Opinión

1917: Octubre Rojo


El gran periodista John Reed, uno de los fundadores del Partido Comunista de los Estados Unidos, catalogó aquella jornada de Octubre 1917 como los cien días que conmocionaron el mundo.
Testigo ocular de la gran Revolución Rusa, asistió a los eventos que determinarían el curso de la historia de los pueblos durante todo el siglo XX y que hoy, noventa años después, se recuerdan con muy poco entusiasmo.
La Revolución Bolchevique con su lema “Todo el poder a los Soviet” ocurrió mientras la Primera Guerra Mundial alcanzaba su apogeo sangriento y las potencias del mundo enviaban a masacrar a sus pueblos, un conflicto que el gran Lenin llamó “una guerra de piratas para repartir el botín”. Es por eso que una de las primeras iniciativas de los Bolcheviques fue la de firmar la paz con Alemania en la ciudad de Brest-Litovsk en marzo de 1918 con lastimosas concesiones territoriales para Rusia.
A pesar de su vocación por la paz, los Soviet debieron enfrentar a las fuerzas contrarrevolucionarias zaristas apoyadas tanto por los países vencedores de la Primera Guerra Mundial (Francia, Inglaterra y los Estados Unidos) como por el país vencido, Alemania.
Resistiendo en todos los frentes de lucha, la Revolución Rusa tomó su camino hacia el socialismo y se constituyó en potencia de avanzada de los pueblos en emancipación. Enfrentando hambrunas, bloqueos y agresiones, los rusos se prepararían para protagonizar el papel más importante del siglo XX en la guerra sin cuartel contra el fascismo que se extendía como gangrena por toda Europa, Occidental y Oriental. El historiador Eric Hobsbawm no dudaría en describir al siglo XX como el escenario donde el fascismo fue derrotado indiscutiblemente por el comunismo. En efecto, abandonado por la Sociedad de las Naciones (precursora de las Naciones Unidas) que autorizó a Alemania a rearmarse cuando la elección de Hitler como canciller era inminente, el país de los Soviet derrotó a la invasión nazi y llevó las riendas de una contienda que costaría la muerte de veinte millones de soviéticos.
La Batalla de Stalingrado, evento mayor de ese siglo tumultuoso, representó el máximo sacrificio humano para concretizar la victoria de los aliados frente al fascismo internacional dando un vuelco estratégico al curso de la guerra para llevar a cabo una ofensiva sin precedentes y propiciar la caída del IIIer Reich.
Hoy, el mundo ignora cuánto le debe a ese heroico Ejército Rojo, a sus partisanos y a un partido unido en carne y hueso a todos los pueblos en lucha. Así fue la Gran Guerra Patria.
Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, en 1945, el país de los Soviet sería el inspirador y el soporte incondicional para las revoluciones de China y de Vietnam, en Asia, Angola y Mozambique, en África, Cuba y Nicaragua, en América Latina, y muchos más.
Rusia pasaría de ser el “Tercer mundo” de Europa en tiempos del zar a distinguirse como el primer país del mundo que lanzaría una nave al espacio.
En la actualidad, noventa años después y con la caída estremecedora del muro de Berlín, la gran Revolución de Octubre permanece en el olvido. Numerosas naciones que han integrado la Comunidad Europea recientemente difunden sus tesis revisionistas y se dedican a rehabilitar a los antiguos procesos fascistas. En Eslovenia, en Croacia, donde la bandera nacional exhibe sin pudor el escudo cuadriculado de los macabros ustachís que propiciaron el genocidio a serbios y ziganos, en Ucrania, donde el OUN, partido fascista que exterminó a la mayoría de los judíos de la región, es ahora reconocido públicamente, en los países Bálticos e incluso en el Kosovo, donde los albaneses fueron aliados de Mussolini, todas las fuerzas que antaño se unieron al nazismo reciben honores con el beneplácito de las potencias occidentales.
Hoy, cuando nos han hecho creer que la lucha de clases ha dejado de existir y que el proletariado ha sido sustituido por la mano de obra tecnificada y la tecnología, aprovechemos para saludar, noventa años después, a esa gran Revolución de Octubre.
“Rojo el bosque de banderas, en la marcha rumbo al sur, son los obreros en armas partisanos del amor”, decía uno de los cantos rusos más bellos.