Opinión

¿Denunciar el abuso o callarlo?

“Honra a tu padre y a tu madre” Ex. 20, 12; Dt. 5, 16

Cuando el abuso sexual o cualquier otro tipo de maltrato proviene del padre, la madre o algún familiar cercano, muchas veces aparecen personas que pueden tener dudas de si se debe denunciar el delito atendiendo a lo que dice el cuarto mandamiento “Honrar a padre y madre”. Con el ánimo de aclarar estas dudas, quiero compartir las siguientes reflexiones.
Es importante preguntarnos qué significa “honrar a padre y madre” ¿Qué es “honrar”? En el diccionario de la Real Academia de la Lengua encontramos las siguientes definiciones: Respetar a alguien, enaltecer o premiar su mérito, dar honor o celebridad. De “honra” nos dice: Estima y respeto de la dignidad propia, buena opinión y fama, adquirida por la virtud y el mérito, demostración de aprecio que se hace de alguien por su virtud y mérito. Resulta evidente que “honrar” se define en relación con el mérito, la dignidad, la virtud. En vista de que maltratar, abusar y violar a menores no es mérito ni virtud, sino delito y pecado, la obligación de callar el abuso no entra dentro del cuarto mandamiento.
San Ignacio de Loyola, maestro espiritual por el cual tengo gran aprecio, dice en los Ejercicios Espirituales que se puede descubrir el pecado de otro con sana intención cuando dicho pecado es público, y segundo, “ cuando el pecado cubierto se descubre a alguna persona para que ayude al que está en pecado a levantarle; teniendo tamen algunas coniecturas o razones probables que le podrá ayudar” (Ejercicios Espirituales No. 41). En otras palabras, cuando el denunciar el pecado a quien puede evitar que el pecador continúe pecando.
De manera que amar y “honrar” al padre, madre o pariente agresor es velar por su conversión. Cumplir el cuarto mandamiento es precisamente denunciar el abuso de manera eficaz para que dicho delito y pecado sean sancionados y el agresor impedido eficazmente de seguirlo cometiendo.
Si bien es evidente que es obligación de la víctima defender la vida propia, su dignidad y bienestar, también es deber cristiano el denunciar al agresor para beneficio de éste.
Mucho se suele hablar del respeto que deben tener los hijos e hijas hacia sus padres y madres, pero poco o nada se dice del respeto que deben tener éstos hacia sus hijos e hijas. En el Eclesiástico 48, 10c. se dice del profeta Elías que ha venido “para reconciliar a los padres con los hijos”. En Malaquías 3, 24 dice que vendrá Elías como precursor del Mesías y que “él reconciliará a los padres con los hijos y a los hijos con los padres”. Con esta característica anuncia el ángel a Zacarías el nacimiento de Juan el Bautista (el nuevo Elías) “E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para que los corazones de los padres se vuelvan hacia los hijos” (Lc. 1, 17). En la carta a los colosenses Pablo dice “Padres, no exasperen a sus hijos, no sea que se vuelvan apocados” Col. 3, 21.
Por si todo esto fuera poco, el propio Jesús declara de manera radical, que no deja lugar a dudas: “Es imposible que no haya escándalos; pero ¡ay de aquel por quien vinieren! Más le valiera que le ataran al cuello una piedra de molino y lo echaran al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños.” (Lc., 17, 1-2: Mt. 18, 6-7; Mc. 9,42).
No hay pues que temer el estar pecando cuando una persona denuncia haber sido abusada o cuando apoyamos a un/a sobreviviente en su denuncia. Por el contrario, hay que creer a las y los sobrevivientes, y hacerles ver que sí aman a su padre, madre o pariente a pesar de que abuse de ella (cosa característica cuando el abuso se produce en el seno de la familia) precisamente porque lo ama debe denunciar el delito-pecado de manera eficaz para que el abuso cese y el agresor sea llamado a la conversión. Esta misma obligación tienen la comunidad y sus líderes religiosos, y con mayor razón aún si el victimario es un sacerdote, pastor, diácono o diaconisa.
La verdad es que no hace falta ser cristiano o cristiana para darnos cuenta de que el abuso contra menores es un crimen. Basta con tener “un corazón de carne”, como dice el salmista, para amar y proteger a los niños y niñas. Pero quien se diga cristiano o cristiana
no tiene excusa alguna para intentar escudarse en la religión para protegerse de la justicia. Intentar acallar a la sobreviviente invocando en vano el nombre de Dios, no es sino una manera más de revictimizar a la víctima y hacerse cómplice del agresor.
Si por ignorancia hemos creído que el cumplimiento del 4to. mandamiento implica proteger al agresor, espero haber contribuido en algo a derribar esta percepción.
michele@ibw.com.ni