Opinión

Los atrasos del caudillo


El caudillo Arnoldo Alemán tenía todo el tiempo del mundo para esperar a su par, el caudillo Daniel Ortega. Total que, a bien resguardo en “El Chile”, se encontraba en mejores condiciones carcelarias que el púgil Fernando Avellán, quien, eso sí, había logrado, como él mismo lo dice, pegarle en la lengua al pacto. Eso, al seño Barriga, lo tenía sin cuidado, ya que para sus adentros gozaba con el puñetazo liberal que Avellán le propinó a Leonel Téller, peso mosca en comparación con aquél. Así, su vocero pagaba aunque sea algo de su breve y emberrinchada rebelión contra él. Todo se paga en esta vida, como dice Daniel, pensaba sonriente recordando el ojo de Téller. No hay nada de borrón y cuenta nueva, salvo en mis cuentas valetudinarias, y eso de que las deslealtades quedan en el pasado, son canciones para niños, como las que hace Mario Montenegro. Todo eso y más pensaba el caudillo Alemán esperando al caudillo Ortega, para afinar algunos detalles del pacto que algunos llaman nuevo por babosos. ¡Nada nuevo trajo el barco!, exclamó para sí mismo sorprendiendo a su servidumbre. Al ver las caras de idiotas de quienes lo rodeaban, Alemán les sonrió con su típica expresión sardónica. Que venga a la hora que quiera: Ni estoy bajo la lluvia ni me voy a arrechar como los periodistas. Aquí lo espero para darle gusto; si primer ministro o si presidente, puras babosadas. ¡Yo sigo!, volvió a exclamar asustando aún más a quienes lo escuchaban hablar y reírse solo.
Mientras esto ocurría en El Chile, aquella mañana los caminantes iban completos: Sherlock, Watson, Caresol, Sanjinés, el de Managua y el de Masatepe. Doña Dorita se había asomado para preguntar por Sherlock, y éste le respondió que ya lo había visto, ayer, el Dr. José Solórzano, y que le había mandado algunos medicamentos. “Al parecer son cosas de la vejez, pero si no me curo, como dice el gran tenista Ricardo Fuentes, es culpa de él”, bromeó. La visita médica del Dr. José Solórzano le había costado a Watson como a los demás perros de la casa, que les pusieran vacunas, entre ellas la antirrábica, lo cual no le hacía ninguna gracia, pues era reacio a todo lo que fueran inyecciones. Sherlock se burlaba de su temeroso amigo, diciéndole que Mundo Jarquín había inventado una vacuna contra la Jodedera, y que lo andaba buscando para experimentar en él. “Es verdad --corroboró Caresol-- por aquí pasó con una gran jeringa en ristre preguntando por vos”. Watson sólo atinó a meter aún más el rabo entre sus piernas, cuando el de Masatepe dijo: “Y a propósito de los periodistas vejados en el Incae por los inveterados atrasos del Caudillo, no hay nada de que extrañarse. La impuntua­lidad, y aquí lo hemos dicho hasta la saciedad, es un hábito de él que se remonta hasta 1979. Es su forma de gobernar y a la vez su mecanismo de defensa, pues en el fondo la impuntualidad en Daniel es una enfermedad. Pero conste, ésta no es teoría mía, sino que del de Managua, así que sea él mejor quien la explique”.
Como pasaban por un parque, todos decidieron hacer un alto en el camino y sentarse para escuchar cómodamente al de Managua: “He consultado con los más eminentes siquiatras del país y ellos, a condición de que no mencione sus nombres, han coincidido en que efectivamente la impuntualidad de Daniel es una enfermedad sicológica que tiene su origen en su propia inseguridad. Claro que esa inseguridad se expresa en desaires públicos a través de los cuales intenta reafirmar su poder ante la ciudadanía que tiene que aguardarlo por horas para que comience sus largas e insípidas peroratas. Sus interminables discursos son, por lo tanto, una forma de censura al pensamiento coherente, el cual es sinónimo de rebelión o de intolerable rivalidad. Hablar y hablar es silenciar y silenciar, y transformarse en único o en el único escuchado, aunque sepamos que forzosamente. La tardanza y el discurso inacabable, lo transforman en lo que él cree ser, en el esperado, es decir, en el Mesías. Pero estos desplantes al tiempo, a la paciencia y la cortesía, aún revestidos de autoritarismo revelan una personalidad insegura y frágil. Síntomas de la inseguridad, son, por lo tanto, la impuntualidad y el maratonismo de la palabra. Pero a esto hay que agregar, dicen los siquiatras, otros dos síntomas que explican su estilo de gobierno: El secretismo y el fundamentalismo religioso, estrechamente vinculados entre sí, pues el secretismo no es otra cosa que el dogma que se cocina en la Secretaría o en su Alcoba, vaya usted a saber, y el fundamentalismo es su alianza con lo divino y eterno, a través del Cardenal Obando”.

Jueves, 18 de octubre de 2007.