Opinión

Saña y cizaña


Cada vez que las autoridades policiales informan que Nicaragua es el país más seguro de Centroamérica experimento una sensación de alivio por no ser una posible víctima entre las centenares que a diario asesinan los integrantes de las maras y sicarios que operan en Honduras, El Salvador y Guatemala, donde sus cabecillas planifican y ejecutan operaciones desde las cárceles, incluyéndose entre las más recientes la que segó la vida a varios diputados salvadoreños ante el Parlamento Centroamericano. Sin embargo, que la cantidad de delitos cometidos en Nicaragua sea menor que la de esos países no significa que minimicemos los crímenes locales, pues desgraciadamente sus cifras se vienen incrementando cada año.
Los registros policiales definen los asesinatos, homicidios, lesiones, violaciones y otros agravios como Actividad Delictiva contra las Personas. En el Anuario Estadístico 2005 de la Policía Nacional de Nicaragua se lee que ese año fueron cometidos 42 mil 15 delitos contra las personas: 232 asesinatos, 497 homicidios, 19 mil 335 lesionados, 1mil 321 violaciones y 20 mil 630 barbaridades clasificadas en la casilla de Otros. Esas endemoniadas embestidas padecidas en la nación promedian 115 delitos diarios, equivalentes a cinco delitos por hora durante todos los 365 días de ese año.
Es evidente que nuestra situación es muy violenta y altamente peligrosa, sobre todo porque el comportamiento de la curva delictiva continúa su crecimiento. Auxiliado con estadísticas policiales vemos que en 2005, entre asesinatos y homicidios, se cuentan 729 víctimas y si a estas les sumamos las 19 mil 335 lesionadas, totalizamos 20 mil 64 bajas en la población civil, cifra similar a las que pudimos tener durante un año en lo más crudo de la guerra en la década de los 80. Todo sin incluir las otras 22 mil personas lesionadas, física y psíquicamente.
Y las agresiones crecen como olas de maremotos. En 1996, fueron cometidos 26 mil 556 delitos contra la ciudadanía nicaragüense, los que en 2005 aumentaron a 42 mil 15. Esto indica que en sólo nueve años, esta tragedia aumentó en 15 mil 469 casos, para un incremento del 63%. Por su parte, y pese a sus agudas limitaciones económicas y materiales para desarrollar su trabajo, la capacidad operativa de nuestra Policía Nacional esclareció el 65% de los crímenes de 2005 --2 de cada 3-- lo que no significa que haya encarcelado a todos los criminales que dejaron una tenebrosa secuela de dolor entre madres y padres; huérfanos; viudas y viudos, y profundas laceraciones a la economía nacional, sangrada por la inversión socioeconómica perdida con cada persona asesinada.
Siquiatras, sociólogos, sicólogos y otros estudiosos atribuyen el perpetrar crímenes a una serie de factores que perturban la conducta humana, destacando las condiciones de pobreza y de miseria material en que los autores sobreviven en una sociedad excluyente; las enfermedades mentales, a las que por diversas causas está expuesta la población en su conjunto, y a la miseria espiritual padecida por numerosos desalmados, para quienes los valores humanos, incluidos el de la vida, están devaluados o anulados en sus conciencias. A veces ocurre una mixtura de estos factores, los que con la pluralidad de detonantes existentes en nuestro medio, como alcohol, drogas, violencia intrafamiliar y otros, se convierten en un cóctel explosivo y mortal.
Hace poco conocí el sombrío caso de una niña de sólo 12 años, edad en la que las chavalas empiezan a hilvanar y anidar ilusiones que buscarán realizar en su vida futura, la que, en Nueva Guinea, optó por ahorcarse, y por si fuera poco su infortunio, le escribió una carta a su madre en la que le dice que la odia, y que se mata porque esa es la única salida que halló para no seguir a su lado. Ante tragedias de este tipo uno se pregunta qué hizo la madre para que esa criatura acumulara tanto rencor y qué habrá vivido la madre para hacer lo que le hizo a su hija.
Para efectos punitivos, los códigos procesales penales diferencian el homicidio del asesinato. El primero puede ser doloso (matar a una persona de forma accidental) y doloso (si hubo intención de matar). En cambio, el asesinato implica premeditación, alevosía y ventaja para dañar, destruir, aniquilar, matar con odio, furia, saña, insania, locura, maldad. Entonces los asesinatos son atroces, como los cada vez más frecuentes ocurridos en el 2007, sin distinciones de condición económica, ocupación, nivel académico, raza, color político o religioso de las víctimas fatales, cuyas muertes han conmovido a la sociedad nicaragüense.
Acusando a sus asesinos y a una sociedad clasista y excluyente, están un jefe de la Policía Nacional acuchillado dentro de su casa; un joven estudiante universitario, cuyo cadáver fue lanzado al fondo de un pozo; un matrimonio masacrado en Nueva Guinea; jóvenes de barrios marginales de la capital acabados a machetazos o con armas de fuego hechizas; un sacerdote asesinado a garrotazos cerca del hospital Manolo Morales; y nuestros inolvidables hermanos Danilo Torres Rodríguez, ultimado en febrero en Estelí, y el Ing. Porfirio Zepeda Arana, recién asesinado en Corinto, un hombre noble, que al finalizar sus correos recomendaba: “portate bien, y de vez en cuando ayudá a alguien”.
Hay otros crímenes cometidos sin estridencias pero con saña y cizaña: las madres pobres que han sido sentenciadas a muerte sin apelación al ser penalizado el aborto terapéutico. Y son las pobres las que aumentarán los índices de mortalidad materna, pues con la plata baila el perro, y las que tienen recursos podrán acudir a clínicas, dentro o fuera del país, e incluso darse el lujo de regresar a protestar contra el aborto terapéutico. Esas muertes acusan a la clase política y a personalidades de la cúpula de la jerarquía católica nicaragüense, por cuyos dogmas y cálculos políticos, como en la Inquisición, les han negado el derecho a la vida, las han condenado a muerte. Y estas muertes son peores que las mencionadas, pues quienes las aprobaron, con premeditación y ventaja, quedarán para siempre en la impunidad, mientras no sea revertida su intolerable e inhumana decisión.
El organismo social nicaragüense está enfermo. Quizá eso explica que uno de cada cinco nicas haya emigrado del país y no quiera volver. Los suicidios y las muertes en accidentes de tránsito son las principales causas de muerte, siendo los jóvenes las víctimas más numerosas. Ojalá que ahora que ha sido iniciado el proceso para definir y aprobar los montos del Presupuesto General de la República, los diputados y diputadas piensen de verdad en los trabajadores de la salud y de la educación , pero también en la protección ciudadana y que la Dirección Superior del Minsa y las organizaciones sindicales de ese sector, aprueben más fondos para la atención preventiva de la salud mental de la población nicaragüense, y que en coordinación con las organizaciones gremiales y populares prevengan desgracias, muchas veces anunciadas reiteradas veces.
También es urgente incrementar los fondos asignados al Hospital Psiquiátrico, para poder aliviar las condiciones infrahumanas que padecen quienes, además de haber quedado desquiciados para siempre han sido abandonados por sus familias, pues según entiendo, a este centro asistencial sólo le asignan el 1% del presupuesto de salud, del cual el 90% lo destinan para gastos administrativos. Por eso no es casual que sus médicos y enfermeras organicen recolectas para que sus pacientes puedan sobrevivir en este mundo de lo irreal.

Managua, octubre 14, 2007.-
urtecho2002@yahoo.com