Opinión

La incómoda verdad se abre paso al socialismo…

“Es difícil hacer que un hombre entienda algo si su salario depende de que no lo entienda”. Upon Sinclaire (Cita tomada de la película de Al Gore)

Nos alegró que en estos días la Academia de Suecia otorgara el premio Nóbel de la Paz a Al Gore, en primera instancia, porque este premio, en buena medida, apoyaría el esfuerzo –muy raro por cierto- de un político norteamericano que batalla por hacer compatible la civilización actual con el medio ambiente.
Se sabe que hay intereses económicos inmensos empeñados en mantener hábitos de consumo irracionales en un sector minoritario de la población mundial (en el 15 %, que habita en el mundo desarrollado, predominantemente). Que hoy, en lugar de ofrecerle a toda la población del planeta niveles adecuados de trabajo, alimentación, vivienda, salud y educación, se crean continuamente, en virtud de la aplicación errónea de esa misma tecnología, nuevas necesidades artificiales, y se producen, más bien, daños ecológicos irreversibles a escala planetaria, como nunca antes en la historia de la humanidad.
Al Gore, en todos estos años que ha impartido conferencias, a lo largo del mundo, sobre el impacto ecológico del actual sistema de producción y de consumo, ha podido comprender el poder real de estos intereses, cuando exclama: “¡He fallado en comunicar el mensaje de alerta! Hasta ahora, los errores ecológicos de las generaciones anteriores se podían corregir en escala humana, hoy, hay daños y efectos planetarios. Yo tenía confianza en que este relato sería tan impactante que nuestro sistema democrático de autogobierno reaccionaría ante la evidencia científica. Confiaba en que la verdad científica sería comprendida. Pero, más del 50 % de los artículos que sobre este tema se escriben en la prensa tienen como objetivo sembrar la duda (por iniciativa de las grandes compañías) de que exista un consenso científico sobre esta verdad”.
La verdad política, así como la científica, no da lugar a utopías. Este sistema, que Gore, con ilusión, llama autogobierno, está diseñado y se ajusta, según las circunstancias, para mantener a cualquier costo el dominio del capital financiero. Por ello, el capital batalla, también, en la conciencia de la población, con una ideología que se contrapone a la racionalidad de la ciencia.
Es un momento crucial de la historia humana, cuando se hace un uso intensivo de las fuerzas productivas, sumamente dañino a nuestra sobrevivencia en la Tierra, pero que está en consonancia con la anarquía competitiva extrema del comercio mundial, en esta etapa de desarrollo global del capitalismo.
Gore expresa, aquí y allá, varias verdades elementales, sumamente racionales, importantes y progresivas para la humanidad. Sin embargo, para ordenarlas adecuadamente en su justo lugar, nos valdremos del análisis metodológico de un artículo periodístico que defiende el sistema actual, y defiende el hecho que sólo Estados Unidos y Australia se nieguen a firmar el acuerdo de Kyoto, a pesar de que Estados Unidos contribuye, por sí sólo, con el 30 % a la emisión global de Gases de Efecto Invernadero (más que América Latina, África, Asia, Japón, India, Canadá, Australia y el Medio Oriente juntos).
En la página de opinión de EL NUEVO DIARIO, del 16 de Octubre del presente año, se publica un escrito de Bjorn Lomborg, profesor adjunto de la Escuela de Negocios de Copenhague, en el que se defiende, sutilmente, los intereses detrás del modelo de producción que lleva a contaminar el planeta. Obviamente, Lomborg cubre su defensa bajo un manto de duda y de discrepancia científica con las posiciones de Gore:
“El cambio climático no es el mayor desafío al que se enfrenta el mundo. Lo que el mundo debería esperar del cambio climático es que los mares aumenten sólo 30 cms durante este siglo, no 6 metros, como dice Gore. El calentamiento global, en realidad, salvará vidas (1.8 millones de personas menos morirán por culpa del frío). Recortes extremadamente costosos en las emisiones de CO2, podría derivar en que haya más gente desnutrida. Proporcionar nutrientes a quienes los necesitan son medidas 5,000 veces más efectivas a la hora de salvar vidas que gastar miles de millones de dólares recortando las emisiones de carbono. El costoso protocolo de Kyoto impedirá, apenas, 1,400 muertes de malaria anualmente”.
El sofisma empleado por Lomborg es simple. Presenta una elección, una alternativa falsa entre incurrir en gastos para reducir las emisiones de carbono o dedicar dichos recursos para atacar directamente enfermedades endémicas y para alimentar a la población de los países subdesarrollados. Nadie dudaría -si fuese una decisión real a poner en práctica- en apoyar, con preferencia, la idea de alimentar a la población desnutrida del planeta. Pero, hay que resaltar de inmediato que cuidar la naturaleza y explotarla racionalmente no choca con los intereses de esa población pobre, sino con las ganancias enormes de las compañías que generan riquezas inmensas con esa explotación irracional (con una industrialización intensiva que produce bienes superfluos) y que concentran, dichas riquezas, cada vez más, en pocas manos.
Esta disyuntiva que plantea Lomborg, puramente teórica, trata de obviar y de minimizar el daño real, concreto, que se hace actualmente al medio ambiente (en beneficio exclusivo de un puñado de empresas), por la ilusión de optar, sólo mentalmente, por una manifestación ideal de solidaridad humana en el futuro.
Es más, la lógica del sistema de concentración de capital, y los intereses financieros que usan el capital acumulado para producir mercancías como valor de cambio en el mercado (con un incremento del capital original), hace evidente que estos agentes especulativos no pueden continuar con una explotación irracional de los recursos naturales y convertirse, a la vez, en los actores de una mejor distribución y de una nueva orientación de la producción de bienes, con el fin de proveer medios de producción y bienes de consumo a la población pobre del planeta.
La conclusión real es que la protección del medio ambiente y la satisfacción de las necesidades de la población pobre sólo pueden ser metas estratégicas, armoniosamente unidas, de un nuevo modelo de producción. La esencia de la solución de los problemas ecológicos, señalados por Gore, sólo puede venir de atacar la anarquía productiva del sistema actual. Esto nos lleva a desarrollar un sistema económico y político socialista, basado en los intereses colectivos, y en la planificación de la explotación racional de los recursos de la naturaleza, con el fin de producir bienes de uso, acordes con las necesidades esenciales de la sociedad en su conjunto.
Para ello, habrá que salir de la impotencia científica que se limita a revelar el peligro, y adentrarse en la práctica política consecuente para evitar que las decisiones cruciales, cuyos efectos se manifiestan, ahora, a escala planetaria, sean adoptadas por quienes compran, en su condición de propietarios del capital y de la tecnología moderna, no sólo el trabajo y el conocimiento, sino, también, la conciencia de los seres humanos, a cambio de un salario (como de manera simple y clara ya lo señalaba Sinclaire hace más de cien años, según la cita que de él hace Al Gore).
*Ingeniero Eléctrico