Opinión

¿Por qué un agresor viola a una infante?


En medio de la espantosa rutina de violaciones y abusos sexuales cometidos contra niñas, niños y adolescentes, hay casos que nos dejan dudando de la condición humana de quienes los cometen, como la noticia recientemente publicada acerca de la violación a una niña de dos años, cometida en Laguna de Perlas.
Ocurrió en la comunidad de Raitipura, en la RAAN, y la noticia trascendió cuando la niña apareció en un predio montoso, sangrando profusamente, luego de haber sido secuestrada durante unas horas por un desconocido. Pero estos hechos ocurren también en las ciudades, en casas de ricos y pobres, son cometidos por gente de cualquier condición social, incluso con alto nivel educativo, y muchas veces nadie sabe de ellos.
Son situaciones de las que cuesta hablar, que nos hacen preguntarnos cómo es posible que alguien pueda actuar así, sin la menor compasión, tratando como objeto sexual a una criatura que apenas ha entrado en la infancia, qué clase de pulsiones llevan al hombre a cometer semejante atrocidad.
Lo que cabe decir es que más allá de las características individuales del agresor o de sus rasgos particulares, hay aspectos comunes en los abusadores que conforman verdaderas patologías sociales, comportamientos extendidos que tienen claros antecedentes en las mentalidades y creencias de la masculinidad patriarcal predominante y en los procesos de crianza violentos, machistas y autoritarios.
Algunas de estas mentalidades y creencias relacionadas con las agresiones sexuales son las siguientes:
T El cuerpo de las mujeres, incluyendo el de las niñas, es un objeto destinado a producir la satisfacción sexual masculina.
T El cuerpo de las mujeres, en su calidad de objeto, pertenece a los hombres, como una especie de propiedad colectiva. Por tanto, es común que en los hogares, las calles, los buses o los sitios públicos, los hombres se sientan con derecho a tocar a cualquier mujer, adolescente o niña, abusar de ella o violarla.
T El deseo sexual masculino es un imperativo que no debe ser reprimido y que alguien debe satisfacer prontamente en el hogar o fuera de él.
T Los hombres prueban su masculinidad a través de una sexualidad compulsiva y promiscua.
T La virginidad es un valor agregado al objeto cuerpo femenino, por lo cual el hombre propietario del mismo tiene derecho de estrenar ese cuerpo, independientemente de si es el padre, padrastro o algún familiar.
T Los niños y niñas, como también las mujeres, son seres inferiores a los hombres.
Por otra parte, en los procesos de crianza tradicionales se expropia a los niños de su capacidad de identificar y expresar sentimientos y emociones. Estamos hablando de una especie de castración emocional, que ocurre cuando al niño se le impide llorar, manifestar sentimientos de temor, sufrimiento, ansiedad u otros, ya sea a través de la violencia física, de amenazas, o de agresiones psicológicas, como cuando se le compara con las mujeres, algo que en la cultura machista constituye la peor ofensa para un varón.
Por ello, un hombre que ha sido formado bajo tales mentalidades, que ha sido maltratado en la infancia, despojado de su capacidad de sentir y abusado sexualmente; que por otra parte no ha recibido ninguna clase de apoyo emocional y asistencia psicológica y que además está siendo constantemente alentado en el ambiente donde se desenvuelve a vivir una sexualidad compulsiva y promiscua, está en franco camino a convertirse en agresor.
La personalidad del sociópata se caracteriza por la imposibilidad de demostrar compasión o empatía hacia la víctima, rasgo fuertemente alentado por las creencias de género. De ahí que el machismo bien pueda considerarse como una patología social.
El abusador de una niña de dos años es un sociópata, no siente compasión ni empatía alguna con su víctima, no le importan las consecuencias de su agresión, está actuando empujado por sus pulsiones y deseos, piensa y razona alrededor de ello, puede planificar su crimen cuidadosamente, pero actúa, por decirlo así, desconectado de sus sentimientos y emociones.
Ciertamente, la violencia intrafamiliar sistemática y las agresiones sexuales cometidas en el hogar generan víctimas, pero también monstruos. Muchos agresores que arremeten física o sexualmente contra niños, niñas o víctimas inocentes están descargando contra ellos la suma de todos los odios, temores, frustraciones, angustias o impotencias acumulados a lo largo de sus vidas contra sus propios agresores.
Esta perpetuación de la violencia sexual que se va transmitiendo de generación en generación no justifica el delito, pero debe ser considerada para dar mayor relevancia al enfoque preventivo en el tratamiento del problema.
La prevención de la violencia sexual, como la de otras formas de violencia, demanda urgentemente la formación y promoción, tanto en el ámbito familiar como escolar, y en los medios de comunicación, de masculinidades libres de violencia. Se requiere brindar a hombres y mujeres una educación emocional adecuada, que estimule su capacidad y la riqueza de vocabulario para identificar y expresar libremente los sentimientos. Se requiere, además, una educación sexual eficaz, libre de estereotipos y prejuicios, que fomente el sentido de respeto y equidad de género.
Tengámoslo claro, los criminales no nacen, sino que se hacen, y en gran medida a partir de las situaciones anteriormente señaladas. Por ello, todo esfuerzo encaminado a educar en una nueva masculinidad no sólo es posible, sino también urgente, si queremos evolucionar como sociedad.
* Directora del Centro de Prevención de la Violencia. Integrante del Movimiento contra el Abuso Sexual