Opinión

El trauma del referendo


Son muchas y muchos compañeros quienes arrastran una seria depresión luego de conocer los resultados preliminares del referendo del pasado 7 de octubre. Pareciera que hay una especie de trauma en la inmensa cantidad de personas que participaron activamente en ese inédito y muy costarricense Movimiento Patriótico.
El trauma se podría resumir en una sola palabra: impotencia. Porque casi todas y todos sabemos que hubo un fraude político apoyado por la dictadura mediática y por el aparato estatal con toda su maquinaria bipartidista y empresarial. Pero, sabedores de ello, no atinamos aún a respondernos dónde estuvo realmente el fraude, aunque haya demasiadas evidencias. Para decirlo de otra manera, era un fraude anunciado, pero nunca lo pudimos detener.
Y lo peor, ahora no podemos probarlo en términos de evidencias electorales, aunque las hubo a granel. (Ya desde la convocatoria el proceso estaba viciado de nulidad, pues se hizo por decreto anulando la iniciativa ciudadana y colocando la pregunta de si estábamos de acuerdo o no con el dictamen de mayoría de la fracción legislativa del partido Libración Nacional, bueno, lo que queda de él. Esto para no hablar del memorando de la infamia; del psicoterror laboral aplicado en zonas francas, en maquilas y en empresas fruteras y de plantas ornamentales, entre otras; de la violación a la tregua electoral por la prensa empresarial y transnacional; de las llamadas amenazando a ancianos pensionados con la pérdida de su pensión; de la inadmisible intromisión del gobierno norteamericano; además de muchas otras violaciones al código electoral y a la ética política).
De todas maneras, si lo hacemos, o tratamos de hacerlo, se nos viene encima nuevamente la maquinaria y la “opinión pública”, aduciendo que no tenemos derecho al reclamo porque sencillamente somos perdedores, y el proceso ya finalizó. Hoy, de nuevo, somos “hermaniticos”, o como dice un ingenuo, o mal intencionado, por allí, “ganó Costa Rica”, como si hablásemos de fútbol y no del futuro de esta ínsula globalitaria (por cierto, y siguiendo la analogía o metáfora futbolística: a pesar de jugar en cancha ajena --la de ellos-- se logró un empate, porque es evidente que el breve margen del gane se debe a los fallos del árbitro a favor del Sí, a la imparcialidad de la prensa, a la invasión de la cancha de su barra brava y al apoyo descarado de la FIFA. Imaginemos cómo será el “match” cuando ellos vengan a jugar a nuestra cancha sin el apoyo de su prensa empresarial, de su barra, de sus árbitros y de la corrupción de la FIFA).
He allí la impotencia. Nos sabemos burlados y aplastados por un sistema corrupto que ha envilecido la práctica política porque se ha alineado con el poder transnacional y con el mercado neoliberal sin reparar en sus retorcidos métodos y tenebrosas acciones. Burlados por una maquinaria mercenaria muy bien aceitada que, una vez cumplida su tarea, se retira a sus cuarteles hasta la próxima contienda.
Pero lo terrible de todo: nos sabemos burlados porque hicimos las cosas bien, porque respetamos el código electoral, porque confiamos en la imparcialidad de los tribunales y del gobierno, porque nos dejamos llevar por la alegría manifiesta en cada marcha y en cada acción del movimiento social y de la amplia alianza política que se construyó. Es decir, estamos cargados de impotencia porque desarrollamos una lucha leal y patriótica, firme pero legal, fuerte pero respetuosa, militante pero siempre con profunda tolerancia ante el adversario y con las premisas de la solidaridad, la fraternidad y la utopía. Todo lo contrario de la propuesta del Sí.
He allí lo que nos produce el trauma: saber que las “armas del bien” no pudieron contra lo maquiavélico y desfachatado de un régimen despótico con careta democrática. Que fuimos objeto de las más grandes vilezas de las que tengamos memoria en la vida política moderna de nuestro país. Esa sensación de saber que tenemos la razón pero no así la eficacia para concretarla, porque el poder es precisamente lo contrario: la irracionalidad, la fuerza, la mezquindad, el soborno, el golpe en la oscuridad. Ese leve desasosiego porque la lucidez y la creatividad no han podido contra la infamia.
Resta poner a prueba nuestra tolerancia ante el fracaso. Aún a sabiendas de que esto no ha sido un fracaso. Todo lo contrario: ha sido un avance inusitado en la conciencia política del costarricense que pudo comprobar los niveles de intransigencia y autoritarismo que alcanzan los grupos poderosos al defender sus intereses, y en la construcción de una alternativa social y política ante la entente neoliberal. El proceso nos permitió observar en toda su crudeza, la acción concertada de los partidos de derecha (el poquito de PLN de los hermanos Arias, la unidad de unos cuantos angurrientos, el Movimiento Libertario prepotente y las turecas parlamentarias).
Ese nivel de tolerancia nos debe permitir comprender que hoy Costa Rica es otra. Que, como bien lo dijera el colega Alfonso Chase, el TLC ha sido el mejor despertador que hemos tenido en los últimos cien años. En otras palabras, que toda la energía y el vigor desplegados no han sido en vano. Una nueva Costa Rica está naciendo. El parto será doloroso, pero cada vez nos acercamos más una patria donde la soberanía, la equidad, el desarrollo holístico y la fraternidad no serán un sueño. Porque el mundo también está cambiando. Lo que nos toca es recuperar fuerzas, analizar bien lo sucedido y trazar nuevos rumbos para la consecución de los grandes objetivos, que, sabíamos, no terminaban con el referendo.
El trauma será superado con la capacidad de trabajo e inteligencia que podamos exhibir en adelante. Por ahora lo fundamental es hacer esfuerzos para mantenernos unidos y para sostener y desarrollar los niveles de conciencia y organización social y política que hemos alcanzado. Debemos superar el trauma con reflexión, acción y conciencia. No hay duda, lo mejor de nuestro pueblo es que posee la convicción y la entereza para ello.
* Escritor costarricense