Opinión

Una bebida funeraria para las mujeres


Puedo decir: “Gracias a Dios que soy hombre en este siglo” y dejarle al silencio el resto de mi complicidad con una infamia bendecida. Pero no puedo quedarme callado. No soy de esas personas descritas por el poeta español Miguel Hernández que “gozan una muerte diaria”.
Las dos iglesias, católica y cierto liderazgo evangélico, establecieron un concordato desde el año pasado y el resultado del mismo fue el primer Estado de Sitio en el mundo contra un género de la humanidad.
Es una guerra contra el derecho de ser mujer. Una guerra donde los muertos no los ponen los que andan con sotana o Biblia bajo el brazo. Una guerra que tiene algo de Circo Romano: los diputados viendo hacia la arena para disfrutar cómo sus leoninas leyes devoran a las damas y las niñas.
Vivimos en los tiempos de la abolición de la mujer.
País en conflicto lo hemos sido. La Guerra Nacional. Las guerras intestinas. Las personales del dictador Somoza contra los patriotas. La de los 80. Ahora es la guerra contra las mujeres con todos los cañones, “divinos” y mundanos: represión, leyes, cárceles, cartas pastorales de la Conferencia Episcopal y de la Iglesia Evangélica. Nunca se retorcieron y exprimieron tanto las Sagradas Escrituras como ahora, para extraer la cicuta que no puede dar.
A diferencia de las guerras adonde los hombres marchan al frente --- soldado herido, soltado atendido--- la mujer nicaragüense va a la línea de fuego más desamparada: médico que la asista, médico encarcelado.
La abolición del aborto terapéutico es la ofensiva del Estado Parroquial contra todas las hembras de este país, incluidas las que lastimosamente se colocan contra su propio y grandioso género.
La penalización de este tipo de aborto, decretado desde la Asamblea Nacional, significa el destierro jurídico de la mujer: la suspensión de sus garantías constitucionales.
Un embarazo de alto riesgo podría causar que no sólo pierda la vida una mujer, sino que de paso destruya el núcleo familiar. ¿De qué familia se puede hablar si no está la mujer? Nicaragua es un país de madres solteras, abandonadas, esposas que se quedaron solas. La familia gira, querramos o no, alrededor de la hembra madre y a veces de la hembra hermana, de la hembra abuela, de la hembra tía.
La Constitución consigna en su artículo 70: “La familia es el núcleo fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de ésta y del Estado”. La penalización del aborto terapéutico, como regulación ordinaria, suspende una ley superior que da base a la garantía constitucional de los derechos de esta fundamental pieza de la familia: la mujer. Sin ella no hay familia.
El costo de la derogación a una legislación de más de 100 años en vigencia va por la masacre. Human Rights Watch reporta 80 mujeres muertas. Pero no debemos ver sólo estadísticas: son 80 tragedias. Y estas bajas pueden continuar en aumento, mientras no se suspenda el Estado de Sitio.

Un caso probable:
Vamos a suponer que a un “paladín” contra el aborto terapéutico enfrenta no el tema abstracto, sino una tragedia personal: su propia hija o esposa fue violentada por un tipo y sale embarazada.
Bueno, me salto las preguntas obvias. Voy a una que necesita una contestación con la misma beligerancia con que se condena a las abusadas que- a-esas- ni- las-conozco. El “paladín” ha exigido que una niña debe parir. Pero ahora, el tema abstracto y lejano es una barriga concreta y cercanísima.
Vivir no solamente es respirar. Vivir significa un techo, un hogar, una madre y un padre. Significa algo más valioso: el amor. ¿Este “paladín” estará dispuesto a ser padrastro o abuelo a la fuerza? ¿O será de los que ajochan la guerra y se quedan en el cuartel?
Primero: ¿Estará en disposición este moderno héroe medieválico a que, así como se resolvió que una mujer abusada se le exija dar a luz, hacer lo mismo en su entorno familiar?
Segundo: Si lo deja en su casa, para comenzar ¿estará dispuesto a ir a la tienda de nenes a buscar gozoso la ropita del hijastro / nietecito? ¿le dará el mismo trato que se le da al resto de sus descendientes biológicos? ¿Lo chineará y le dará su mamila?
Tercero: A aquel hijo/ nieto no buscado, sino dictado por la actual Ley, ¿le dará el cariño, el amor necesario?
Todos estos puntos son indispensables para que hablemos de “vivir”, porque no sólo se trata de respirar bajo la sombra lánguida de un semáforo. No es tampoco asunto de que la víctima “lo tenga y que después lo regale”, como si se hablara de los huevos que pone una gallina, según nos ilustró Ivone Gebara, monja brasilera.
Quienes penalizaron el aborto terapéutico le dieron a probar a las mujeres “una bebida funeraria”, como escribiera Miguel Hernández en “Viento del pueblo”.