Opinión

El ciudadano en la democracia representativa


Es ya mundialmente sabido que la sociedad humana se encuentra gravemente enferma. Tampoco se ignora que los mismos presidentes y caudillos populistas no han sido capaces de proyectar a sus respectivos pueblos otra cosa que no sea el reflejo de sus fobias enfermizas y obsesiones paranoicas en conjunto con sus mentiras impenitentes. De ahí que se note una gran ausencia de lide­razgo racional y visión de futuro. Todo lo cual constituye la imagen de una vida deformada y desvinculada de la realidad.
Y es por esta razón que, en los últimos tiempos, ha sido una constante la proliferación de políticos de criterio controversial que --en lucha interior consigo mismos-- se especializan en transmitir a las masas un sórdido mensaje de encubierta demagogia en el que se autoproclaman como ciudadanos indispensables para la patria y en el que resalta, como principal objetivo, su permanencia indefinida en el poder.
Con este propósito en mente vemos cómo el concepto “socialistoide” de “demo­cracia popular” es manipulado dentro de los vericuetos de una espuria manio­bra legalista, ajustando el concepto a los caprichos de una voluntad omnímoda incapaz ésta de renunciar nunca a las riendas del poder, que es lo único que parece otorga sentido a su vida. Y ante la abulia cada vez más aguda de las fuerzas democráticas y la Sociedad Civil, los gobiernos se suceden mien­tras el ciudadano comienza a observar, con cierta impotencia, la nueva tradi­ción política que se cierne en el horizonte de su patria. Ante este triste panorama de abulia moral colectiva se precisa, entonces, un despertar de la conciencia ciudadana si el pueblo, en un poderoso afán libertario, quiere reco­brar su autonomía cívica y moral y hacer posible la resurrección de la República.
Por otra parte, se continúa afirmando que la educación es la única salida de nuestra ya crónica tragedia nacional que venía en realidad gestándose desde los tiempos de la Colonia. Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos realizados para alfabetizar a la aún pendiente muchedumbre analfabeta, continúa en la práctica la democrática costumbre de autorizar el voto al analfabeta. Y este voto con el mismo valor que tiene el del ciudadano “letrado” o miembro de las profesiones libe­rales. Ahora bien, si hemos de razonar sujetos a principios de equidad esta concesión política pareciera contrariar las reglas de la lógica, y aún de la ética y la moral. Porque la facultad de analizar y comprender una realidad social y política como las nuestras es algo que no puede (en principio) ser otorgado y autorizado por un festinado decreto legislativo. Y es que tal facultad implica el derecho a intervenir cívicamente en el ordenamiento de la sociedad mediante la selección y elección de la autoridad política, proce­so en el que siempre se pone en juego el porvenir de los pueblos.
Pero, ahora bien, razón lógica aparte, deberemos de explicar aquí que la medida política antes mencionada es una necesaria concesión hecha por el pensamiento político (ante la gran dificultad de educar masivamente a la población) al efecto de que no sería considerado necesario exigir un límite de cultura como requisito para ejercer el vo­to. Irregular e injusto, tal vez, pero necesario desde la perspectiva pragmáti­ca de la filosofía eolítica. Es aquí en donde comienza la política a ser el arte del “cabildeo” en vista a garantizar la tranquilidad social.
Ahora diremos algo de la cultura popular y de sus fuentes así como de ese conocimiento cívico que determina el grado de capacidad del individuo común en su proceso de formación democrática. Como sabemos, el poder político descansa en el pueblo de acuerdo con la filosofía política republicana, la cual, a su vez, abreva en la tradición que nos llega de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y de la Revolución Francesa. De acuerdo con la interpretación doctrinaria totalitaria (que en la actualidad se viste con un atuendo pseudo-socialista) el poder político reside en un partido y un líder únicos, quienes asumen, con carácter de dictadura, la prefectura de la voluntad popular. Observemos, empero, que el criterio cívico se encuen­tra siempre en proceso de formación ya que está supeditado al ininterrumpi­do desarrollo y evolución de la conciencia.
Ahora bien, como decíamos antes, solamente con educación, proyectada ésta al pueblo desde diferentes niveles de comunicación, es que el cambio social pue­de realizarse. Concienciar al hombre aislado abriendo sus ojos a su reali­dad comunitaria marca el comienzo del cambio social y de la eventual transfor­mación de la cultura teniendo como primordial objetivo la superación espiri­tual del hombre dentro, repetimos, de la perspectiva comunitaria. Es un hecho lamentable, no obstante, que nuestro sistema educativo, envenenado por el frenesí del egoísmo consumista, haya ignorado a Freire y, con él, su mensaje de auténtico humanismo y su gran misión de transformador de sociedades.
Continuamos eternizando el germen de una tradición cavernaria inculcada en el trasfondo de un desfasado sistema educativo consagrado este a fabricar “robots”(o ciudadanos de especialización única) a mayor gloria de la sociedad de consumo y a expensas de aquellos valores cuyo conocimiento y ejerci­cio tienen que ver con la parte más sensible de nuestra humanidad espiritual. Aunque esto último sea ya casi imposible de remediar por cuanto el sistema actual obedece al orden “lógico” de las cosas dentro de los requerimientos de la tecnocracia y filosofía capitalistas. El idealismo, con su sueño postergado de transformación humanista, tendrá que continuar llorando su desilusión hacia adentro.
Lo que en realidad preocupa a la auténtica cultura democrática es que el ciudadano antes aludido, dedicado íntegramente a la específica función productiva asignada por su “educación”, acusa un marcado desin­terés por el cultivo de esa conciencia que le permitiría el sano desarrollo de su voluntad individual en el sensible y prioritario campo de la libre toma de decisiones. Ese ciudadano robot, unidimensional en su limitada “educación” profesional, ofrece una presa fácil ante la labor incendiaria de esa enfermi­za demagogia política representada por nuestros irredentos líderes criollos.
Este sector ciudadano constituye un gremio anónimo y multifacético lamenta­blemente siempre dispuesto a servir al poder, ya sea por miedo o a cambio de cierta seguridad económica que le saque del desempleo y le devuelva la falsa sonrisa de su propia importancia. Para terminar tomemos un minuto de si­lencio ante el ejemplo que nos legaran nuestros abuelos, quienes, empeñados en una causa, se jugaban la vida, familia y posesiones sin pensarlo dos veces. Eran hombres íntegros que defendían sus principios hasta empuñan­do el fusil en las revoluciones. Una fragante rosa sobre sus tumbas.
Decíamos antes que, tanto el totalitarismo (de cualquier laya) como la democracia republicana están supuestas a ser el resultado de un consenso popu­lar que les acredita esa fuente de derecho que es, a su vez, el fundamento jurídico y ético del poder político. La izquierda, sin embargo, conforme el historial de su ejecutoria política se ha especializado en el uso de recur­sos y técnicas inmorales al distorsionar el orden de las acordadas reglas de juego por cuanto su filosofía política, alejada de todo principio ético o moral, pareciera inspirarse en la doctrina Maquiavélica de que “el fin jus­tifica los medios”. Es decir, se vale de cualquier recurso de su amañada dia­léctica disgregacionista para asegurarse el control del poder. Hasta el ase­sinato perpetrado por sicarios a sueldo.
La democracia republicana, por su parte, cuando ésta es legítima y no un artificioso subproducto de la plutocracia, enseña y fomenta el principio de la “salvación social”,esa doctrina civilista implícita en el fraterno con­cepto de “nosotros”, es decir, en un criterio que fundamenta, a nivel de la conciencia, una fecunda voluntad de ser y de actuar colectivamente por el bienestar de la comunidad. Es en este nuevo tipo de hombre en el que reside y descansa el ideal supremo del humanismo democrático.
Resumiendo. Es así como comenzamos organizándonos en partidos políticos y, por falta de consenso debido a nuestro guerrerismo congénito, continua­mos matándonos por generaciones. Los pocos períodos de paz eran, más bien, de tregua para asegurarnos cierto breve descanso. Y así continuamos matándonos primero con garrotes, luego con flechas y, finalmente a balazos por más de dos mil años. Y mientras nuestro primitivo sistema de convencimiento en el amor se reducía a apaciguar a la hembra de un elocuente garrotazo para luego llevarla, arrastrada del pelo, a la intimidad erótica de la caverna, el griego, por su parte, cultivador compulsivo del amor, el arte y las relaciones públicas, resolvía el angustiante problema de la democracia representativa mediante el sencillo expediente de levantar su mano, indolentemente y entre bostezos, en el AGORA. Como ven, a esto se reduce, en pocas palabras, la historia de la estupidez humana.