Opinión

La victoria de la Iglesia Católica en Nicaragua


El papa Benedicto XVI felicita al Cardenal de Nicaragua por su notable victoria al conseguir imponer la posición del Vaticano en las decisiones del parlamento nicaragüense, referente a negar la legalidad del aborto terapéutico.
Es evidente la satisfacción del Santo Padre y del Cardenal por esta demostración de fuerza y de su capacidad de determinar las políticas gubernamentales en Nicaragua. Cabe preguntarse, sin embargo, ¿en qué forma la penalización del aborto terapéutico favorece el respeto por la doctrina de Jesúcristo y sus apóstoles?
Está claro que el Vaticano considera cualquier aborto como un grave pecado, tan importante que es una de las dos únicas situaciones que determinan la excomunión automática del pecador o pecadora. Se supone, por lo tanto, que la intención del Vaticano y del Cardenal al imponer la prohibición del aborto terapéutico sería la de evitar que ocurran abortos en Nicaragua.
Seguramente será muy raro encontrar alguna persona en Nicaragua que no esté de acuerdo con esa buena intención. La cuestión es que también será muy raro que alguien crea que esta decisión del parlamento, de suprimir la posibilidad de interrumpir el embarazo para salvar la vida de la madre, va a tener algún efecto sobre el número de abortos que se realizan cada día, cada mes, cada año, en Nicaragua. Creo que ni siquiera el Cardenal podrá creer honestamente que la supresión del aborto terapéutico conseguiría disminuir el número de fetos que se pierden por aborto en el país. En el caso del aborto terapéutico no realizado, el feto también muere junto con la madre.
Tenemos que suponer que la defensa que la Iglesia hace de la vida debe incluir no sólo la vida del embrión o feto, sino también la defensa de la vida de la mujer. Si es así, como todos esperamos, cada muerte de una mujer embarazada (junto con el feto), que podría haber sido salvada por un aborto oportuno, significa claramente una derrota de los que defienden la vida, como es el caso de la Iglesia Católica. Siendo así, la prohibición del aborto terapéutico no puede ser considerada una victoria de esa Iglesia que defiende la vida. Más todavía si esa mujer es una madre que dejará huérfanos y cuya muerte frecuentemente resulta en la desintegración de la familia.
El Código de Derecho Canónico del Vaticano reconoce la legitimidad moral del aborto “indirecto” para salvar la vida de la madre, sobre la base de la doctrina del “doble efecto”. Esta norma dice, en resumen, que si una acción tiene un buen y un mal efecto (en este caso, salvar la vida de la madre, pero provocar la muerte del feto), la acción no está prohibida siempre que no haya intención de hacer el daño, aun cuando éste sea previsible.
La resolución del parlamento nicaragüense que no dejó siquiera esta excepción, atropelló, por lo tanto, al propio Código de Derecho Canónico de la Iglesia Católica. ¿Donde está entonces la victoria de la Iglesia?
Sería muy lamentable que por una cuestión de demostración de poder se desprecie la vida y la salud de las mujeres que podrían salvarse con una ley menos restrictiva, colocando como absoluto, un principio de defensa a la vida que no lo es dentro de la propia Iglesia Católica, desde que acepta las pérdidas de vidas adultas que resultan de “guerras justas” y de embriones o fetos en caso de abortos indirectos.
Claramente la resolución de prohibir el aborto terapéutico NO fue una victoria de la Iglesia Católica como la institución milenar que todos respetamos. No es una victoria de Jesucristo piadoso y acogedor, ni de la doctrina que nos enseñan sus apóstoles.
Por otra parte, la Iglesia no está formada sólo por el Papa y sus cardenales y obispos. Está también formada por los sacerdotes que ejercen su misión mucho más cerca de las personas reales, y por los millones de personas que se consideran católicas. Tanto esas personas como esos sacerdotes entienden mucho mejor el problema de la mujer que no quiere morir junto con su feto, porque saben que hacen falta a su familia. Ellos piensan y actúan muy diferente de lo que piensa el Vaticano. Las mujeres se entienden directamente con el Dios piadoso que conoce su problema, y los sacerdotes entienden las circunstancias de esas mujeres que precisan de la acogida de la Iglesia en la difícil situación en que están. La excomunión automática no es aceptada, y la mayor parte absuelve a la mujer de ese pecado.
Los que somos eternos optimistas esperamos que su propio Dios ilumine a los que hoy dirigen la Iglesia Católica, y comiencen a comprender que para evitar la pérdida de vidas en estado embrionario es preciso promover lo que realmente es efectivo para reducir los abortos y dejar de oponerse a los métodos anticonceptivos y a la educación en sexualidad, que son las armas más eficiente para evitarlos.
Todos estamos de acuerdo en que la abstinencia antes del matrimonio es deseable, pero Dios le dio al ser humano el deseo sexual. Sería muy bueno que no hubiera pecadores, pero Jesús sabía muy bien que todos pecamos cuando dijo: “El que esté libre de pecado que lance la primera piedra”. No reconocer que la sexualidad existe, desinformar y volver inaccesibles los métodos anticoncepcionales, es una forma muy directa de promover la pérdida de millares de fetos producto de embarazos que deberían haber sido evitados.
La prohibición del aborto terapéutico no puede, de ninguna manera, ser considerada una victoria de la Iglesia y de su doctrina, ya que no consigue proteger la vida de los miles de fetos que se pierden por aborto ilegal ni los que mueren junto con su madre por la prohibición del aborto terapéutico.
Que Dios ilumine al Cardenal, a los obispos y al Papa para que actúen de una manera que consiga una real victoria de reducción de los abortos.

* Médico gineco-obstetra, brasileño.