Opinión

Coogrant vs. Cocibolca... y los dos contra el usuario


De las dos no se hace una. Como usuario del servicio expreso de Managua a Granada he seguido muy de cerca el conflicto de las empresas de transporte de Granada: la Cooperativa granadina de Trasporte (Coogrant) y su homóloga capitalina, “La Cocibolca”, constituida ésta por socios militares activos y retirados.
Este factor ha sido para sus contrincantes la excusa para justificar un tráfico de influencias y favoritismo de parte de la Alcaldía de Granada y de las autoridades de transporte, que concedieron licencia a “La Cocibolca”, para adquirir 14 buses, de los 50 donados por cooperación japonesa, y así variar su categoría de servicio.
La competencia es desleal, continúan justificando los empresarios de “La Coogrant”, lo cual podría ser cierto, pero, igual, me cuesta entender a plenitud por qué a pesar de esa verborrea, ésta también adquirió 15 buses de esa misma flota, y además se queda sin mencionar que monopolizó el mercado durante los últimos 30 años.
Por otro lado, la Alcaldía de Granada favoreció a “La Cocibolca” dejándola transitar a su gusto y antojo por el centro de Granada, incluso atropellando la ruta de “La Coogrant”, y violentando --las tres partes-- una ordenanza municipal que indica que todo servicio de transporte interlocal debe ubicar sus terminales en las periferias de la ciudad. “La Cocibolca” medio lo cumple, pero “La Coogrant” tiene su terminal a cincuenta metros del Parque Central.
Tanto una como la otra tiene su historia gris, pero como usuario a mí lo que me llama la atención es que ambas enarbolan su actuación para argumentar que lo hacen “para brindar mayor comodidad a sus usuarios”, excusa que para todos es una gran mentira.
Meses antes de que “La Cocibolca” se metiera al asunto de los 14 buses japoneses, ya ésta había hecho cambio a gran parte de su flota, adquiriendo unos mini buses --bonitos y hasta con aire acondicionado-- un poco más grandes y con techos más altos que permiten incluso al pasajero ir de pie “cómodamente”.
Pero esta ventaja, los cobradores de “La Cocibolca” la aprovecharon y la sobreexplotaron para implementar las mismas técnicas de “la Coogrant”, y practicar con los usuarios el sardinismo interurbano. Los cobradores empezaron a vernos más como cardúmenes humanos, y aprenderse esa irritante frase de: “Avancen un poco, que al fondo está vacío”.
Me parece insólito que independientemente de lo que pase y deje de pasar entre estas dos empresas (entre tantas otras que rivalicen en el resto del país) los usuarios somos al final del viaje los que terminamos sin licencias, sin derechos, sin concesiones, y sin un poquito de tráfico de influencias que nos favorezcan.
En Managua ambas empresas tienen su terminal en la UCA, algo que me asusta, porque estos transportistas, sin ninguna capacitación en relaciones humanas, literalmente se pelean por los clientes ingenuos y dudosos.
Vasta que aparezca una familia como cliente, para ver cómo estos transportistas –chofer, cobrador, fichador y cachimberboys— por algún tipo de remembranza genética evolutiva, retoman su herencia primate y convertidos en verdaderos simios: gritan, saltan, tocan, te arrebatan y te empujan, hasta que a ver®&@ ... te hacen que te montés en sus buses.
Ahora imagínense el acoso que sucede cuando aparece una jovencita universitaria, de las que a mí me sorprende que muchas adoran irse en los asientos delanteros monitoreando el reggaeton junto al chofer.
Pero lo más delicado --y evitemos de llamarle a esto folclor-- sucede cuando en la terminal aparecen una pareja de “mochileros” extranjeros, que por muy ilusionados que estén por visitar la ciudad colonial, se asustan al toparse con las antropomórficas actitudes de acoso que este gremio ha desarrollado para pescar a sus clientes.
Creo que debe regularse este comportamiento de los transportistas contra el pasajero, quienes cansados, después del trabajo, los estudios, diligencias, y haber ya tomado alguna ruta urbana --que también sabemos qué clase de servicio ofrecen-- deben liderar con estas difíciles situaciones.
No queda ahí todo: ya en el bus, nos toca tolerar y escuchar la emisora que el chofer decida, si es que no opta por ponernos el CD pirateado que acaba de comprar (o si no lleva a la universitaria de al lado que lo manipula). La música, al volumen que él quiere, más ir escuchando abiertamente las pláticas con su cobrador, sobre dónde van a beber esa noche o cómo quedó la anterior.
Pero no hay peor desgracia para el pasajero que en un recorrido aparezca un bus de la competencia, porque ahí el chofer-cobrador terminan completamente por invisibilizar al usuario.
Empieza la competencia por encabezar el recorrido, obviamente a velocidades que superan los cien kilómetros por hora, pero de repente frenan en seco y se abre la puerta para robar a un pasajero en el camino. En teoría por el servicio que ofrecen, esto es ilegal, pero hasta el momento nadie los regula.
Pero bueno, todo pasajero debe pagar aún sus 18 córdobas, aunque vaya de pie o sentado, con su zapato atravesado por el zapato del otro, con un codo amenazándote por la espalda, o con la cabeza casi metida en la axila del pasajero que recién se acaba de montar, porque no encuentra de dónde sujetarse.
“Vamos, avancen, que al fondo está vació”, todavía insiste el cobrador, aunque por falta de espacio también él lleve la mitad del cuerpo salido por la ventana, ya que además debe ir fildeando por si aparece otro cliente.
Estos esperpentos son generalizados en el servicio de trasporte, pero ¿cuándo el MTI podrá frenar esa avaricia y comportamiento troglodita que ejercen nuestros servidores de trasporte público? Por fortuna hay algunos paisanos granadinos, que aún se persignan antes de empezar el camino; y si no es por ellos la cosa tal vez podría andar peor.

Calle Cuiscoma, Granada.