Opinión

Pocos días en Cuba, y dos siglos ignorados


Mi primera reacción cuando leí el artículo sobre “La verdadera Cuba de hoy”, de un señorito de apellidos Vaamonde y Curbelo (*), que se identifica como “ingeniero civil cubano residente en Nicaragua”, fue refutarlo. Pasada esa primera impresión, caí a la cuenta de la inutilidad de tal propósito, porque desde la primera a la última letra de su artículo no dice una sola cosa que no hayan dicho sobre Cuba los enemigos de su revolución en cincuenta años, y porque yo tampoco podría decir algo diferente a lo dicho a favor de la revolución cubana en el mismo lapso.
Entonces, ¿para qué estoy escribiendo en torno al referido artículo? Para, en cierta forma, divertirme con la pobreza argumental de alguien que teniendo un título universitario se revela tan infantilmente que ni siquiera puede situarse por encima de los argumentos de la mafia cubana más vinculada a los círculos de poder del imperio estadounidense, cuyos presidentes --en número de casi una docena-- en vano han intentado destruir a la revolución, y no precisamente por falta de recursos o de iniciativas de propaganda, destrucción y muerte. Esto sin contar los doscientos años que tiene Estados Unidos de quererse anexionar a Cuba por todos los medios ilegales, incluso con el absurdo argumento de que la isla es una extensión geográfica de su país.
La cortedad de la visión de Jorge Vaamolde Curbelo queda revelada por esta confesión de Hubert Matos, uno de los más connotados jefes de la mafia cubana. Interrogado por los periodistas Hernando Calvo Ospina, colombiano, y Katlijn Declerck, belga, ** acerca de si cuando “triunfen” no hallarán nada que valga la pena rescatar de lo hecho por la revolución, respondió: “La revolución cubana ha dado algo. Pero no tanto. Claro, a excepción de la educación, de la salud, y… bueno, el éxito en los deportes.”
Ahora, algo de lo que vio el ingeniero en “la visita de pocos días a Cuba”: la “población de La Habana está empobrecida y desesperada.” Cotejada esta afirmación con la respuesta de Matos, incita a preguntar: ¿cómo puede salir el elemento humano mental y físicamente saludable para destacarse en la educación y el deporte de una “población empobrecida y desesperada”? (¿Será fruto de un milagro?, porque nuestra población, en verdad empobrecida y desesperada, en materia deportiva… no llega “ni a primera”, por ejemplo). Hagamos la pregunta de otra forma: si este elemento humano fuera una elite privilegiada, separada del resto de la sociedad, ¿qué se hacen los niños, adolescentes y jóvenes que en masa reciben educación gratuita y completa, desde el preescolar hasta la universidad?
Supongo que el ingeniero no pensará que están en la cárcel. Pero, por si acaso, lo digo: son parte de los miles de médicos desplegados en los centros de salud y hospitales (para mantener esa salud que “rescataría” Matos); los que están dispersos por el mundo, en especial en nuestros países, ofreciendo la salud negada a los sectores más empobrecidos del campo y la ciudad, y marginados de ese servicio por sus propios gobiernos. Incluso, muchos médicos cubanos se quedaron listos, esperando la aceptación, que nunca llegó, del gobierno de Bush para atender a las víctimas del huracán Katrina, por él abandonadas.
Recientemente, en una graduación de la Escuela Latinoamericana de Medicina de Cuba, entre de las decenas de jóvenes latinoamericanos, hubo varios estadounidenses negros que en su país no podrían pagar los altos costos de las universidades. Es obvio que Vaamonde y Curbelo no se graduó en Cuba, pues, según él, ha vivido ocho años en Centroamérica; y si sólo ha visitado “unos pocos días” La Habana es porque no nació en Cuba o se lo llevaron muy niño al exterior. Y quienes hicieron eso con sus hijos es porque podían pagar una costosa universidad gringa o de otro país.
Imaginemos algo: sólo los gastos para mantener el extenso y alto nivel de la formación científica médica, deportiva y otras profesiones de propios y amigos, Cuba debe invertir lo que podrían ser, más o menos, los recursos necesarios para mantener hermosas las fachadas de todas las casas del país. Y podemos imaginar cuánto le puede costar a la isla la defensa militar a que la ha obligado durante los cincuenta años de agresiones y sabotajes el imperio gringo, para no mencionar todo lo que un país necesita para su desarrollo en todas las áreas de la vida social y económica.
Invirtamos los ejemplos de desarrollo: nuestros países tienen ciudades con edificios de hermosas fachadas, calles repletas de automóviles últimos modelo, hoteles y centros turísticos de lujo y, en general, un aspecto de ciudades “norteamericanas” –si hemos de tenerlas como lo más “bello” en materia urbanística. Pero fuera de las capitales no hay nada de eso, y en el área rural mucho menos, sólo atraso y miseria; sin salud ni comida ni escuelas, por ende, con un enorme atraso educativo y cultural, o aprisionados por el analfabetismo en las estadísticas y en la realidad.
Ahora, veamos las cosas al revés: en Cuba toda la población tiene a su alcance la salud, la educación, el deporte (segunda potencia deportiva en el continente, después de Estados Unidos, lo que no se logra con grupos elites, sino con la práctica deportiva masiva). Para mantener estos beneficiosos sociales, más la defensa en todos los terrenos, bajo el bloque y las agresiones, es imposible mantener también un alto nivel de desarrollo urbano. Los hoteles y centros turísticos, que en Cuba son infinitamente más y mejores que los nuestros, no podrán gozarlos todos los ciudadanos, pero los ingresos económicos que produce el turismo extranjero no van a engrosar las cuentas bancarias de empresas privadas, sino que sirven para sostener los beneficiosos sociales, tantas veces citados, para todo el pueblo cubano… y hasta para otros.
Dos ejemplos disímiles de desarrollo, pues: el cubano con sentido humano, sin fachadismo, y el nuestro, fachadista y deshumanizado. Lo ideal es que el humanismo cubano se complementara con la vistosidad física de las ciudades, y nuestro fachadismo urbano se humanizara; pero para Cuba no es fácil hacerlo en las condiciones de bloqueo y agresiones; sería más fácil para nuestros países, pero se lo impide el egoísmo expoliador de sus clases dominantes. Una más que importante diferencia.
Una última cosa. Me llama la atención, que Vaamonde y Curbelo, en su “visita de pocos días a Cuba”, casi nos cuenta el número de hoyos que vio en las calles de La Habana, pero no nos dijo cuántos niños cubanos miró pidiendo en los semáforos y durmiendo en las aceras. ¿No será porque “de los millones de niños que duermen en las calles en el mundo, ninguno es cubano”, como Fidel lo dice con toda la razón? ¡Sólo falta que sea por eso que el señorito Vaamonde y Curbelo piensa que a Fidel la historia ya lo “condenó”!
* La Prensa, 19/10/07. ** Del libro “¿Disidentes o mercenarios?”.