Opinión

¿El último romántico?


Existen personas que con su actuación labran su propia fama, transcienden su época y sus hazañas les convierten en verdaderos paradigmas de la humanidad. No son muchas y en este momento en que los medios de comunicación sacralizan o demonizan a su gusto y capricho, siguen vivos en el corazón de la gente. Sus acciones hablan y entusiasman hasta los incrédulos. Se trata de los imprescindibles, esos que el paso del tiempo, en vez de desgastarles, engrandece sus figuras. Poseen un encanto embrujante, imperecedero.
Uno de los grandes iconos del Siglo XX, alza airosa su mirada y a cuarenta años de su martirio, (8 de octubre de 1967, el mismo año en que García Márquez entregaba al mundo Cien años de soledad y Nicaragua celebraba jubilosa el primer centenario del nacimiento de Darío), su estatura crece. Ernesto Guevara de la Serna sigue más vivo que nunca y, pese a que algunos iluminados lo acusan de aberrante, su gesta habla por sí sola y además tuvo la dicha de emborronar cuartillas, para asentar su pensamiento. Un revolucionario letrado. Cruzó correspondencia con León Felipe. Se engulló a Danton y recitaba a su tropa de memoria al inmortal Neruda. Los nueve tomos de sus obras completas editadas en La Habana, así como la publicación de la antología de sus escritos bajo el sello de la Editorial Imagen en México, con prólogo de Roberto Fernández Retamar, muestran su temple y humanidad rebosante. Su estilo mordaz e irreverente.
Descreo de los que con facilidad cantan un réquiem a ciertas formas de luchas, dándolas por desaparecidas. La Revolución Sandinista en 1979 constituyó un duro revés a la sentencia de Engels, demostró que las barricadas no eran una forma de combate superada. Se debe tener cuidado al afirmar que lo pasado ya no podrá ser jamás. Testimonios históricos ratifican que nada de lo humano desaparece para siempre. El fervor y entusiasmo que concita el Che, los cumplidos y la manera en que es apropiado por los jóvenes del mundo, expresan con ironía a sus detractores, que lejos de haber muerto sigue vivo; cabalgando, desborda el tiempo y los espacios. En la carta de despedida a sus padres, con la adarga al brazo, evoca al Quijote en los versos de Darío, esa inmensa figura con la que se identificaba y es identificado en el presente. Su desprendimiento e hidalguía resumen su vida. Mientras los espantapájaros se empeñan por convertir al Che en un revolucionario obsoleto, la respuesta multitudinaria ha sido la de realzar sus grandes atributos, mostrar su lozanía y contemporaneidad.
El genio y figura del Che se han convertido en un referente para todos los tiempos. Tuvo la dicha de autodefinirse, para que en el momento del juicio severo de la historia se contrastaran sus acciones con su manera de concebir el mundo. A eso se debió su respuesta a quienes le llamaban aventurero, diciéndoles que era uno“de aquellos que exponen su pellejo para mostrar mis verdades”. En la armonía de sus palabras con la realización de sus sueños, radica el prodigio de su grandeza, una figura que se hizo carne, verbo y habitó entre nosotros. Practicaba lo que predicaba. Las juventudes del mundo encontraron en su épica un modelo a imitar, aun así diga Agnes Heller, esa santa de mi devoción, que uno de los errores más comunes ha sido querer parecerse al Che. Un modelo demasiado encumbrado, difícil de igualar y mucho menos de sobrepasar.
En una etapa histórica en que la lucha armada era el denominador común de las guerras de liberación, en plena explosión de los procesos de descolonización en Asia, África y América Latina, a los revolucionarios no les quedó otra salida que empuñar el fusil. En esa encrucijada el Che constató en Guatemala que los intereses geopolíticos y geoeconómicos lanzaban a Estados Unidos a invadir militarmente ese país, para tumbar al presidente Jacobo Arbenz; desde entonces quedó persuadido que la única salida para los pueblos era el enfrentamiento armado. Cerrado el espacio para la convivencia democrática, lo comprobado era la imposición y el sojuzgamiento de los pueblos. La invitación de Raúl Castro en México de sumarse a la guerra de liberación en Cuba, le pareció inevitable. El llamado llegó cuando estaba persuadido que la guerra irregular era la única forma de encarar a las dictaduras prohijadas por Estados Unidos.
Contrarió los designios. El niño asmático declarado en Argentina como no apto para la vida militar, se convertiría después en un guerrillero y estratega militar aventajado. El joven estudiante de medicina, que sacó su carrera en tres años de estudio, recorrió en moto junto con Alberto Granados parte de Sudamérica, inflamando su alma ante la estulticia de los opresores y la pobreza redundante. El desembarco del Granma en Cuba, el 2 de diciembre de 1956, constituye el despegue de su carrera revolucionaria. El médico de la tropa después de sobrevivir –eran doce con él- a la arremetida de las fuerzas batistianas, cambió la jeringa y el estetoscopio por las balas, convirtiéndose en una leyenda, junto a Fidel, Camilo y Raúl. Cuando pidió a Fidel qué grado ponía bajo su rúbrica en un parte de guerra, éste le dijo, “ponle comandante”.
En su heroísmo y desprendimiento están las claves para entender por qué el Che es una figura mundial en pleno siglo XXI. La desesperanza surgida ante la falta de consecuencia de algunos líderes revolucionarios, eleva su ejemplo. Sus modestos aportes a las luchas de liberación en África, ratifican su compromiso internacionalista. Al reclutar campesinos para que se sumaran a la lucha guerrillera en las estribaciones de la Sierra Maestra, su ejemplo persuadía. Primero cortaba caña junto a ellos y después les invitaba a formar parte en la lucha emancipadora. Dando convencía. Era su forma de invitar al combate.
Con la misma determinación con que empuñó las armas, asumió su papel de dirigente revolucionario. En la nueva etapa abrió un rico filón de discusión económica. Sacudió la modorra y planteó su tesis acerca del sistema presupuestario de financiamiento como eje rector de la economía cubana. Sus planteamientos encontraron eco entre las distintas corrientes del pensamiento marxista. El debate suscitado en Cuba al confrontar las leyes del mercado tuvo un impacto rejuvenecedor. En la discusión se enrolaron Charles Betleheim y Ernest Mandel. Nada de atenerse a los viejos dogmas esclerotizados. Su posición frente al mundo fue aplaudida por Paul Zweezy y Paul Baran. Para mostrar su afecto dedicaron su libro Al Che. El capital monopolista sería el aporte de Zweezy y Baran, para desencajar los goznes del capitalismo en los nuevos derroteros.
Dos de sus textos más leídos, su Manual de la guerra de guerrillas y Pasajes de la vida revolucionaria. El primero enseña las mil y una manera para librar exitosamente la guerra de guerrillas y en el segundo relata sus vivencias revolucionarias. El Che siempre tuvo la costumbre de llevar un diario en el que anotaba sus experiencias, su relación con sus compañeros, sus afanes y tropiezos. Haydée Santamaría quiso retribuir sus derechos de autor y la respuesta del Che estuvo a la altura de su temple: la cultura es patrimonio universal y no tenía por qué recibir ninguna paga. Siempre descreyó del socialismo soviético. Su primer viaje por Asia lo llevó a conocer la experiencia maoísta. En China, al proceder a firmar un acuerdo con Chou En Lai, Ministro de Relaciones Exteriores, discrepó de los términos de su contenido. Insistió en que se pusiera que la ayuda recibida no era desinteresada, como afirmaban los chinos. El Che pidió que se dijera que lo recibido era para la construcción del socialismo en Cuba. Su postura recuerda que entre países no se otorgan favores sin esperar algo a cambio. Toda ayuda brindada o recibida es en función de determinados intereses. ¡Así debe entenderse! Nadie podría convencerme hoy de lo contrario.
El Diario del Che en Bolivia muestra su carácter, su perseverancia, su fidelidad hacia la verdad y el apego a sus principios. No oculta nada, anota sus reveses, sus excesos militares y sus accesos de asma. Sus delirios y miserias. Visto en la distancia, su humanismo adquiere una brillantez inusitada. Se puede discrepar de sus ideas, estar en desacuerdo con su teoría foquista, lo que ha resultado imposible ha sido rebajar su figura. El Che puso las bases para juzgar sus hazañas. Es probable que la lucha armada pueda ser descartada y que en el presente existan otras maneras de alcanzar el poder, pero enjuiciar al Che fuera de su entorno y de su época, constituye un desliz deliberado. Los ideales permanecen, son el sustrato, las formas de lucha las dictan los tiempos. Contra toda bobería alza su ejemplo, permite corroborar que el Che vive cuarenta años después, gracias a la manera en que ajustó su manera de pensar con su discurrir cotidiano. Los hechos hablan por él, acrecentando su estampa más allá de su época y sus circunstancias. En eso radica el secreto.
¿En verdad, la forma en que asumió su compromiso y la absoluta coherencia con sus ideas convierten al Che en el último romántico?