Opinión

El post-anarquismo


En el post-1968 (del mayo francés y la primavera de Praga) todas las cosas cambian. Subjetividades antes minoritarias se convierten en co-protagonistas (feminista, ecologista, antirracista, pacifista, hedonistas) y emergen otras nuevas (queer, indígenas, postfeministas). La triangulación del espacio político se rompe con la irrupción de nuevos actores colectivos. Aparece una nueva forma de hacer política, las formas extra-parlamentarias o autónomas, un movimiento de movimientos plural, disperso, fluido y organizado, ya no en una forma vertical o integrada, sino que horizontal (forma/red) y cada vez más coordinada o sincronizada.
En este nuevo escenario, la antigua pretensión de formar un sindicato masivo que encabezase una revolución ya no parece tener sentido; la vía de la revolución a través del partido lo tiene aún menos. Las posibilidades (virtuales y actuales) del sindicalismo revolucionario se vuelven mucho más pequeñas, no pudiendo ya más que aspirar a ser un elemento más del collage revolucionario. Lo mismo podría decirse con relación a los anarquistas autónomos y también al anarquismo en cuanto tal. El anarquismo fue un enunciado de un periodo histórico concreto; una vez superado éste no habrá jamás una revolución anarquista.
Para la proliferación de las revoluciones moleculares (en la formación social del deseo) y molares (en las formaciones sociales producidas por el deseo) debe atenderse a la problemática del lugar y la estrategia, y que ya no pueden ser pensadas en los viejos términos. Michel de Certau diferenciaba entre táctica y estrategia con relación al lugar donde en cada una de ellas actuaba la agencia. Por táctica entendía aquella acción calculada y condicionada por la ausencia de un lugar propio; por estrategia, aquella que se da en un lugar propio sobre el que se tiene el control y la posibilidad de autoproducirlo. Un ejemplo de esto segundo serían las estrategias que la empresa implementa en su propio terreno para controlar y disciplinar al trabajador (taylorismo, fordismo, toyotismo, etc.). Un ejemplo de las anti-disciplinas tácticas serían las llevadas a cabo bajo la forma del rechazo al trabajo (escaqueo, sabotaje, ralentización de la producción, etc.).
El antagonismo necesita un lugar propio si es que quiere realizar y direccionar según su voluntad las líneas de fuga. Es necesario ir más allá de las anti-disciplinas tácticas si es que quiere conquistar los espacios. Hace falta un lugar propio, lingüístico y conceptual; un lugar material propio donde territorializar las luchas (como lo son las okupas, los centros sociales o los sindicatos revolucionarios), también un lugar dentro del juego general de la política. Este lugar antropológico, es decir, mundo vivido y significado como propio, es el que están construyendo los nuevos antagonismos: el lugar de la autonomía, un espacio de lo común para las políticas no-representativas y externas a aquellos otros lugares de los dispositivos de captura estatal-sindicales, de los partidos o de las ONG dependientes de las empresas y los aparatos del Estado. Desde estos lugares propios y autónomos el antagonismo puede agenciar contra-estrategias (resistencia) y provocar líneas de fuga (ofensivas), tanto materiales como inmateriales, tanto en lo local como en lo global (glocales).
En esta reconstrucción del antagonismo político, que hoy vemos emerger por doquier en el plano glocal, el anarquismo ha de comprender que ya no podrá ser nada más que una singularidad más del “jardín de las peculiaridades” rebeldes. Su esencialismo identitario, así como sus esencialismos teóricos, son una traba para esta recombinación actualizante. Anclados en el pasado identitario es así que, reformulando un slogan de Bob Black, el anarquismo se ha vuelto hoy una traba para la “anarquía”.
Legítimamente podría preguntarse qué es lo que queda de anarquismo propiamente dicho después de la deconstrucción y reinvención que en este artículo se propone. Su espíritu antiautoritario sigue presente en este relato; la crítica al capitalismo (especialmente aguda en el comunismo de Kropotkin) también. Sin embargo, bien se pudiera afirmar que ya estamos ante algo distinto. Con el postmarxismo pasa lo mismo, y tanto el post del anarquismo como del marxismo tienden a converger. Vivimos un momento de tránsito. Más que el fin de las metanarrativas puede afirmarse que el postmodernismo es más bien un frenético lugar de ebullición mitopoética. Todavía no podemos darnos nuevos nombres. Somos post y somos anti, pero este nihilismo es activo, afirma; no para de afirmar mientras asalta las murallas de la vieja Roma. Si ya no somos lo que éramos, ¿por qué defendemos aquí la etiqueta “postanarquismo”? La creación de lugares propios (materiales o conceptuales) implica la constitución de una “identidad” grupal. Esta identidad puede resultar una traba para la proliferación de singularidades y fugas, pero siempre es necesaria para poder expresar un común y a partir de allí construir una lucha estratégica.
Hay identidades que frenan y atrapan, otras pueden ayudar a agenciar colectivamente fugas y construir nuevos mundos a través de los excesos. Preferimos la etiqueta postanarquismo a un anarquismo-a-secas, pues con ella nos ubicamos en un tránsito, más que un estado fijo, nos remitimos a un flujo de intensidades, un camino que no puede estar siempre, sino inacabado, también una deconstrucción, y al mismo tiempo conserva la fuerza simbólica del anterior significante y lo reformula para, partiendo de él, superarlo. El postanarquismo es un estar entre: con un pie en el mundo que muere y otro en el que puede nacer. Se trata de elaborar una identidad que contribuya por fin a darnos ese nuevo nombre, a través de la utopía postmoderna. Con el postanarquismo señalamos un tránsito y una mutación, una nueva conexión de intensidades.
Tomado de la Revista Transversal No. 1. Febrero 2007