Opinión

Qué sola estás, Maité


Erick Aguirre

Para mí siempre es motivo de satisfacción excepcional la publicación de una novela de autor nicaragüense. Lo digo porque comparto con otros colegas la empeñada oposición al discurso literario dominante que siempre ha pretendido subrayar la presunta ausencia de una importante tradición narrativa en Nicaragua, proclamando en su detrimento el dominio absoluto de la tradición poética en nuestro ámbito.
Es necesario argüirles, a quienes proclaman el inamovible reinado de la poesía en Nicaragua, que sin contar lo que va del siglo XXI, en los años ochenta y noventa del pasado siglo, el número de novelas publicadas por autores nicaragüenses llegó casi a un centenar. Y en la historia de nuestra novela tales cifras resultan significativas, pues en comparación con el número reducido de novelas publicadas desde la independencia hasta los años setenta del siglo XX (más de doscientas, según investigadores calificados), semejante ritmo de producción contradice la afirmación generalizada de la falta de una auténtica tradición novelística nicaragüense.
Conociendo precisamente esa riqueza de nuestra narrativa más reciente, y habiendo leído y reseñado ya la primera novela de Arquímedes González (“La muerte de Acuario”, 2002), es que me he animado a comentar este su segundo esfuerzo narrativo titulado “Qué sola estás Maité”, una novela en la que nos muestra su crecimiento como narrador, construyendo un personaje como María Teresa y su aparentemente anodina vida personal, con la cual ha logrado tejer un consistente andamiaje novelístico en el que se entrevera el drama que envuelve el destino de sus personajes, con los estremecimientos a que se ven sometidos por la intromisión en sus vidas de los acontecimientos históricos.
Y son esos elementos aparentemente rutinarios en la vida de Maité, su marido Miguel y sus respectivas familias, esa vida cotidiana vista en perspectiva, desde el pasado y desde el presente, los que dejan entrar en la novela a la Historia con mayúscula, es decir, la historia reciente de un país cuyos traumas pesan amargamente y se reproducen en las vidas de Miguel, Maité y su amante Fernando. Sus tragedias personales se dejan contar por la voz de un narrador aparentemente omnisciente que a veces muda hacia las voces de los personajes, pero que también parece conversar con ellos, impelarlos, interrogarlos, confundir sus propias reflexiones de narrador con las voces de los personajes cuyas vidas nos cuenta como en una conversación.
Se trata de un tipo de novela fenomenológica, de las pocas de ese tipo en Centroamérica, que narran ciertos periodos convulsos de la Historia a través del hervidero de recuerdos y sensaciones de sus personajes, cuyas voces fluctúan en un “orden desordenado”, si se quiere también “deformado”, y que hablan o piensan a través del narrador, como si éste fuera un ventrílocuo, para mostrarnos como trasfondo el contexto histórico en el que sus vidas han estado inmersas; vidas que no podrían explicarse sin la existencia, precisamente, de ese contexto histórico. Una técnica clásicamente vargallosiana, cuyo sentido consiste en mostrar al lector un equivalente lingüístico de la realidad objetiva y las subjetividades individuales tal y como funcionan en la vida misma, recurriendo a mudas temporales, espaciales y narrativas que establecen vasos comunicantes entre la conciencia de los personajes y la voz del narrador.
No por casualidad muchas novelas centroamericanas y nicaragüenses publicadas después de los noventa han evidenciado una marcada y significativa tendencia hacia la individualización y la particularización de la experiencia histórica, lo cual a su vez evidencia una correspondencia casi directa del género novelístico con el desarrollo de los procesos sociales, especialmente si tomamos en cuenta el proceso de descenso revolucionario y de restauración capitalista experimentado con la finalización de los conflictos bélicos que estremecieron la región durante la década ochenta.
Sin embargo, pese a esa individualización como proyección literaria de los reflujos sociales experimentados al finalizar el siglo, la narrativa centroamericana, y en especial la nicaragüense, no ha renunciado a esa necesidad ingente de “contar lo no contado”, a la urgencia de llenar ciertos vacíos en un contexto social y cultural en que tanto la historiografía como el “discurso cotidiano” siguen incurriendo en falsificaciones, distorsiones y perniciosas reducciones de la experiencia histórica.
Con la alegre fuga de Maité y su amante a Costa Rica, se aborda en esta novela (al menos de manera parcial, aunque no por ello contundente y dramática) un fenómeno insoslayable para cualquier sensibilidad narrativa en nuestros tiempos: la creciente migración de nicaragüenses hacia la vecina Costa Rica, cuyo auge coincide con el aumento sin precedentes de la migración en el mundo desde finales de la década ochenta, y muy significativamente con el inicio de la fase transnacional de la economía mundial y con la desintegración de la Unión Soviética.
Todo eso que atestiguan los ojos sorprendidos de Maité a su llegada a San José, la terrible degradación que experimenta su vida al encontrarse en una sociedad aparentemente próspera y pacífica que la rechaza como a todos sus compatriotas, forma parte de una tendencia mundial que a su vez explica la intensificación de los flujos migratorios transregionales, que los sociólogos también llaman migraciones sur-sur, y que en esta novela se perciben a través del tamiz de sus personajes y la profunda significación social de sus destinos.
Pero cuando hablé de novela fenomenológica no quise decir que Arquímides esté tratando de hacer una especie de “narrativa crítica”, entendida como aquella tendencia de algunos narradores que a veces escriben casi exclusivamente para satisfacer a los críticos o para tratar de estar “al día” con los temas ingentes que agobian a las sociedades desde donde ellos escriben. Ya sabemos que, evidentemente, en algún momento de su trabajo el escritor piensa en la crítica; aunque lo anómalo, pienso yo, es que piense en ella de manera excesiva.
“Qué sola estás Maité” me parece más bien un intento narrativo muy oportuno y entre nosotros bastante novedoso, que intenta aproximarse a algunos problemas de fondo en nuestras colectividades, pero también de nuestro destino como individuos. Una forma de indagación, de conocimiento, de representación, donde se intenta interrogar precisamente a esas individualidades, representadas en sus personajes, para lograr ver desde una mejor perspectiva nuestra historia reciente y tratar de entender y a la vez reconstruir nuestros propios imaginarios colectivos.
Afirma Sergio Ramírez que en la rutina del pasado de Maité, el gran personaje de esta novela, se encuentra el gran escenario del país. Y es que, desde su destino individual y el de sus padres, el de su marido Miguel y el de su amante Fernando, se deja ver cómo a través de un prisma el destino caótico y contradictorio de nuestra historia, cuyo drama estremecedor entra en escena con violencia y ambigüedad, como en “dos cauces que van a dar a la misma corriente estremecida por la desgracia, las aguas de la vida privada y las aguas de la vida pública que mezclan sus colores turbulentos, y cuando se aplacan, sólo quedan las desilusiones, y la soledad”.
En efecto, esta segunda novela de González no sólo corrobora esa tendencia hacia la particularización o individualización de la experiencia histórica, también resitúa la experiencia novelística nicaragüense en las corrientes literarias que, desde Kafka, nos subrayan la vigencia de un mundo apoético, un mundo en el que ya no hay lugar para la libertad individual y en el que los seres humanos somos incapaces de prefigurar y realizar un destino, pues no somos más que marionetas, instrumentos de fuerzas extrahumanas que alternativamente nos rigen, sea con el rostro de la burocracia, la tecnología o la Historia. En otras palabras, es ésta una novela que logra reinstalarnos en nuestra época, una época en la cual, lo que parece estar en juego no es tan sólo la supervivencia como nación, sino también la salvación del individuo.
Septiembre, 2007