Opinión

La suma de los días


Como Gabriel García Márquez, la escritora chilena Isabel Allende decidió escribir sus memorias por entregas, (si en verdad Gabo escriba y publique el trecho de su vida que dejó en el aire). Al menos eso se desprende de La suma de los días (Areté, México, 2007, 361 páginas). Allende vierte su vida teniendo como punto de partida eventos familiares, por muy intrascendentes o por muy controvertidos que sean. Tiene una capacidad infinita de fabular e imaginar diálogos y episodios que el más avezado periodista sería incapaz de llevar con la más estricta severidad. Allende expresa que para confiar lo contado tuvo que apegarse a la realidad, asistida por las cartas del intercambio epistolar que siempre ha mantenido con su madre. Uno queda convencido de que los hechos ocurrieron, pero ella se encarga de transmitirlos como si se tratara de un largo relato entrecortado por sucesos y circunstancias aderezados con salsa, ajo, pimienta y limón. Sus testimonios están saturados por la magia enceguecedora de una escritora que todo lo que toca lo convierte en oro.
La suma de los días es punto de confluencia entre su universo literario y los personajes que saltan de novela en novela en su mar sin fín. El filón inagotable lo constituyen su familia y sus viajes por el mundo. Con estas digresiones Isabel Allende ratifica que no existe un género más desacralizador que las memorias. Decidida a contar la vida de su tribu no tendrá reparos en revelar lo acontecido. Todo acto de escritura es un acto de exorcismo. Isabel Allende pidió el consentimiento de sus seres más queridos, para atreverse a revelar que su hijo Nico se casó con Celia, una venezolana que no tenía clara su condición de lesbiana antes de consumar su matrimonio. En sociedades como las nuestras, atrapadas por una doble moral, pocos se atreverían a referir en público esta situación. Su decisión la enaltece. No se trata de un reconocimiento hacia una escritora de fama universal, se trata de un elogio a la persona de Isabel Allende. Dado el primer paso y libre de pecados, ¿su libro ayudará a los infieles? Espero que sí.
El concepto de familia retratado en La suma de los días no es la típica familia nuclear. La suya está conformada por abuelos y abuelas, padre y madre, hijos e hijas y hermanos y hermanas. Isabel Allende dispensa un alto valor a la familia. El mundo que abarcan sus seres venerados lo conforman también amigos y amigas, marido, nietos y sobre todo Paula, la entrañable, el sortilegio, su eterna acompañante. Con quien habla y para quien habla. El centro de su universo. La suma de los días es un largo monólogo en que Isabel Allende cuenta todo lo vivido, lo bueno y lo malo, sus aspiraciones y desesperanzas, a la niña de su infortunio, a su hija de siempre, Paula, norte y brújula, alter ego y conciencia de cada uno de sus pasos por la tierra. Decidió que no la olvidaría y en esta determinación ha conseguido mucho más de lo propuesto: convertirla en uno de los personajes más respetables de su pasión encendida. Sólo a Nico profesa un cariño semejante. Su logro ha ido más allá. Paula forma parte de nuestro entorno cotidiano.
La suma de los días es la continuación en nota aguda de Mi país inventado. Como toda gran escritora sabe que su feligresía está interesada en conocer cada uno de sus pasos. Ubicada en el corazón de California, tuvo la dicha de convertir su residencia en un retrato merecido de La casa de los espíritus, gracias a la insistencia de Willie, su compañero de dichas y pesares. Isabel logró convertirse en eje de gravitación de cada uno de los miembros de su tribu. El cariño trascendente por su hija Paula, ajeno al egoísmo, saturado de amor, la condujo a traer a su lado al marido de Paula, casado en nuevas nupcias ante la muerte de ésta. Viendo a Ernesto recuerda a Paula. Pocas veces he tenido oportunidad de tocar a un corazón más generoso que el de Isabel Allende. Ni siquiera en los textos más queridos. Ese amor reverberante posee el encanto de la seducción, causa envidia e invita a la imitación. Un tipo de familia que los iluminados daban por desaparecida brota como un manantial inagotable. No por eso su familia escapa a los estallidos de crisis, a los estertores y al levántate y anda.
II
La suma de los días ratifica que no ha renunciado a juzgar los hechos políticos desencadenados por el presidente W. Bush, después de la injustificable voladura de las Torres Gemelas. Celebra a su nieta Andrea por haber participado junto a ella en una manifestación que condenaba la invasión militar a Irak y portara un cartelón que decía “Palabras, no bombas”. Isabel Allende sabe leer la trascendencia y significado de las palabras, su poder persuasivo. Las palabras encierran un poderío indestructible, enardecen o calman, precipitan a la guerra o conducen a la paz. Eso lo saben mejor que nadie los humanistas. Lo saben mejor que los publicistas y propagandistas que dicen saber todo acerca del arte de la guerra a través de la domesticación y adulteración de las palabras e imágenes. Su nieta Andrea había aprendido en casa, ¡cómo no!, que las palabras son más eficaces que las agresiones bélicas. Por algo los estrategas de la guerra imponen la censura de campo. No desean que el mundo capte sus atrocidades. Es mejor cerrar el ojo de la cámara y evitar que los periodistas muestren y escriban lo odioso que es la guerra.
Para quien sufrió en carne viva los horrores de las satrapías de Augusto Pinochet, viviendo en ese país grandioso, los Estados Unidos, no podía evitar la condena. Una humanista, sólo a condición de traicionarse silenciaría su conciencia. Colocada en el borde del precipicio, afirma en La suma de los días que la escalada de violencia en oriente próximo “era pavorosa y la condena internacional contra los americanos era unánime, pero el presidente Bush no prestaba oídos, divagaba como un loco, desprendido de la realidad y rodeado de sicofantes”. Me limito a este enunciado para que constaten que Isabel Allende no ha desertado. No se trata nada más de ser de izquierda o derecha, se trata de una cuestión que atañe al futuro de la humanidad. ¿Podremos vivir juntos? En este nudo dramático nadie puede desertar sino a riesgo de poner en tela de juicio su condición humana. Unas memorias verdaderas no pueden hacer a un lado estas atrocidades. Sería negarse a sí misma e Isabel Allende en La suma de los días canta a la esperanza y a los días por venir. El sociólogo norteamericano Wrigth Mills le había precedido. Con firmeza había apuntado que “si la respuesta a la palabra es la cárcel, quiere decir que las palabras cuentan”.
Leída desde mi perspectiva y vista desde mi sensibilidad, La suma de los días me halaga cuando reivindica a los pobres y su derecho a la lectura. Isabel Allende, pese a que vive de los derechos de autor, trasciende estas fronteras. La publicación en Chile de Mi país inventado fue antecedida por una edición clandestina. En vez de causarle enojo, estos artilugios la llevaron a decir: “Desde el punto de vista moral y económico, el pirateo es un desastre para las editoriales y los autores, pero en cierta forma también es un honor, porque significa que hay muchos lectores interesados y que los pobres pueden comprar el libro”. Una verdad irrefutable, incontrastable, ante el encarecimiento de los textos. Leer se está convirtiendo en lujo.
Como toda escritora de su estirpe, Isabel Allende confiesa que su imaginación se nutre de todo lo visto, leído, investigado, percibido, conocido. Sus engendros, una vez perfilados, puede verlos, acariciarlos, platicar con ellos. El cariño que los escritores profesan por sus criaturas es similar al que guardan por sus amantes más apetecidas o sus esposas más queridas. Se enamoran. Les rinden pleitesía. Llegan al extremo de no querer matarles, como ocurrió a Vargas Llosa con el japonés Fushia en La casa verde o Gabriel García Márquez con la inigualable Ursula Iguarán, a quien mantuvo con vida durante cien años, tiempo en que transcurre la vida de Macondo, antes de ser arrasado por las hormigas y un viento bíblico huracanado que no dejó piedra sobre piedra.
Escritora profesional, todos los 8 de enero de su vida, empieza a pelearse con la pantalla en blanco. Escribe durante ocho horas seguidas, como lo practica Sergio Ramírez en Nicaragua o como lo ejercitaban o ejercitan Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, donde quiera que estén, porque los pobrecitos, así como Isabel Allende, no pueden quitarse de encima a su mundo inventado, real y verdadero, que queda aquí en América Latina, así sean los escritores más celebrados de la tierra, porque su mundo es esté y no otro, para nuestro regocijo y de sus lectores en diversas lenguas y latitudes.
¡Una mujer que muestra sus llagas y sus debilidades, no solo merece ser creída, también es admirable! Esa es la Isabel Allende de La suma de los días.