Opinión

El agente encubierto en nuestro sistema


La crítica a la capacidad del sistema penal tradicional para reaccionar frente a la criminalidad organizada se ha expandido notoriamente en los últimos tiempos. En efecto, ya no se trata de un reclamo en todo caso equilibrado por la existencia de un discurso alternativo, más moderado y consciente, en definitiva, de sus propias limitaciones, que operaba como muro de contención de estas aspiraciones, a menudo no exentas de irracionalidad, de eficiencia absoluta, sino que se ha instalado firmemente.
Una de las formas para reaccionar contra la criminalidad organizada es, precisamente, la aplicabilidad de agentes encubiertos, tema, por cierto, nada novedoso. El gran maestro de las ciencias militares, Sun Tzu, lo expuso extraordinariamente en “El Arte de la Guerra”.
El agente encubierto no es más que un miembro de las fuerzas policiales o militares que, ocultando su verdadera identidad, se involucra o introduce en las organizaciones delictivas o en meras asociaciones o agrupaciones con propósitos criminales, con el objetivo de identificar a los participantes, reunir información y recoger antecedentes necesarios para la investigación.
La discusión se abordó con ribetes noticioso unos meses atrás cuando la máxima dirigencia de la Policía Nacional aceptara públicamente que uno de sus agentes muriera en el cumplimiento del deber. Al mismo tiempo, la institución policial confirmaba que otros tantos se encontraban cumpliendo condena pues no existía una ley que los protegiera.
Ciertamente, nuestro sistema penal no exime de responsabilidad penal a los agentes encubiertos que son capturados por sus mismos compañeros cuando ejercen sus funciones “delictivas”; tampoco la Policía Nacional puede pedirle al judicial que lo haga, pues su labor quedaría, en todo caso, al descubierto. Y no se trata de eso.
A criterio personal se debería introducir una iniciativa de ley que vaya más allá de lo pedido por el órgano policial, procurar eximir de responsabilidades penales no sólo a los agentes encubiertos, sino también al agente revelador y al informante que en el ejercicio de su deber incurran en delitos o que no hayan podido impedir, siempre que sean consecuencia necesaria del desarrollo de la investigación y guarden la debida proporcionalidad con la finalidad de la misma.
Agente revelador se puede definir como la persona que simula ser comprador o adquirente, para sí o para terceros, de estupefacientes o armas, trata de personas y demás actividades delictivas. Informante en cambio es el que suministra antecedentes a los organismos de investigación acerca de la preparación o comisión de un delito o de quienes han participado en él.
La Policía Nacional a través de su asesor legal pidió una reforma a la ley de drogas, a diferencia de la propuesta que hoy expongo, que consiste en darle autonomía a la ley que proteja al agente encubierto, agente revelador e informante.
La propuesta policial se refiere únicamente al tratamiento de la criminalidad organizada derivada de la narcoactividad. De hecho, el crimen organizado es sumamente complejo, comprende una serie de delitos, tales como: secuestro, trata de personas, lavado de dinero, robos en el más alto sentido de la expresión, asesinatos, crímenes cibernéticos, contrabando, terrorismo, tráfico de armas, etc.
Algo que también deberá tomarse en consideración es que cada agente encubierto, revelador o informante para poder iniciar su labor de recopilación probatoria contra la criminalidad organizada debería ser autorizado exclusivamente por la Primer Comisionada de la Policía Nacional y por el Fiscal General de la República.
En legislaciones comparadas se debe contar con la aprobación de un Juez para poder infiltrarse en la organización delictiva; sin embargo, tal disposición lamentablemente no puede aplicarse a nuestra realidad por lo frágil de nuestro sistema judicial. Casos como el de una Juez de Bluefields o de los Magistrados de Apelaciones de Managua hacen repensar este planteamiento.
Lo cierto es que a esos héroes que por salvaguardar nuestra seguridad y la de nuestro país, que viven en el anonimato, en las sombras, a la par del maldad sin ellos ser malignos, que día a día exponen su vida y la de su familia, por proteger a los demás, a quienes no conocen, es, en consecuencia, necesario, por principio, por humanismo, por agradecimiento, proteger a quienes nos protegen, a quienes combaten con estoicismo al crimen organizado.
*camilo@lawyer.com