Opinión

Hipatia: última Genio de la Antigüedad


El renacimiento se caracterizó por rescatar los grandes conocimientos de la antigüedad pasados al olvido por más de mil años de oscurantismo, producto de las Teocracias de la edad media. Voltaire y Toland, libres pensadores del iluminismo, rescataron del olvido la vida de Hipatia de Alejandría; filósofa neoplatónica, hija del matemático Teón, corrector de las obras de Euclides y Tolomeo.
Los historiadores no se ponen de acuerdo en cuándo nació Hipatia, unos dicen que en el 350 d.C. otros que en el 370, y algunos en alguna fecha intermedia. Pero eso no es relevante, más lo es cuando dejó vacío al mundo en el 415.
Además de filosofa, Hipatia era matemática, científica, inventora, educadora y, sobre todo, mujer. Poco se conoce su historia, pero demasiado para ser ocultada. Todas sus obras fueron destruidas, pero su legado quedó intacto por las cartas de su discípulo preferido; Sinesio de Cirene. Algunos historiadores sospechan alguna relación amorosa con él, no obstante sus cartas sólo reflejan una relación de admiración personal y de amor al conocimiento.
La época que le tocó vivir a Hipatia no era la mejor para una mujer de tanto talante intelectual. Fue contemporánea a Ambrosio de Milán, Agustín de Hipona, Jerónimo de Tridón, Cirilo de Alejandría y de Juan Crisóstomo; todos doctores y padres de la iglesia católica. También vivió en tiempos de Teodosio, emperador romano que hizo del catolicismo la religión oficial y única del imperio romano.
La formación intelectual de Hipatia fue constante en su vida; primero fue alumna de su padre Teón quien quería hacer de ella lo que significaba su nombre: “la más grande”; también viajó a la península Itálica y a Atenas, donde algunos historiadores sostienen que se formó en la academia fundada por Platón muchos siglos antes y cerrada por el Emperador Justiniano a principios del siglo VI.
Muchos eruditos manifiestan que Hipatia superó a su padre, quien la llamaba, “Filósofa Hipatia, mi hija”. Según las cartas de Sinesio de Cirene, obispo cristiano, ella inventó el Astrolabio, aparato que medía la posición de las estrellas y permitía una correcta navegación a los barcos. También inventó el Hidrómetro, un aparato para medir los fluidos. Algunos historiadores la ubican como una de las precursoras del cálculo integral. Otros inclusive especulan que se anticipó a las teorías de Kepler, Copernico y Galileo. Pero dentro de su genio todo eso era pasatiempo para Hipatia de Alejandría; su pasión era la enseñanza y para ello usaba el método socrático. Se dice que los contemporáneos comparaban su relación con Sinesio con la de Sócrates y Platón.
En sus tiempos, Alejandría era el centro intelectual de la antigüedad y muchos historiadores manifiestan que había superado a Atenas. El Museum de Alejandría, templo de las musas, la memoria y la inspiración, contenía la biblioteca más grande de la antigüedad, solo competía pero en un lejano segundo lugar con la de Pergamo, ciudad ubicada a treinta kilómetros del mar Egeo, en lo que hoy es Turquía. El Museum era una Biblioteca bicéfala, por un lado tenía un anexo que se llamaba el Serapeo, en honor al dios Serapis, deidad sincrética de Zeus-Apis-Osiris. ésta era la biblioteca pública de Alejandría. El director del Museum era Teón padre de Hipatia, lo cual le permitió a la filósofa impartir cátedra en el Serapeo.
Viajaba gente de toda la rancia aristocracia del imperio hacia Alejandría para escuchar las lecciones magistrales de Hipatia. No obstante, se creó un ambiente de envidia entre las clases dirigentes del partido católico que gobernaba con el Emperador Teodosio II.
Alejandría en tiempos de Hipatia era una ciudad en constante ebullición política. Se estaba aplicando el edicto de Tesalónica del Emperador Teodosio donde declaraba la guerra al paganismo, a los judíos y a los herejes. Era el inicio matrimonial del Poder y el Altar, cuyas consecuencias todavía padecemos. El Patriarca cristiano Teófilo había dado cumplimiento al edicto; liderando una turba que quemó el Serapeo, parte de la biblioteca de Alejandría. Para él, era centro de la herejía y del paganismo. Lo mismo hizo con los templos de otros dioses como el de Mitra y demás religiones griegas y romanas. Estaba aplicando lo que el imperio y su fanatismo le demandaban “Un solo Dios un solo Emperador”.
Hipatia tenía tres defectos ante los ojos de la naciente teocracia católica. Era pagana, científica y sobre todo mujer. Seguían las instrucciones del apóstol Pablo al cual no le gustaba que las mujeres hablaran en las asambleas. Pero Hipatia hablaba y lo hacía con una erudición tal, que daba envidia a más de un “macho” católico.
En el año 415 el Padre y Doctor de la Iglesia San Cirilo de Alejandría, a la sazón sobrino y sucesor del pirómano cultural Teófilo, comenzó una campaña para acabar con el prestigio de Hipatia. Mandó cartas por toda Alejandría donde la acusaba de bruja y de tener una relación demoníaca con Orestes, prefecto de Alejandría, amigo de la filosofa.
Un día de marzo del 415, Hipatia se dirigía a su casa en su coche cuando una turba de monjes del monasterio de San Cirilo de Jerusalén la interceptaron. La bajaron a golpes del carruaje y la arrastraron por las calles de Alejandría mientras gritaban “muerte a la bruja”. La desnudaron y la empezaron a lapidar hasta dejarla casi muerta. La trasladaron a un templo abandonado dedicado al emperador Julio César. Cuando recuperó la conciencia empezaron a quitarle la piel con conchas afiladas. Una vez concluida la barbárica faena, la descuartizaron en múltiples pedazos que los tiraron en un hoyo y luego los incineraron. La turba no paró allí, se dirigieron a su vivienda para quemar todas sus eruditas obras.
Con el martirio de Hipatia se apagó el último gran faro de sabiduría de la antigüedad. Fue como un acto de iniciación a la intolerancia religiosa de la edad media y la inquisición. El fanatismo y la barbarie se ensañó contra la humanidad por más de mil años. Pudieron matar a Hipatia pero no pudieron matar su legado. Lo preocupante es que se percibe ese mismo fanatismo e intolerancia al son de los ataques constantes a la ciencia por parte del alto clero católico. También observamos esa misma intolerancia hacia el sexo femenino, en la alta jerarquía. Cada vez que muere una mujer como consecuencia de la penalización del aborto terapéutico, se nos viene como “Deja Vu” el martirio de Hipatia.
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