa Rica, se arrepienta de su raza, disfrazando su habla.