Opinión

La memoria de un niño


Llevo un mes en el intento, y he desistido. No consigo aprendérmela. En algún verso se me traba la letra de esa canción, una polka paraguaya. Es la del Pájaro Chogüí. La niña me la intentó enseñar con toda la paciencia de los niños, pero si me sale a la primera, se me olvida a la segunda. Hay algo en la letra que no concuerda con el ritmo y entonces la memoria no me asiste. No estoy tan mayor para que me cueste tanto, y sin embargo, a la niña le sale tan fácil. Ella me mira, resopla para sacarse la indignación de que alguien tan alto como yo en comparación con ella, no se la sepa, y vuelve a cantarla clavándome los ojos para ver si así se me fija la letra. Pues no hay manera.
En una de las visitas al poeta Chepito Cuadra, sorprende aún cuando él recita de memoria (y sin interrupciones de ese su amigo alemán al que él llama Alzheimer), los versos de su hermano Manolo, como aquel de “yo soy triste como un policía/ de esos que florecen en las esquinas/ con un frío glacial en el estómago/ y una gran nostalgia en las pupilas”. Lo que ocurre es que Chepito mantiene su sonrisa güegüense en los labios y la tristeza se mitiga con su humor, igual que su enfermedad y la cercanía del telón.
Tres meses antes de morir, mi abuela materna hizo su particular despedida previa, y tomó la opción de olvidarlo todo. Mejor dicho, casi todo. Decidió volver a casa, a la casa de la infancia, y escenificar para nosotros los gestos, los dichos, los dibujos, las canciones de cuando ella era pequeña. Y se nos quedó como una niña a la que había que volver a acostar y cuidar como un bebé. En uno de mis últimos intentos por que no se fuera, le mostré un libro de Agatha Christie (ella era una gran lectora de sus novelas policíacas) y se lo leía para ver si ella era aún capaz de continuar la historia, pero me interrumpía jugando a pintar sobre la porta del libro que sostenía entre las manos. Ya no me oía. Estaba en su mundo de juegos de hacía ochenta y muchos años.
Hace poco un amigo me confesaba que su hijo de cinco años le había sorprendido recordando los nombres de todos los animales que su padre mismo le inventó en una visita al zoo. Al niño le enojó comprobar que a su padre le fallaba tanto la memoria. Y al contarle esto, me dijo algo que no deja de ser inquietante. A los niños pequeños, afirmó, “hay que tenerles miedo. Su memoria es nuestro peor enemigo”.
La memoria de los niños, por lo menos, yo creo que la mía, está matizada por la imaginación, pero se plasma en algún lugar para salir después cuando hace falta, o cuando muchos años después uno opta por decir adiós. Sin embargo, es un arma de doble filo. Y sin necesidad de tenerle miedo, creo que mi amigo decía algo que tenía razón. Hay que cuidarse de lo que pueden recordar los niños, normalmente, no son siempre las cosas que uno espera que puedan recordar. Ante sus ojos, el mar de gestos y novedades en que se convierte el mundo se mezcla con la imaginación del juego, y al cabo del tiempo aquello resulta un mundo único por sí solo. Ese mundo que acompaña siempre, se hace presente de manera terca y terrible en el caso de los niños que han sufrido algún tipo de violencia o abuso. En estos casos suele ocurrir que durante un período, la memoria se oculta tras el tiempo, y no se resuelve a salir hasta que un buen día decide mostrarse como un espejo mágico a decir lo que ocurrió, lo que a uno mismo le ocurrió. Y ahí está la clave: a un niño se le puede imponer el silencio sellándole los labios, pero nunca el silencio en la memoria. Ocurre igual con la felicidad, que se protege con la fuerza de la vida en todos los sentidos, hasta en el más primario de todos que es el olfato. Pero ocurre también con cualquier violencia ejercida delante de ellos, o peor aún, contra ellos, que crece con el cuerpo sin ser vista hasta que nos denuncia.
Hace poco visitaba a una amiga, y ella nos relataba todos los abusos de los que en su día fue objeto. “No ha pasado ni un solo día, que no me dé escalofríos, cuando estoy sola en el baño, y abro la puerta. Aún no sé por qué. Lo recuerdo todo como en una película, con la diferencia que sé que en el fondo me ocurrió”. Esas cosas no se pueden contar, sólo se recuerdan y se vuelven a recordar como una especie de condena.
Un escritor querido sugiere acordarse en todo momento del niño que uno ha sido. Todos venimos de la misma memoria, y al cabo del tiempo afloran los mismos recuerdos. Pasamos un tiempo de adultez un poco torpe, en la que no podemos retener ni la letra de las canciones que a la niña que me la enseña le sale tan fácil. Pero al final siempre se vuelve a vivir en la memoria. Dios quiera que se hayan encargado de que en nuestro retorno triunfen por mayoría las felicidades que guardan los sentidos, como los buenos olores, o los recuerdos como letras de canciones. De lo contrario, el recuerdo será una denuncia.
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