Opinión

El fracaso de Nicaragua


Fracasó estrepitosamente después de siete agobiantes y sufridos rounds, el boxeador Luis Pérez, en lo que constituye una parodia del fracaso histórico constante de Nicaragua, que como país permanece noqueado sin poder realizarse como unidad económica y social factible, capaz de satisfacer las necesidades espirituales y materiales mínimas de la mayoría de su población, por la ineptitud de sus hijos, de nosotros, en mayoría atrapados por la desidia y la apatía, y los terribles pecados del egoísmo, el arribismo y las ansias desmedidas de poder.
Rubén Darío no se levantó sólo por su talento desde su modestísima Metapa y su humildísima Nicaragua para convertirse en un dios de la poesía universal, o como equivocadamente algunos creen, por la inspiración fecunda y mágica de sus descomunales borracheras. ¡No! Fue por sus estudios rigurosos, por su abnegada dedicación, por sus profundas investigaciones sobre la escritura en las diferentes etapas de la historia, por su acuciosidad, por su intensa pasión. Darío se construyó, no nació.
Luis Pérez ya había pasado por la irresponsable y vergonzosa pérdida de un título mundial por sobrepeso, igual que sus antecesores, primero Rosendo Álvarez y luego Ricardo Mayorga, quienes convirtieron en pachanga el profesionalismo que debieron abrazar apasionadamente, en primer lugar, por ser su opción de vida, lo que les gusta y prefieren hacer, y, en segundo término, por la fuente astronómica de ingresos que representa, que no podrán obtener jamás de ninguna otra forma lícita.
No menos poderoso para ser verdaderamente profesional es el deseo de obtener el reconocimiento social, la fama, el estrellato, la gloria, saberse representante de un país, ser deslumbrante ejemplo vivo ante una juventud aturdida por una crisis de valores, un consumismo desenfrenado o una carencia cruel que la empuja a la delincuencia, a la evasión y al descalabro que proporcionan las drogas. Nicaragua está tan sumergida en el pantano que urgentemente necesita héroes, pero la mayoría de los que surgen se nos deshacen en el aire, como muñecos de zacate.
¿De qué madera estamos hechos los nicaragüenses? Debería ser una constante de nuestro actuar cotidiano la puntualidad, aún en contra del pésimo ejemplo que da el presidente de la República, quien irrespetuosamente llega tardísimo a todas sus actividades de jefe de Estado, sin importarle un bledo el tiempo de los demás. Deberíamos ser disciplinados, ordenados, organizados, planificados, metódicos y constantes, no dispersarnos, no despeñarnos en la improvisación, finalizar lo que comenzamos, dedicarle el tiempo requerido y suficiente a nuestros compromisos. Deberíamos ser responsables y eficientes, asumir con energía y entusiasmo las tareas que nos depara la vida, hacer bien lo que nos corresponde, encarar con firmeza los desafíos, cualesquiera que fueran, identificar y aceptar nuestros errores, y enmendarlos a toda costa. No es fácil. ¿Y por qué tendría que ser fácil? ¡El que quiera celeste, que le cueste! Fácil es ser ladrón, y diputado o magistrado que no obedece a la ley, sino al caudillo.
En el combate por la vida hay que entrenar todos los días, seguir una metodología, proponerse objetivos y metas, dedicarse por completo, no pretender llegar de última hora al enfrentamiento, con el consiguiente exceso de peso, el sacrificio hasta la extenuación para bajar unas libras, quedar exprimido y listo para la derrota. Esto es lo que hemos hecho históricamente en Nicaragua y todos somos culpables, cada uno de nosotros hemos puesto un granito de arena para que el sesenta por ciento de nuestra juventud se quiera ir del país, para que el cuarenta por ciento de la población viva miserablemente, para que de un plumazo en leyes y códigos hayamos retrocedido más de cien años con la criminal penalización del aborto salvador de las madres en situaciones de riesgo. Aunque más culpables son los que han dirigido este país desde arriba, desde abajo, desde en medio, desde los lados, desde donde sea, tras las sombras, desde sus exacerbados intereses mezquinos y perversos.
“Mañana, hijo, mío” todo será distinto, dijo optimistamente hace medio siglo, el poeta patriótico Edwin Castro, pero seguimos en el ayer, y ese mañana que deseamos con todo nuestro corazón, ni siquiera se vislumbra. No obstante, cambiando cada uno de nosotros, haciendo bien las cosas cada nicaragüense, de uno en uno, podremos llegar a la meta más rápido de lo que parece, incluso a contrapelo de la maligna clase política que nos desgobierna.
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