Opinión

La verdad de las mentiras


¿Son imprescindibles los críticos literarios? ¿Cuánto debes a ellos en tu proceso de crecimiento y formación? ¿En verdad son unos estrafalarios en los que uno nunca debe fiarse, como lo piensa Rosa Montero? ¿Los buenos y sensibles constituyen la excepción y no la regla? Sin lugar a dudas los hay de todos los tamaños y sabores. En lo que discrepo de los incrédulos es que no todos son herméticos insufribles, que para leerles tienes que hacerlo con un instrumental tan cargado, como el que ellos mismos utilizan en su noble tarea. Esta minoría privilegiada cumple una función de primer orden en todos los niveles y disciplinas, no sólo en el campo literario. Me percaté de su importancia cuando leí a Régis Debray, Historia de la mirada en occidente. Sin su lectura me hubiese sido difícil conocer y asimilar los meandros, avenidas y riachuelos que constituyen la fascinante creación de la imagen y su explosión esplendorosa, convirtiéndola en el epicentro de la civilización contemporánea. Debray mismo recurre a los críticos y los elogia, no por eso me convence que todos son iguales en grandiosidad y manuficencia.
Muchas veces he salido a su encuentro y lo que me han producido es una gran desilusión. Un aventajado como Jesús Martín Barbero se percató de los riesgos que corren los críticos cuando recurren a su vasto universo para diseccionar una obra, en su afán de ponerla al alcance de todos. Semiólogo convencido, tuvo un revés al tratar de interpretar una película mexicana y su susto fue tan grande, pues por hacer mofa de lo presentado, recibió a cambio una rechifla de los asistentes en la sala. Honesto a toda prueba, se preguntó, ¿qué veían en esa película los otros contertulios que él no veía? En ese instante mandó a la mierda todo su bagaje. Supo que existían otros elementos que no se agotaban en el texto, como pretenden hacerlo creer algunas almas piadosas. ¿A qué viene este discurso? ¿Dónde nos quieres llevar? A ningún lado. Sólo advierto que pese a estos reveses tengo un alto aprecio por los críticos, pero todavía más por los buenos lectores que se entregan al noble oficio de contarte cómo les supo la obra que leyeron.
Lectores aventajados han sido siempre los grandes escritores. Sobre todo aquellos que no contentos con enfrentar al texto, sienten la imperiosa necesidad de escribir sobre el mismo. Coincidirán conmigo en que su tarea es valiosísima. Incluso su universo poético o narrativo no sería lo mismo si no se hubiesen atragantado centenares de textos. Como lo recuerda Sergio Ramírez, lo prescribe Rosa Montero y practica Mario Vargas Llosa, primero es la lectura, luego viene la escritura. No hay buen escribidor si no se es un buen lector. Jorge Luis Borges siempre lo fue. Todavía alcanzó a decir, para que estuviésemos claros, que el hecho de percibir en un cuento de Hawthorne, redactado a principios del siglo XIX, el sabor mismo de los cuentos de
Kafka, no debe hacernos olvidar que el sabor de Kafka ha sido creado, ha sido determinado, por Kafka. Wakefield prefigura a Kafka, pero este modifica y afina la lectura de Wakefield. Todavía remacha: la deuda es mutua: “un gran escritor crea a sus precursores. Los crea y de algún modo los justifica. Así ¿qué sería de Marlowe sin Shakespeare?”.
Eso pasa con los grandes escritores. Vargas Llosa, lector-aprendiz-escritor-brujo- maestro, remonta el camino. Aprovecha sus lecturas en diversos sentidos, les extrae el jugo y fructifica. Hijo dilecto de sus grandes maestros de la narrativa universal, viaja hacia atrás, hasta el siglo XIX, atraviesa el XX y no tiene reparos en mostrar su gratitud, dejando testimonio de la grandeza de sus antecesores: Flaubert, Balzac, Víctor Hugo. No los aprovecha únicamente para escribir sobre su meritoria obra narrativa, expone la manera en que acometieron sus arrebatos incandescentes. Explica cómo ellos también fueron hijos o hermanos de otros grandes escritores. No contento con saquear sus bodegas, Vargas Llosa saca oportunas y productivas lecciones acerca del arte de la escritura y los poderes sediciosos de la literatura.
En su momento, sometido por su propia voluntad a los embates de la política, siendo candidato de ocasión a la presidencia del Perú, en el año de 1989, fiel hasta la temeridad, alternó sus escarceos políticos, con la relectura de sus progenitores. Consecuente con él mismo, lee y escribe. Para eso vive y de eso vive. Al final de la contienda fracasa el político pero triunfa el escritor. En ese ínterin, el peruano escribe numerosos ensayos sobre una veintena de escritores de ficciones, que muestran su insatisfacción con el mundo.
Estaba convencido de que la verdadera razón de su existencia la debe al arte de narrar. Su paso por el mundo no lo debe a la política, aunque concite su interés. Lo que excita a Vargas Llosa, y para lo cual vive, es la escritura. La creación literaria es su hábitat. Como no podía hacerlo en aquel momento, precavido, evita entregarse totalmente en brazos de la marrullería. Tiene la suficiente madurez y genio, para saber que no puede vivir sin su alimento primigenio: su relación intimista e inclaudicable con quienes tiene una deuda imperecedera. Se salva del oprobio emborronando cuartillas. Desmenuza a sus maestros. Lo hace desde una perspectiva que todos aplaudimos. Si no puede crear sus engendros, sale en busca de los mundos creados por esos deicidas con los que de veras se siente identificado. Tres aspectos resaltan en todos los textos que constituyen La verdad de las mentiras, (Editorial Seix Barral. 1990), las evaporaciones de una sensibilidad particular, su compromiso irredimible con la libertad y sus agudas disgresiones sobre la narración de ficciones.
Sabe reconocer sus deudas. Con precisión milimétrica establece el momento en que leyó por primera vez cada una de las obras sujeta a escrutinio. Sin empachos, revela lo mucho que ha sabido aprovechar sus lecturas. Establece los vasos de consanguinidad que lo ligan con distintos autores. A cada uno de sus trabajos ha sabido sacarle beneficios. Ninguno ha sido ajeno a su condición de escritor. Una de sus ocupaciones más agradables, antes de entregarse por entero en brazos de la literatura, fue la de ayudante de bibliotecario en Lima, en un elegante club. En vista de que los señores que lo contrataron no adquirieron ni un solo texto durante su estancia, sobró tiempo a Vargas Llosa para disfrutar la más original de sus reservas: una colección de libros eróticos, abundante, variada y cosmopolita. Pero se queja de su sesgo francés. Así es que pudo concentrarse fascinado a disfrutar la edición completa de Los maestros del amor, compilada y prologada por Guillaume Apollinaire. Esta confesión la formula en la apertura de su análisis de La romana de Alberto Moravia (1947), que le permite establecer lo mucho que debe su obra literaria a estos autores malditos.
Sus constantes alusiones al sexo y la predilección que siente por Vladimir Nabokok y Henry Miller se traduce en la manera en que sitúa su obra y los elogios que les dispensa. Consecuente, establece el carácter trascendente de sus creaciones y lo hace apartando el grano de la paja. Vargas Llosa distingue lo imperecedero, de lo que el tiempo, ese nivelador inmisericorde, va desmadejando y convirtiendo en nada. Lo mismo dice de André Maulrux. Expresa su agradecimiento a Gunter Grass, a quien leyó por primera vez en los años sesenta en un barrio periférico de Londres. El alemán le enseñó eso que él predica y practica muy bien: que la vida es también fantasía, verbo, sueño animado, literatura. La metáfora que J. J. Armas Marcelo utiliza para nombrar y exaltar su condición de escritor, “la insaciable solitaria”, es la misma a la que él recurre para dispensar su homenaje a Ernest Hemingway, cuando pasa su tamiz por París era una fiesta.
Con la misma naturalidad con que reconoce las mil fuentes escritas que tuvo a mano Alejo Carpentier para escribir El reino de este mundo, Vargas Llosa confiesa que sus abrevaderos tienen una doble vertiente: sus experiencias de vida y sus provechosas lecturas, como uno termina reconociendo, después que vuelve a leer La verdad de las mentiras, nada más que esta vez en la edición de Santillana, (2002), en la que agregó a diez nuevos brujos luminosos y a la que sumó su elogioso ensayo La literatura y la vida. Cómo no va a serlo si la literatura encarna, se vuelve músculo, sangre, esqueleto, vida, cada vez que Vargas Llosa engendra una nueva criatura. A través de la literatura respiramos, habitamos otros mundos, vagamos melancólicos y nostálgicos, volviéndonos distintos, únicos, irrepetibles, así hallamos leído la misma obra, pues a pesar de los críticos, nosotros tampoco navegamos a la deriva, tenemos nuestra sensibilidad para remontar por estos mares procelosos. Lectores, digo, críticos como Vargas Llosa, Borges, Debray, Barbero, evitando poses, te ayudan a navegar contra la corriente. ¡Son necesarios, aunque no imprescindibles!