Opinión

El mejor hombre en el bus


Irónicamente, el mejor dormir es el que no puedes gozar. Porque el sueño diurno es como el pecado carnal: cuanto más dura, mayor es el deseo que se siente por él; pero la sensación que se tiene no es de felicidad, sino una mezcla de hartazgo y de insatisfacción, haces el esfuerzo de levantarte, cinco minutos más, qué ingenuo, cinco minutos es un pestañear cuando el sueño es pesado.
Finalmente te adaptas al letargo obligatorio y comienzas, como un robot, tu rutina de todos los días. Te pones la ropa que nunca usarías los fines de semana, esa ropa que te esclaviza al sistema, y para hacerlo oficial te cuelgas tu carné que te identifica como propiedad única del empleador que te tocó en tu azarosa búsqueda de empleo, haces un recuento rápido de lo que hiciste y dejaste pendiente en la oficina, lo que hiciste la semana pasada y el mes pasado, y seguramente lo que seguirás haciendo los próximos días.
Te paras frente al espejo con el cepillo de dientes de cerdas todas alborotadas, ves un rostro lleno de tribulaciones, con unas arrugas que no habías visto anteriormente y finalmente te das cuenta de que la rutina te está matando.
Sales de tu casa luego de despedirte de tu familia. Te das cuenta de que las tribulaciones existenciales apenas comienzan, llegas a la parada de buses donde comienzan a agruparse las demás personas que al igual que vos se dirigen a su lugar de trabajo, pero algo ilumina tu camino, mañana es día de pago, todo lo malo que puedas soportar ha valido la pena, tu sacrificio será recompensado --qué cruel es la realidad, el pago finalmente no es tan remunerante, debes más de lo que ganas; el DVD, el TV y los accesorios de la computadora te reducen el sueldo a la mínima expresión.
Por cada persona que llega a la parada y el bus que no pasa, te plasma una idea de qué tan convulsionado va ha ir la chatarra que te llevará seguro a tu centro de explotación, en ese ir y venir del pensamiento ves a las cuadras de distancia el bus que se ladea de tanto peso que acumula, en las puertas observas cómo se detiene y empieza a vomitar gente por un lado y a tragar por el otro.
Luchas por ser engullido, luchas con otras carnes que se aglomeran en las paredes de la chatarra metálica, te escurres entre los demás en todo el trayecto y en lo que estás luchando por mantener la brújula mientras el chofer da un giro brusco, como si de bultos se tratara su carga, un asiento queda libre ves que una señora también lo ha visto ¡ah no! Jodido esta es tierra de nadie y aquí los caballeros no existen más.
Logras sentarte mientras la señora te observa con mirada indignante, pero claro, nada resulta tan bien como quisieras y el bus se sigue llenando no solo de personas sino también de cachivaches, la ira nubla tu visión y para colmos el busero se toma una larga parada pues le ha sobrado el tiempo que a los pasajeros les falta. ¡Vámonos hombre!- se escuchan los gritos de los pasajeros desesperados por llegar a tiempo a sus trabajos y el busero se encapricha y se hace de la vista gorda -–la vida es una mierda- – piensas y ocurre algo asombroso, empiezas a calmarte mientras ves a través de la venta rota del bus. Es un vende agua sudando a tan tempranas horas de la mañana deambulando de bus en bus como un colibrí de flor en flor, te relajas, te serenas, como si la peor suerte de alguien más te apaciguara la tuya.
Seguramente cuando vuelvas de tu trabajo este vende agua habrá caminado tanto de un lada para otro como vos nunca lo has hecho, el sol se le habrá apagado en la cabeza o tal vez un chaparrón de agua lo habrá bautizado después de un medio día caluroso. Con esa serenidad recién adoptada observas a los demás pasajeros que aglomeran la chatarra junto contigo; una mujer joven carga a un bebé mientras otros se aferran a su falda gastada, una señora con bolsas pesadas cargadas en sus antebrazos hace maromas agarrándose con fuerza del tubo del bus, que apenas logra alcanzar, un viejo con camisa casi transparente de tanto uso, con barba de semanas y colores canos se apachurra junto con los demás y si ves a lo largo observarás un tendedero de manos y caras tristes y amargadas.
La claridad mental es la paz interior, tus tribulaciones son vanas ante los ojos de los otros, pero son tus tribulaciones y te afectan, no es la experiencia del día de hoy lo que vuelve locos a los hombres, es el remordimiento por algo que sucedió ayer y el miedo a lo que nos pueda traer el mañana. Es irónico que observando a los demás te des cuenta que hay cosas peores, que después de todo tu vida no está tan mal, tienes la oportunidad de detenerte y pensar.
Algo que aparentemente no todos hacen, sos la suma total de tus elecciones, por eso sos el mejor hombre en ese bus.