Opinión

El destino y el Che Guevara


El nueve de octubre cumplió cuarenta años de haber muerto el icono de la revolución cubana, Ernesto “El Che” Guevara. Fue noticia, una vez más, por los diversos medios de comunicación en nuestra parte del mundo, y no dudo, en el resto del globo. Surgieron mayormente artículos relacionados con su diario personal, campaña boliviana, captura y fea ejecución. Otros trabajos leí sobre su infancia, el famoso viaje en motocicleta por la América Latina y su gran decisión en México, cuando conoció a Fidel Castro.
Este personaje ya histórico es símbolo sin par de la inconformidad política, a tal punto de que entregó su vida por una causa bien arraigada en su ser, en su pensamiento. Alcanzó el nivel de héroe cuando cayó por el efecto de las balas, recibió un tiro de gracia y partes de su cuerpo fueron separadas con alevosía revestida de crueldad y para sus ejecutores, de necesidad probatoria.
Pero fueron las fotografías, primero del lente cubano de Alberto Korda y luego aquellas después de muerto con los ojos abiertos, rostro limpio y hermoso, cabellos y barba atractivamente desarreglados, que simbolizaron para siempre su condición de hombre a seguir y de impecable imagen hasta de paz, de serenidad, como un Cristo recién bajado de la cruz con el cuerpo huesudo, flaco y lacerado. No hay duda, El Che es mas importante muerto que por sus acciones en vida, y esto sucede con hombres excepcionales abatidos, como Martin Luther King, John Kennedy y nuestro General Sandino.
Además, nosotros necesitados del maná de identidad los hemos adoptados con la velocidad del rayo, aún no estando de acuerdo con sus pensares o procederes. Ernesto Guevara es pues cultura de Iberoamérica, de justificadas protestas y no necesariamente de izquierda, sino contra la injusticia. Pero, el destino le jugó un as matador cuando su imagen se convirtió en lo que él tanto detestó y por lo que en contra luchó: un producto del mercado globalizado, un instrumento del capital salvaje, una fuente inagotable de riquezas y un objeto manoseado por políticos con metas de rápidos réditos de poder, que significan dinero.
¿Será por eso que los medios ocultaron sus malas cuentas como los envíos de centenares de seres humanos al paredón, su cuestionada gestión como presidente del Banco Central cubano o su pésima decisión de entregarse en vez de morir peleando, creyendo que valía más vivo que muerto, o porque le faltó agallas? ¿Será que personajes escondidos, quienes manejan grandes medios, decidieron preservar su imagen iconoclasta para seguir obteniendo ganancias fabulosas?
Sea como sea, ahora El Che es un gigantesco negocio millonario y sus ideales leninistas estalinistas, un tanto apartados de Saint Simon, Engles y Marx, son asuntos del pasado en un mundo en que la palabra comunismo y su contexto son apartados por los ahora socialistas del futuro y que países comunistas andan buscando o ya han encontrado acomodos con billetales capitalistas.
Camisetas con su cara, portadas de discos y revistas, banderillas y banderas, estandartes, afiches, fotografías, postales, boinas, monedas y billetes con su efigie, libros, biografías, su diario, medallas, pinturas, estatuas, bustos, llaveros y un sin número de otros objetos son artículos de rápido consumo. Inclusive, una decena de películas se proyectan con los correspondientes negocios de VHS y DVD. Como ven, el negocio es real y nunca de ficción. Les entrego a continuación un pequeño listado de películas que confirman mi decir, pero, como señalé, hay más.
Ellas son: Los últimos días de Che en Bolivia (1968); Che, actuada por Omar Shariff y Jack Palance (1969); Diarios de motocicleta, y el artista mexicano Gael García Bernal (2004); Che Guevara, con el español Eduardo Noriega y Sonia Braga como Celia (2005); y en La ciudad perdida, de Andy García, aparece el Che ordenando los fusilamientos (2006). Vienen dos más: El argentino y Guerrilla, ambas con el cotizado actor Benicio del Toro, 2008.
Cosas del destino, si El Che reviviera se enfrentaría de nuevo, pero contra él mismo.