Opinión

¿Hasta cuándo?


Siempre me acuerdo de aquella vez en Ciudad Sandino, de aquella respuesta: “No supieron decirnos”. No supieron de qué se moría. Ese niño en el ataúd infantil a hombros de unas mujeres con camisas gastadas y seguido de muchachos con machete y tatuajes no sabían por qué enterraban al pequeño. Era de ellos, primo, hijo, hermano, se lo llevaban con una aceptación del no saber que sólo resiste quien resiste el golpe más fuerte. Siempre los tengo de alguna manera en la memoria, para que no me trague la memoria el ritmo imposible de las noticias de un día que mueren al siguiente. Y los tengo que nombrar de vez en cuando para saber que están ahí, en esa memoria que quizá no sirve para nada, pero que se hace la ilusión de que los escándalos, no importa la dimensión que tengan, siguen siendo escándalos, aunque hayan sido muy grandes, o tan pequeños y grandes como un niño de ocho años, apenas metro y medio de madera le recubre. Escándalos como el no saber de qué se muere un niño.
Este jueves conocíamos el veto que el presidente Bush (arbusto en español) puso a la ley que a iniciativa del partido demócrata se proponía algo tan inaudito en EU como la atención gratuita a familias con escasos recursos. La justificación pública del presidente Bush para éste (su cuarto veto) en los últimos tiempos era que muchas familias, las cuales sí podían pagar, se aprovecharían malintencionadamente de la gratuidad de los servicios y al fin el sistema podría colapsar.
Recuerdo que riesgos similares se han afrontado en otros países que se decidieron a dar a conocer la gratuidad de los servicios de atención. En España, por ejemplo, a principios de los ochenta, cuando el primer gobierno socialista hizo un trabajo de información en los barrios urbanos más pobres sobre los servicios de salud, miles de personas comenzaron a utilizar el servicio de urgencias para cualquier problema menor, como un dolor de cabeza o de articulaciones sin mayor importancia. Pero estos problemas con el tiempo se fueron solucionando más o menos en un posterior trabajo de más información y educación.
Los demócratas se frotaron las manos con el veto de Bush, porque según su interpretación política de los hechos, esto lo hace aún más impopular, un presidente de la guerra que encima va contra los pobres, les allana el camino hacia la vuelta a la Casa Blanca (Hillary u Obama). Para ellos ya no es una cuestión social. Sabían que el presidente impondría su veto. Era una cuestión política.
Hasta el momento no he podido ver el documental de Michael Moore sobre el sistema sanitario norteamericano, pero es sabido que forma uno de los más injustos entre los países ricos. Desde hace algún tiempo, en algunos foros económicos internacionales se instauró que la atención de la salud a la población no era un derecho hasta que no se pagara, con lo que terminó convirtiéndose en un lujo. Las políticas del Banco Mundial desde hace años en África, por ejemplo, llegaron con la pobrísima idea de que para educar en la sostenibilidad de los sistemas de salud había que instaurar un pago simbólico por recibir atención médica, aún en regiones extremadamente pobres de ese continente, instaurando así un “user fees” o impuesto de usuarios. Desde los sillones de las mesas en las que se reúnen los señores del escándalo, el pago simbólico es una especie de lección para “que esos aprendan que la salud no es gratis”. Pero en las comunidades a las que querían aleccionar, el pago simbólico era más que simbólico, y aún tratándose de un cantidad muy baja, significaba una deuda imposible para muchísima gente que termina sin ir porque no podía pagar, y a veces aún pagando no le servía de nada.
La idea de la sostenibilidad de la atención en Estados Unidos para dar cobertura de salud a los más pobres, pasaba por subir los impuestos al tabaco. Una idea muy europea, creo, ésta de cobrar a productos supuestamente nocivos para la salud y financiar así la salud, en una especie de “otra lección” para no se sabe quién. Nadie cuestiona los métodos de la ley.
Ese mismo día que conocimos la noticia, en los medios europeos y algunos norteamericanos, Bush aparecía como un hombre sin corazón que no cede la salud gratuita ni a los niños más pobres. Y sin embargo, en los medios centroamericanos, aparecían titulares que se podían traducir como “Bush nos ha salvado” con ese veto impuesto a la iniciativa demócrata. La traducción centroamericana del hecho decía que el impuesto que se iba a imponer sobre el tabaco para sostener la atención sanitaria en EU, forzaba a que muchas empresas del sector en Centroamérica quebrarían y, por supuesto, los empresarios no tendrían más que despedir a cientos, miles de trabajadores con el consiguiente deterioro económico y social. Nadie cuestiona las soluciones empresariales.
Enoja pensar que en estas traducciones se aceptan sin más soluciones impuestas, como verdades ex cátedra. Es esa forma de aceptar que no haya otra manera de hacer sostenible la atención en salud para los niños más pobres de EU, muchos de ellos hijos de nuestras familias emigrantes, que pasando por impuestos que se traducen en despidos. Es como si ya no hubiera imaginación para encontrar otra salida.
En Nicaragua, mientras el presidente hablaba en la ONU en contra de los Tratados de Libre Comercio, enviaba a la Asamblea su propuesta de adaptar la ley nicaragüense de patentes al Cafta (tratado de libre comercio con EU) donde precisamente se nos cierra la puerta de manera clara a la posibilidad de contar masivamente con medicamentos más baratos. Tras eso, no queda nada. Aún no sabemos cómo el gobierno podrá sostener la atención y la dispensa de medicamentos gratuita para la población; aún no sabemos cómo los pacientes de enfermedades crónicas o mortales si no tienen a mano su medicación se les garantizará su derecho; aún no sabemos cómo se podría reducir el altísimo índice de muerte materna. La cooperación y las brigadas médicas son un paliativo de corazón, pero que no suponen una idea de solución de largo plazo. La venta de los misiles SAM-7 no parece tampoco que sea la mejor traducción para hacer de esto una solución seria, máxime cuando los términos de conversación que comenzaron el otro día eran de intercambio militar aparentemente.
Y al final siempre lo mismo, la salud y la educación en el mismo peligro. Donde no se concede el derecho, pudiendo haber gratuidad, se les corta a los más pobres una de sus pocas esperanzas; y donde se concede el derecho, habiendo menos posibilidades económicas, no se dice claramente, aún no se da a conocer un plan que al menos tranquilice y de credibilidad a los gestos. Mientras no se tome verdaderamente en serio que la falta de salud real y de educación real (quiero decir cualitativamente real) gratuita es un auténtico escándalo con el rostro de un crimen contra la humanidad; mientras se siga considerando que son necesarios actos de caridad para paliar esa falta de atención; no habrá forma de encontrar soluciones serias y dignas para este problema de medicamentos que no llegan o de medicamentos que se dejan vencer.
De momento, será la solidaridad, el préstamo de medicamentos, las brigadas, la ternura, acompañar el dolor. ¿Pero hasta cuándo? ¿Hasta cuándo este morir, como dijo alguien, sin tener derecho a saber ni siquiera de qué se muere? Hasta cuándo caminaremos detrás de aquel niño de Ciudad Sandino.

franciscosancho@hotmail.com