Opinión

Parlamentarismo versus presidencialismo


“Todo tiempo nuevo es mejor”, decía el pensador, político, escritor y revolucionario cubano José Martí. Frase que es retomable para sopesar la conveniencia o no de adoptar un sistema Parlamentario o mejorar el sistema Presidencialista, como propugnan ciertos políticos aparentemente huérfanos de partidos “Nicaragua ni ningún otro país de América Latina tiene las madurez política para regirse por un sistema parlamentario”, señala uno de estos analistas, mientras otro en consonancia con esos planteamientos asegura que para implementar este nuevo sistema político “deben existir condiciones jurídicas estables, partidos políticos estables y una clase media fuerte”…
¡Cuanta sabiduría derramada! si de condiciones se tratara, Anastasio Somoza aún estuviera en el Poder, pues las tendencias del sandinismo: proletaria y guerra popular prolongada, a diferencia de los terceristas, consideraban unos meses antes de la derrota del somocismo que las condiciones objetivas y sujetivas no estaban dadas; técnico materiales diría Carlos Marx, sin embargo, la corriente de los tercerista demostró lo contrario con su tesis insurreccional.
Y es que si no le damos la espalda al pasado interpretaremos mejor el presente, es decir que debemos analizar nuestra historia presidencialista, incluyendo la figura de los Directores Supremos (1823-54) como los antecedentes de esta figura jurídica que desde su inicio se ha caracterizado por ambiciones reeleccionistas e intereses personales o de pequeños grupos oligárquicos, como el pacto de 1856, que si bien facilitó la derrota del invasor William Walker (ex Presidente de Nicaragua), sirvió también para la distribución de los puestos claves de la administración pública con la permanencia de los Conservadores en la Presidencia desde 1858 hasta 1892, ya que en 1893 un nuevo levantamiento en armas encabezado por el General Zelaya dio origen a una Junta de Gobierno, la que convocó una Asamblea Nacional Constituyente, procediendo a nombrar a Zelaya Presidente de Nicaragua el 15 de septiembre de 1893, reeligiéndose éste hasta 1909, año en que fue expulsado del Poder por el Gobierno estadounidense en colusión con los Conservadores.
Nuestra fatídica historia presidencialista nos llevó a la Guerra Civil de 1912, al Lomazo de 1925, a la Guerra Constitucionalista y a la Guerra por el Decoro Nacional encabezada por el General de Hombres Libres, Agusto C. Sandino. Culminando este período con el asesinato del General Sandino, dando origen al régimen oprobioso del somocismo (1936-79) y de aquí a la Revolución con su contrarrevolución-guerra de agresión imperialista, por lo que la figura del Presidente en la persona de Daniel Ortega ostentaba excesivos Poderes Constitucionales.
Pero ya en 1990 se experimenta, con el Gobierno de la ex Presidenta Violeta Chamorro, una especie de Primer Ministro, el hombre de la caja negra. Don Antonio Lacayo, quien en términos generales funcionó más o menos bien, ya que la Presidencia era más protocolaria que otra cosa. Sin embargo, la situación cambió con los dos Presidentes posteriores (Alemán y Bolaños), que bajo la figura de un fuerte liderazgo y la discrecionalidad se caracterizaron por ser gobernantes involucrados en actos de corrupción.
En resumen, los 184 años arriba reseñados han desvastado nuestra nación, al extremo de que hoy nos disputamos con Haití el primer lugar en pobreza y desempleo, nuestros valores cívicos y morales cada día se deterioran más como producto del presidencialismo, entendido éste como la deformación o desnaturalización del sistema presidencial, porque una de sus características ha sido la concentración de poderes en detrimento de los otros poderes del Estado, degenerando en regímenes dictatoriales o en su caso corruptos.
Para frenar este mal proceder se requiere de una Asamblea fuerte que ejerza una influencia directa sobre la composición del gobierno, por tanto, debemos evolucionar hacia un sistema parlamentario, ya que nosotros no tendríamos las dificultades que planteó en su momento la monarquía absoluta de la Europa de antaño; por el contrario, hay voluntad manifiesta por gobierno de turno, dizque según sus detractores, en función de un nuevo repacto, pero eso se solventa en las urnas electorales.
Se trata, pues, de una buena oportunidad, “Indudablemente, un sistema parlamentario que funcione bien favorece condiciones de un ejercicio democrático mayor ”. Precisamente esto último es lo que nos debe interesar, por tanto, la reforma constitucional o constituyente debe contemplar elecciones uninominales para ser electos Diputados, así como la reducción del número de Parlamentarios.

*Sociólogo.