Opinión

Quiero ver los pelos de esa mula


El huracán “Félix” y sus estragos han sido reemplazados rápidamente por los vientos de cambio que desde la Presidencia, el PLC y la Asamblea Nacional preludian un cambio de sistema político. El argumento es que se debe garantizar más democracia al pueblo de Nicaragua y un mejor sistema que el Presidencialismo. El tanteo también se sostiene en la premisa de que la única oposición provendrá de la oligarquía.
El discurso de más democracia para el pueblo y un mejor sistema de representación son una buena oferta, pero adolece de algunos vacíos importantes que debieran de explicarse para saber si vale la pena o no cambiar el modelo político actual y, como no, la Constitución Política de 1987, que ya ha sido reformada dos veces.
Dicen los voceros del presidente Ortega y del ex presidente Alemán que el Presidencialismo ya caducó. Todavía no han mostrado con datos y hechos tal argumento. Pero ya algunos adelantan que se dice eso para sostener que el país ahora necesita un Jefe de Estado y un Jefe de Gobierno. ¿Será por aquello que dos cabezas piensan mejor que una?
Hay un hecho incontestable en la historia de Nicaragua: el Presidencialismo ha sido la testa de un enano cabezón. El Presidente ha resumido en su persona --y esto, literalmente hablando-- los poderes del Estado, del gobierno, de las armas y del partido ganador de las elecciones. Ha sido, además, el vocero y el operador político por excelencia frente a eso que formalmente se conoce como oposición política. Tan apabullante ha sido la figura del Presidente que parte de su dote es el manejo discrecional (y así se le llama en la Ley General del Presupuesto: Gastos Discrecionales) de un multimillonario fondo tomado del erario.
Ha sido el Presidente quien finalmente decide todos los nombramientos. Todos: el ministro, el Embajador, el director, el gerente, el delegado y hasta el celador. Ha sido el Presidente quien resuelve si alguien permanece o no en el cargo. ¿Cuál ha sido el parámetro? Una entremezcla de familia, amistades, militancia partidaria y lealtad al líder del partido (que también llega a ser Presidente), mas no al servicio público.
El primer ciudadano del país ha sido un personaje que aunque jura cumplir y hacer cumplir la Constitución Política, resulta ser el primero -- o uno de los primeros – en no observarla. Por ejemplo eso de que el Estado no tiene religión oficial. Cunde el mal ejemplo desde un Poder Ejecutivo que manda jugosas donaciones desde el erario a ciertas iglesias, hace amistades oficiales y acuerda políticas de estado (como la de Población) con ciertos líderes religiosos. Ah, y además los designa en cargos públicos. Pronto otras instituciones, que se supone están para servir a moros, judíos y cristianos, le imitan y le confieren rango militar a la Virgen.
Esto lo que podría indicar no es que el modelo Presidencialista se ha agotado. Lo que se ha agotado es ESTE modelo de Presidente que tenemos desde los tiempos de los tres Somoza. O, quién sabe, a lo mejor desde los años de Fruto Chamorro. Ya el país no soporta un modelo en el que la familia y el Estado, el partido y el Estado, la Iglesia y el Estado y los negocios particulares y El estado se funden y confunden alrededor de la figura del Presidente.
Una evidencia empírica de tal desgaste se detecta en los pobrísimos niveles de credibilidad y aceptación de los honorables representantes ante la Asamblea Nacional, los honorables magistrados del Sistema Judicial y la honorable dirigencia del Sistema Político. Es fácil encontrarse con gente de todo tipo, en cualquier sector del país, que expresa su desprecio por cualquiera de ellos.
Dicho lo anterior, a lo mejor vale la pena saber qué pasaría con el sistema Presidencialista si se le quitaran todas esas rémoras. ¿Valdría la pena pensar en un Presidente que dirige un Estado en el que los otros poderes son realmente independientes en términos administrativos, financieros, funcionales y políticos? ¿Estaremos aun a tiempo de pensar en un Estado dirigido por un Presidente capaz de superar la tentación del amiguismo, la argolla y la exclusión, que deje que la sociedad entera proponga de verdad candidaturas probas en esos delicados cargos del estado? ¿Habrá tiempo para un sistema Presidencialista en el que las diputaciones las puedan proponer quienes están dentro y fuera de los partidos, las pueden aceptar quienes están o no en un partido, y las puedan elegir todas las personas de entre un listado democráticamente elaborada?
A lo mejor es pedir demasiado. A lo mejor el Presidente es una figura anacrónica. Puede que en realidad se necesite un Sistema Parlamentarista de Gobierno. Pero yo como periodista, es decir, como buen desconfiado, no estoy dispuesto a aceptar un cambio de modelo a menos que me quede totalmente claro que a este carro político ya se le acabó su vida útil. Y la gasolina. O como decimos los segovianos: “Si te digo que la mula es parda es porque tengo sus pelos en la mano”.