Opinión

Un cambio de silla para el mismo cliente


Si los líderes de este gobierno se ocuparan de los asuntos del país con la vocación de futuro con que programan sus pasos políticos para asegurarse la continuidad en el poder, el país y su pueblo no sufrirían las mismas deficiencias que durante cualquier gobierno neoliberal. Sus esfuerzos políticos por el continuismo, son superiores a sus esfuerzos por superar el déficit social por siglos acumulado.
La política sectaria y calculadora del gobierno no sólo la ejecutan con mecanismos tradicionales para mantener su control del poder --asegurando su influencia entre los sectores populares con promesas y manipulación doctrinaria--; también con ella busca cómo sacar provecho de la extenuación y la apatía que ha provocado en la gente la impunidad con la corrupción, agitando a la opinión pública con la discusión en torno a si la “solución” es cambiar el sistema presidencialista por el parlamentarismo.
Es un recurso para distraer a la gente. Porque el presidencialismo y el parlamentarismo son temas que para nada, en absoluto, para nada sirven frente a los problemas vitales y vitalicios del país, como el desempleo, la elevación constante del costo de la vida y la impunidad con los políticos corruptos. Es un tema forzado, y halla eco entre profesionales a los que de verdad les interesa la suerte del Estado de Derecho, aunque sea sólo para rechazar el interés reformista con sus razonamientos jurídicos.
Por el lado del oficialismo, que para el caso engloba a los líderes del PLC, sus profesionales de la politiquería están movilizados, destacando las bondades del parlamentarismo o cuestionándolo poco, porque buscan seguir por muchos años en las nóminas de las instituciones del Estado. Su interés es darle resonancia al tema, con iguales fines parasitarios de quienes lo promueven. En primer lugar, del presidente Daniel Ortega, y de su reo de la suerte, Arnoldo Alemán.
Nada asombroso que Ortega promueva desde la primera fila y por medio de sus allegados el tema seudo parlamentarista, pues tiene una razón más que obvia: necesita situarse desde ya en una posición anotadora para llegar al cargo de primer ministro, pese a que no está tan cerca la fecha cuando deba entregar el gobierno. Ningún interés por Nicaragua, el bienestar de su pueblo y el fortalecimiento de la institucionalidad democrática.
Es imposible ignorar el fin de las combinaciones que comienzan a elaborarse para darle satisfacción a la aspiración continuista del presidente Ortega. Todo a temprana fecha, porque también es imposible que el gobernante pueda ignorar el cansancio que ha causado en la ciudadanía su imagen de político tradicional y su estilo atropellado de gobernar; eso es lógico, después de dieciséis años de sus continuas reelecciones como candidato presidencial, de un año de campaña electoral que lo llevó de nuevo al poder, más el tiempo que lleva de mandato autoritario desde el gobierno (porque también fue autoritario desde abajo).
Cansancio que, al menos, es suficiente para no entusiasmar a mucha gente con la idea de una reelección presidencial. El rechazo histórico a la reelección, además del impedimento constitucional, es la causa de que su aspiración continuista la esté derivando hacia la idea del parlamentarismo como algo novedoso y más democrático, porque limita poderes al presidente. Pero como él espera sobrevivir como diputado después de 2011, sabe que esos mismos poderes le serían depositados en sus manos de “primer ministro”. Esa fecha aún está muy lejana, pero no para quien está consciente de que tras la aparente laxitud política, la ciudadanía es capaz de reanimarse en cualquier momento contra el continuismo.
Los continuistas no se engañan cuando no le conceden larga vida al agotamiento, la aparente falta de vitalidad y vocación de futuro entre la ciudadanía nicaragüense, y por eso, se han asido temprano de la idea seudo parlamentarista como su tabla de salvación ante el naufragante estado en que se encuentra la reelección en nuestro país. Saben, aunque aún no se hace tan notoria la reacción de la ciudadanía, que también está latente en la conciencia colectiva el desprestigio que la reelección acumula desde hace más de medio siglo.
En realidad, más que con la apatía y con el agotamiento, como factores de éxito de las pretensiones reeleccionistas, Daniel está jugando con el uniforme parlamentarista, para lo cual ha despertado el interés y la ambición del gran corrupto “liberal”, para quien, además de una puerta de salida a su situación de “reo”, en la vía que le ofrece Daniel sorteará la emergente rebelión en el PLC contra su propio continuismo como factor de división. Alemán sólo piensa en su rehabilitación legal como una compensación a su colaboración con Ortega. Sobre esta base es que el orteguismo asienta su estrategia de hacer pasar su reelección disfrazada de parlamentarismo.
Ortega hace cuentas con el factor internacional, y por ello está enfatizando en el discurso altisonante antiimperialista. Cierto, no es porque su discurso carezca de verdades que se hace antipático a los ojos de la derecha, pero es un discurso sobre actuado con antiimperialismo, más por oportunismo que por convicciones. Eso lo demuestra el hecho de que internamente, las actitudes de Ortega son más reaccionarias que revolucionarias, y no menos reaccionarias que las de la derecha, de lo cual sobran ejemplos, y el que virtualmente chorrea sangre es el del aborto terapéutico.
El auxilio externo para su política continuista acentúa la contradicción que vive Ortega entre su lenguaje formal revolucionario, y su práctica interna de gobernante personalista, reaccionario y confesional. Estamos conscientes de que lo económico es lo más importante del apoyo internacional; y en lo político, el apoyo del presidente Chávez de Venezuela tampoco le faltará, complacido como debe estar de verse reflejado en el discurso de Daniel. Por otro lado, cuenta por lo menos con la simpatía del movimiento de izquierda de América Latina, ninguno de cuyos gobiernos renunciaría a la solidaridad mutua con su gobierno, aunque éste sólo tenga un discurso formalmente de izquierda.
También, porque las cuestiones internas nuestras desde el exterior no se ven ni se miden en toda su magnitud, como podemos hacerlo aquí, adentro. Y quizá el parlamentarismo lo vean positivo, por cuanto supondrán que nuestra realidad ha madurado lo suficiente para que se produzca el cambio político, pero que, para nosotros, sólo es un cambio de silla para que se sienten las mismas posaderas.