Opinión

La historia se repite


“Los libros no sirven para nada. La vida se me ha ido curando las enfermedades que causan los otros médicos con sus medicinas”, sentencia con solemnidad el Dr.Abrenuncio de Sa Pereira Cao, judío de origen portugués que huyendo de la sistemática persecución de la que era objeto su raza durante la colonia termina asentándose en Hispanoamérica.
Esta afirmación es parte del mundo mágico-real que Gabriel García Márquez reconstruye en “Del amor y otros demonios”, en los tiempos cuando el mal de rabia se trataba con el almizcle, lo cual implicaba disponer del Almizclero, animal rumiante que vive en los bosques de China y del Tibet, y el Cinabrio, que químicamente es el Sulfuro de Mercurio, cuando no con los instrumentos del exorcismo o la fuerza de corpulentos esclavos senegaleses diestros en el manejo de herejes y energúmenos enfurecidos.
Por siglos los metales pesados y menos pesados fueron usados en el tratamiento de las más variadas enfermedades y sus hipotéticos efectos positivos fueron asimilados como verdades absolutas y, probablemente, defendidos en los incipientes congresos científicos con exposiciones preñadas de latinajos en el marco de una retórica que no dejaba espacio al “cogito ergo sum’.
Ludwig van Beethoven, genio de la música, atormentado irónicamente por la sordera, fue también atormentado por los avances de las ciencias y sucumbió más temprano que nunca a las prescripciones de su médico de cabecera, quien le recetaba plomo con la plena convicción de que le restituiría la salud rescatándolo de sus numerosas dolencias. Mucho más antes en el tiempo, su ilustre colega Wolfgang Amadeus Mozart a apenas treinta y seis años le cantaban su esplendoroso “Réquiem”,que él había compuesto por encargo de autoridades religiosas,sin que hasta ahora se hayan precisados las causas exactas de su muerte, aunque se sospecha del arsénico que además de que fue un instrumento eficaz para la eliminación de los rivales políticos fue también usado ampliamente en el tratamiento de algunas enfermedades. Rubén Darío, 49 años más enfermo de nostalgia que de su avanzada cirrosis hepática, con tierno entusiasmo poético confió en la “tecnología de punta” de su época y una biopsia practicada en forma precipitada puso punto final a sus angustias existenciales
Bien avanzado el siglo XX, Alexander Fleming, descubridor de la penicilina, nos liberó de los terribles protocolos aplicados en el tratamiento de la “Sífilis”, que en alusión a la permisividad dirampante en esa sociedad, los ingleses, bajo el influjo de la moral victoriana, bautizaron con el nombre del “mal francés”.
En la caótica competencia por dar respuesta a los innumerables problemas planteados y de frente a la impotencia experimentada debido a la limitada disponibilidad de recursos se llegó incluso a utilizar el oro por vía sistémica y a clasificar las enfermedades con el sello del fanatismo religioso: en sagradas y maldecidas, y entonces, como hoy, los centros académicos y la tradición de occidente establecían las pautas de la conducta médica con absoluta impunidad bien lejos de la era de las indemnizaciones y del contencioso en este campo como mecanismo de protección de los consumidores de la atención sanitaria y de las necesidades de la acumulación de capital de las empresas de aseguraciones.
Ningún estudio o investigación señala que en los siglos pasados los médicos hayan entretejido red de intereses con los comerciantes de metales o los botiqueros encargados de preparar las pócimas, brebajes y mejunjes .Se actuaba en sintonía con la nueva fe: el mito del progreso magnificado por la nueva ideología que no dejaba espacio a la disidencia crítica.Quien hubiera osado, por ejemplo, oponerse al tratamiento local de la gonorrea, que en su evolución espontánea talvez hubiera podido producir menos daño; que la sensación de pasaje de pequeñas partículas de vidrio que el galeno desencadenaba cuando irrigaba la uretra que arrancaba gritos a los malcapitados y frecuentadores de las casas clandestinas y coleccionistas de amores furtivos .
En los tiempos modernos y post-modernos, según el gusto; cuando la convivencia ética pareciera haberse debilitado aún más y las conquistas adquiridas llevaron el derecho positivo a incorporar nuevas materias que garantizan la tutela y protección de los consumidores de los diversos servicios ofertados no existen instituciones, ni siquiera las deontólogicas,que regulan los colegios o asociaciones gremiales, capaces de reducir a un grado compatible al de las otras actividades el riesgo que deriva del uso indiscriminado de fármacos y del funcionamiento de los quirófanos de todo el mundo. En el año 2005,según “L’Osservatore romano” los errores médicos, es decir la llamada “mal practise”, mataron a noventa mil personas en los Estados Unidos de América, casi el doble de las victimas por accidentes automovilísticos y mucho más de los decesos por cáncer del seno y del VIH-sida de ese país, es decir, la entera población de Juigalpa desapareció. Estos datos deberían motivar a las autoridades competentes nacionales a realizar un diagnóstico sobre nuestra situación.
Todavía están frescos los estragos teratogénicos producidos por las Thalidomides, los daños cardiovasculares de los conocidos anti-inflamatorios no esteroideos que obligaron a retirar de prisa del mercado el costoso “Celebra”, las muertes por hemorragias inducidas por la simple “Aspirina” y más recientemente el Tegaserod etiquetado comercialmente como “Zelmac”, que los gastroenterólogos recetaban como encantados, como la panacea, que en efecto lo era,en el manejo del fastidioso y tensionante “Colom Irritable”.
El mundo actualmente funciona como un laboratorio de ensayo de fármacos en experimentación en una intrincada selva de intereses poderosos, donde el respeto a la vida no es la preocupación primaria que haga perder el sueño a unos cuantos mientras, algunas veces, la exacta información sobre los efectos colaterales de un producto resulta masquerada por la lógica utilitarista y de mercado que gobierna las acciones de un cierto sector de la economía.
Alarmante resulta la facilidad con que el colega médico, con ínfulas de un joven grumete, receta hoy en día los medicamentos de última generación, abandonando aquellos que la experiencia y el tiempo han demostrado ser eficaces, seguros y de precio accesible para las mayorías y más aún resulta censurable que muchos de estos colegas son premiados con viajes y gastos pagados a congresos científicos en cualquier parte del planeta por empresas multinacionales que habiéndolos identificados como médicos de gran éxito de clientelas terminan en la practica como meros agentes promotores poniendo en peligro la confianza que se les deposita con deterioro del rigor científico de su prestación.
Virgilio Ernesto era un profesor de secundaria de las segovias rondando la tercera edad afecto por un cáncer terminal que casi anticipa su muerte cuando el Oncólogo-Quimioterapista, lo más avanzado que las especialidades ofrecen, le extendió la proforma sobre el costo total de los ciclos de terapia que su condición demandaba. Por un momento pensé que las esperanzas de Virgilio Ernesto eran tan legítimas como aquellas de Jackie Kennedy, Marcello Mastroianni, Miterrand, que lo antecedieron y los que lo siguieron como Luciano Pavarotti y Rocío Dúrcal, que disponían de inmensos recursos para comprar cualquier industria de la curación y que, sin embargo, no lograron frenar la enfermedad. Rocío, en su humano apego a la vida, viajó de Madrid a Texas, la más gran industria de la curación, y allí también todo era una burbuja de jabón sin ningún pudor por el daño financiero que el mostrador de ilusiones podía causar.
Las sociedades científicas con razón alegan que existen diversos tipos de cáncer, pero lo que parece preocupante es que poco se ha aprendido de la historia de la medicina que demuestra que no siempre sus intervenciones han sido afortunadas. Los elevados costos de las quimioterapias están bien lejos de las expectativas generadas y los efectos colaterales que inducen son tan catastróficos que nos hacen recordar las épocas de los metales pesados.Estoy convencido de que la solución a largo plazo al problema del cáncer anida en la genética, pero hoy por hoy para enfrentarlo se dispones de pocas herramientas, entre las cuales están ciertamente los diversos esquemas de quimioterapia y la detección precoz.
La inversión per cápita en salud en los últimos años muestra una reducción del gasto público y un aumento del gasto privado llegando en 2006 incluso al 5% del PIB, este dato debe obligar a exigir una mayor calidad en la oferta de servicios médicos.