Opinión

De los Prejuicios, ¡líbranos Señor!

“Hay dos cosas que son infinitas: El Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy tan seguro.” Albert Einstein.

Por lo general su acepción es de carácter negativa; cuando se dice “estás prejuiciado” en relación a alguien o algo se piensa que se tiene una apreciación o consideración negativa y equivocada de ese alguien o de ese algo. No he escuchado a nadie decir estoy prejuiciado positivamente sobre fulanita o fulanito.
Hay prejuicios de todos los colores, olores y tamaños. Cruzan nuestras vidas de lado a lado. Algunos dicen que son producto del miedo a lo desconocido o de la inseguridad ante lo que no se controla o domina; podríamos creer que son producto del instinto de supervivencia, de creencias mágicas o atavismos ancestrales a los que la ciencia ha venido contraponiéndose en la medida en que devela las causas de fenómenos antes inexplicables. Alguien podría pensar que, en su expresión superior, no son más que manifestaciones de la más crasa ignorancia o del más grotesco concepto del poder, de determinados grupos en relación con sus adversarios ideológicos y políticos. Creo –además- que los prejuicios son ejemplos de atraso, de falta de humanidad y de barbarismo fanático que obnubila la razón y nos aleja de nuestra categoría de seres superiores del reino animal. Me atrevo a decir que son la sinrazón de la razón (¿?); es decir la negación de la calidad de seres razonables que somos los hombres y mujeres de este planeta. Con todo, es difícil imaginar un mundo carente de ellos; casi estoy por reconocerles la categoría de motor del desarrollo, en tanto polo negativo presente en todas las contradicciones.
Cuando en el aeropuerto de Barajas, en Madrid, oficiales de migración detienen y maltratan a una sencilla joven madre nicaragüense y a su pequeña hija, a la cual llevaba a tratamiento médico en Valencia, sometiéndole a interrogatorios insultantes para su condición de mujer y de inmigrante legal, por el sólo hecho de no tener “pinta” de turista, impidiéndoles continuar su viaje y obligándoles a regresar a Nicaragua, los prepotentes oficiales estaban haciendo gala de los más puros y orondos prejuicios raciales, encubiertos en un supuesto celoso cumplimiento de las políticas migratorias españolas. Los “Sudacas”, como les llaman a los latinoamericanos que tienen la piel un poco oscura y poco dinero en sus carteras, entran a formar parte del menú de indeseables, encabezado por los ciudadanos de raza negra y los árabes, que emigran a ese y otros países europeos huyendo de la miseria de sus propias realidades nacionales, buscando mejores posibilidades para sus vidas y las de sus familias. Independientemente de las razones de Estado que puedan argumentarse para justificar tal control migratorio, la verdad es que, al presentar a estos inmigrantes como un peligro para el bienestar y la estabilidad de la sociedad española –vale el ejemplo para Estados Unidos, Francia y otros países receptores- se alimentan prejuicios de distinta índole que concitan el rechazo racial y cultural de estos condenados de la tierra, como los llamaría Frantz Fanon.
Los prejuicios religiosos son de los más nocivos y peligrosos, ya que, además de la discriminación que determinadas iglesias propician en contra de sus competencias por el mercado de almas a conquistar, las religiones, en tanto partes consustanciales del poder político y económico en la mayoría de los países del mundo, le agregan sus propios aderezos, en muchos casos muy picantes, a las distintas formas de hacer política; sea ésta gremial, partidaria o de Estado. Cuando se juntan los prejuicios políticos con los raciales y religiosos y se transforman en políticas de Estado, el cóctel suele ser muy inflamable y altamente pernicioso para los destinatarios de tales odios; el ejemplo reciente de los Balcanes es altamente aleccionador. Pueblos que supuestamente forman parte del club más civilizado de la especie, son capaces de cometer las peores atrocidades contra otros pueblos en nombre de la superioridad racial y religiosa; vemos así a la barbarie caminando de la mano del desarrollo. Cuando el Presidente de Estados Unidos, George Bush Jr., persuadido por sus asesores cercanos y en correspondencia a su miope y obtusa visión de la política mundial califica a determinados países como ejes del mal u oscuros rincones del mundo, está haciendo uso de un recurso religioso y supersticioso, sin explicar a fondo ni demostrar las causas de tal acusación, alimentando de esta manera prejuicios en contra de otros pueblos y sistemas políticos y culturales, con el fin calculado de encontrar apoyo a la implementación de su política de conquista a favor de los grupos de poder de esa potencia mundial; las consecuencias inmediatas de tal locura ya las conocemos, otros pueblos las están sufriendo en carne propia, incluidos los propios soldados norteamericanos y sus familias. Todo esto a finales del siglo XX y comienzos del XXI; los siglos del mayor desarrollo de la ciencia y la tecnología en la historia de la humanidad.
Los prejuicios en razón del sexo son de los más antiguos y de los más extendidos y socialmente aceptados. No es que no haya resistencia en su contra, claro que la hay y cada vez más beligerante. En este campo se manifiesta cotidianamente el poder de la sociedad machista, patriarcal y conservadora. Es cierto que hay realidades más desarrolladas que otras, que alientan la esperanza de lograr alcanzar, un día, la más sana equidad en este campo. Con todo y lo pesado de esta carga, la mujer, pagando costos muy altos en términos de sufrimiento y acompañada en esta lucha por lo más sensato, lúcido y civilizado de su contraparte humana, ha logrado remontar la corriente de la desigualdad, venciendo poco a poco --en algunas sociedades más que en otras-- la barrera de prejuicios que, como arma permanente esgrimida en su contra, el poder machista ha venido utilizando para hacernos creer que la mujer es un ser inferior en relación al hombre. Otro aspecto en este campo, en el cual se manifiestan con asidua recurrencia y fuerza los prejuicios, lo encontramos en el rechazo tajante e irracional de las personas que tienen opciones sexuales diferentes a las de las mayorías; es decir, de los heterosexuales. De nuevo, la religión, interpretada al gusto del poder, juega un papel nocivo preponderante en la alimentación de estas actitudes atrasadas que niegan la naturaleza humana en su diversidad; la inseguridad y el miedo aparecen otra vez manifestados en intolerancia, agresividad y violencia. La falta de educación apropiada contribuye a formar esos temores, en los cuales se esconden no pocas veces dobles morales, hipocresías y vocaciones sexuales distintas a las manifestadas públicamente por los intolerantes. El que esté seguro de su opción sexual que la disfrute a plenitud sin temor al “contagio” de otras tendencias; no debería ser difícil decir: lo siento, soy heterosexual, sin tener por qué agredir a nadie, pero lo que parece fácil para algunos es muy difícil para las mayorías, debido a los prejuicios.
La lucha generacional entre jóvenes y adultos, y de éstos con los ancianos, también está plagada de esta nociva actitud. Fundada esta lucha sobre un hecho objetivo, tal es el de encontrar un mundo que no termina de satisfacer sus anhelos e ideales, los jóvenes la emprenden contra los adultos por considerar que son los principales responsables de esa situación, y de éstos hacia aquellos por creer que muy poco tienen que aportar –debido a su corta edad- al enriquecimiento, en todos los órdenes, del concepto de vida y de sociedad en que les tocó nacer y vivir. Por suerte para todos, en América Latina tratamos un poco mejor a nuestros abuelos y abuelas que como lo hacen en otras sociedades, aunque tampoco escapan de la influencia de los prejuicios. La expresión “viejo rabo verde” o “estos viejos no sirven para nada” son ejemplos de influencias prejuiciados hacia estos seres de los que mucho tenemos que aprender, y a los cuales podríamos disfrutar grandemente con sólo tener un poco más de compasión de su condición de seres gastados por el tiempo y el trabajo invertidos en criarnos y formarnos.
Desprenderse de la enorme carga de prejuicios que llevamos sobre nuestros hombros es en gran medida una tarea titánica; la inseguridad y el miedo, muchas veces trasformados en odio, son camisas de fuerza poderosas; tal vez por eso Albert Einstein dijo un día que “es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”.