Opinión

¿Es el espacio de centro la indefinición permanente?


Con cierta frecuencia se escuchan comentarios y reflexiones bien interesantes sobre el pretendido carácter misterioso o enigmático de un espacio político que realmente juega un protagonismo importante en la vida política española, sea o no encarnado por algún o algunos partidos políticos.
El centro, dicen muchos de sus contradictores con su crítica de las posiciones ideológicas, con su distanciamiento, su equidistancia de la derecha y de la izquierda, con su neutralidad, a lo que conduce es a una especie de indefinición que quiere tener las virtudes de las partes, sin ser ninguna de ellas para ser todas a la vez, y al final lo que consigue es una amalgama de propuestas débiles e insustanciales que permiten calificar su posición fundamentalmente como inconsistente.
Pues bien, ante semejantes comentarios, que serían atinados si realmente el centro fuera el reino de lo ambiguo y de la renuncia a todo principio opuesto al oportunismo, se puede señalar que el espacio del centro, tal y como lo entiendo, no se establece por referencia a las posiciones ideológicas, sino precisamente desde la crítica de este tipo de formulaciones. Me refiero, claro está, a aquellas posiciones que se configuran como una interpretación completa, cerrada, omnicomprensiva y definitiva de la realidad social e histórica. Son posiciones que desde el punto de vista generativo derivan muy directamente del racionalismo ilustrado, y que encuentran sus formulaciones más completas en dos posiciones que desde sus primeros pasos se han visto como antagónicas y como referentes de la confrontación política: el liberalismo y el socialismo. Está al alcance de todos dibujar un mapa preciso de sus incompatibilidades y oposiciones respectivas. El fascismo, por otro lado, elaborado sobre la base de la afirmación nacionalista, se erige como una posición igualmente distante de las dos anteriores, pero no como síntesis de ambas, sino como negación de las dos --ni de derechas ni de izquierdas, se decía-- y se proponía como ajeno tanto al internacionalismo derivado de las consideraciones de clase propias del socialismo, como al individualismo liberal, ambos por negadores del ser nacional.
El diseño de las confrontaciones que entre estas posiciones ideológicas se perfilan puede hacerse con tanta precisión debido, precisamente, a su carácter racionalista de fondo, por más que la raíz emotivista del fascismo --propia de toda afirmación nacionalista-- parecería distanciarlo de la común filiación ilustrada. Y precisamente éste, el de las confrontaciones, es una de los rasgos más identificativos de las formulaciones que me atrevo a calificar de ideológicas, en cuanto se afirman como saberes de salvación, y sólo admiten otras posiciones políticas como un mal derivado de la articulación democrática de la vida política y, además, consecuentemente, entienden la vida política como enfrentamiento, como antagonismo, donde el campo se divide entre dos categorías, la de los nuestros y la de los demás. Algo de esto, y no poco, encontramos en el fondo de las primeras decisiones y anuncios de los actuales gobernantes, eso sí, bajo toda suerte de talantes y sonrisas.
La desnaturalización de las formulaciones ideológicas absolutas, la práctica desaparición de los partidos fascistas, no su ideología, ha dejado hasta el momento el campo de las definiciones ideológicas para las formaciones de izquierda. Así lo avala la reciente y vivísima discusión sobre lo que significa hoy la izquierda, en la que uno de los últimos libros de Bobbio manifiesta ejemplarmente el fundamento de las consideraciones aquí señaladas.
Volviendo al planteamiento inicial de la cuestión, parece que el centro carece, en efecto, de la consistencia dogmática de las ideologías cerradas. Pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que lo propio del centro sea desprenderse de principios y criterios, sino que el centro, tal y como lo entiendo, renuncia a ser una ideología que todo lo explica, que todo lo soluciona porque dispone de un cuerpo de doctrina que, con sólo aplicarse totalitariamente sobre la realidad, ya soluciona todos los problemas. En este sentido, sólo en este sentido, me parece que se puede decir que el espacio de centro huye de las ideologías cerradas, porque no le interesa esa consistencia falaz, aparente, establecida sobre una base reductora de la realidad propia de todo racionalismo.
Por ello, afirmar que nuestro conocimiento de la realidad es parcial, y en muchos aspectos --no en todos-- relativo, que en absoluto podemos atisbar cual es la situación final a que nos conduce la historia, que no tenemos ni podemos tener nunca a nuestro alcance los resortes o las claves para establecer un orden social definitivamente justo y plenamente libre, no puede equipararse a las formulaciones ideológicas cerradas que no están tan muertas como algunos piensan. Sobre todo porque todavía , y no muy lejos de nosotros, encontramos intentos de eliminación del adversario, anuncios de que por fin llega la justicia, la igualdad, la libertad. Desde estos presupuestos no puede pretenderse que el centro se defina como un posicionamiento ideológico, sino que el centro, como nueva categoría política con sustantividad y personalidad propia, implica un nuevo espacio y un nuevo discurso político que rompe con los tópicos, fórmulas y dogmas del lenguaje ideológico, en tantos sentidos, notoriamente insuficiente.
En este contexto puede entenderse que el centro no sea sólo un talante, ni que se exprese únicamente con gestos, con ser ellos muy importantes. Constituye, insisto, una nueva forma de estar en la política caracterizada por la apertura, el pluralismo, la dinamicidad y la complementariedad en un marco de defensa radical de los derechos humanos.
Se trata, en mi opinión, de estar en la realidad y de trabajar desde la realidad a favor de la gente, especialmente de los desfavorecidos. No es el centro un espacio que proporciona una varita mágica que resuelve todos los problemas ni, en modo alguno, constituye un idílico mundo de promesas. Tampoco es, me parece, un espacio para abrir heridas del pasado que dividen a la ciudadanía. Y menos, me parece que sea el espacio de la renuncia a la propia identidad, sobre todo cuando constituye el mejor legado de lucha por los derechos fundamentales y la dignidad igual de todos los seres humanos.
En el espacio de centro la política se concibe como servicio permanente a la gente, no como servicio de la gente a los personales intereses de los dirigentes. Por eso el espacio de centro no es el espacio de la indefinición ni de la ambigüedad, sino el espacio del compromiso radical con los derechos humanos y la igual dignidad de todos los seres humanos, desde la metodología del entendimiento, la mentalidad abierta y la sensiblidad social.

* El Autor es catedrático de Derecho Administrativo y autor del libro
“El espacio del centro”.