Opinión

La batalla de El Coyotepe


Como consecuencia de nuestras luchas intestinas, el presidente conservador Adolfo Díaz, para mantenerse en el poder contra la voluntad del pueblo, violando nuestra sagrada soberanía, pidió al presidente de EU, William Howard Taft, la intervención armada. Por esa petición 1,400 infantes y 1,000 marines hollaron nuestra sagrado suelo.
El Coyotepe y La Barranca fueron los últimos reductos defensores de nuestra querida patria.
Hace 95 años, la madrugada del 12 de octubre de 1912, las fuerzas interventoras iniciaron el ataque al Coyotepe, emplazaron los cañones que vomitando fuego ensordecían y hacían temblar la tierra, y al hacer impacto en los cuerpos de los patriotas, los destrozaban y los tiraban por los aires. Esto, en términos militares, se llama ablandamiento.
El ataque fue dirigido por un regimiento completo, dividido en tres batallones bajo la dirección del coronel Joseph Pendleton. El mayor Kekelvy comandaba el primer batallón por el centro, el tercer batallón, colocado a la derecha, era comandado por Pendleton, y el segundo batallón, a cuyo mando estaba el capitán Butler, estaba a la izquierda, atacando en el llamado movimiento de pinzas.
A las cinco y treinta de la mañana iniciaron el ataque por la escarpada cima al amparo de los matorrales. Adelante iban las columnas de rifleros exploradores, disparando sus springfield de repetición; detrás de ellos, una lluvia de balas de ametralladoras Colt de 50 mm, que venía sembrando la muerte. Los defensores de la ciudad, de la Libertad y del honor nacional, con rifles y ametralladoras viejas y mal entrenados, impulsados sólo por el amor y el honor patrio, enfrentaron el feroz ataque. Ya al terminar la batalla, cuando trataban de salvar sus vidas, no por cobardía, sino por no tener municiones, fueron masacrados por las balas asesinas de los agresores. Esos héroes anónimos fertilizaron con su heroica sangre El Coyotepe para servir de ejemplo a las futuras generaciones, para que nadie vuelva a pedir intervenciones y ningún extranjero mancille nuestra sagrada tierra y soberanía.
La batalla fue una carnicería, con más de 150 muertos, por los americanos, sin contar los heridos. Después de llegar a la cima, izaron la bandera estadounidense, entonces encontraron al coronel Isidoro Díaz Flores, tercero en mando después de Salvador Sobalvarro, y el general Benjamín Zeledón, con su ayudante Rosalío Zeledón, estaba muerto. Al preguntarle Butler por qué no se rendía, Díaz Flores contestó: “Porque tengo municiones”. Admirado por su valor y patriotismo, Butler ordenó que le respetaran la vida, por su heroísmo, junto con Antonio Flores, haciéndolos pasar en medio de dos filas de soldados que se cuadraron en posición de firme; costumbre entre ellos.
Traído a Masaya, preso, casi lo matan, sufrió vejámenes junto a otros prisioneros, según relata en sus memorias Díaz Flores. Esta batalla se libró durante la guerra del general Luis Mena, conservador aliado al general Benjamín Zeledón, liberal que luchaba contra el gobierno de Adolfo Díaz.
Masaya era el último bastión, pues estaba sitiada por el ejército conservador llamado Caitudo.
Entraron a Masaya, la incendiaron, la saquearon y la devastaron, hasta que Butler bajó a restablecer el orden. A los 95 años de esta epopeya, recordemos a estos patriotas que defendieron el decoro nacional, parafraseando a Darío: “No, no dejes al odio que dispare su flecha, llevad a los altares de la paz miel y rosas. Paz a la inmensa América. Paz en nombre de Dios. Que los poderosos no osen volver a mancillar nuestro territorio acional.
El autor es recopilador histórico
Masaya