Opinión

La creación del Sputnik


El 4 de octubre de 1957, mi padre, Nikita Khrushchev, esperaba una llamada de teléfono. Se esperaba que el jefe de diseño Sergei Korolev llamara desde la pista del lanzamiento de Tyuratam (más adelante rebautizada Cosmódromo Baikonur), en Kazajstán, para informar sobre el lanzamiento del primer satélite del mundo fabricado por el hombre.
Aquel día, horas antes, mi padre estaba en Kiev (Ucrania) por asuntos militares. Asistió a unas maniobras de tanques que cruzaban el río Dniéper, después habló con generales soviéticos sobre el destino del ministro de Defensa, mariscal Georgy Zhukov. (Se sospechaba que este último estaba conspirando para hacerse con el poder y antes de obligar a dimitir a un general condecorado de la Segunda Guerra Mundial, mi padre y sus colegas se aseguraron del apoyo de otros altos generales, los cuales asintieron al plan de Khrushchev.)
Aquella noche, mi padre cenó con los dirigentes ucranianos. Yo estaba sentado en un extremo de la mesa, sin prestar atención a su conversación. Todo el mundo estaba cansado, pero mi padre no tenía prisa por irse a dormir. Hacia medianoche, se abrió la puerta y el secretario pidió a mi padre que atendiera una llamada de teléfono. Khrushchev regresó sonriendo: el lanzamiento del Sputnik había sido un éxito.
Los ingenieros soviéticos comenzaron a diseñar el Sputnik en enero de 1956. El plan consistía en lanzarlo con el R-7, un cohete balístico intercontinental en proceso de creación desde 1954, pero el resto del mundo no prestó atención a los vagos pronunciamientos sobre un posible lanzamiento que habían ido apareciendo en la prensa soviética; todo el mundo fuera de la Unión Soviética sabía que los Estados Unidos lanzarían el primer satélite del mundo.
Los científicos soviéticos estaban convencidos de que los americanos mantendrían sus planes en secreto hasta que hubieran logrado lanzar un satélite, por lo que todo nuestro empeño fue encaminado a vencer a los americanos con el lanzamiento. En agosto y septiembre, se lanzaron dos veces cohetes R-7 con éxito. Los trabajos continuaron día y noche.
El lanzamiento del Sputnik apareció en la portada de Pravda, pero con poco relieve. La crónica ocupaba el mismo espacio que un informe sobre la visita de Zhukov a Yugoslavia y estaba situada en un lugar de la página menos relevante. No había grandes titulares ni comentarios entusiastas.
La razón era sencilla. Mi padre y todo el pueblo soviético pensaban que el éxito del Sputnik era natural, que, paso a paso, estábamos adelantándonos a los americanos. Al fin y al cabo, nosotros --y no los americanos-- habíamos inaugurado la primera central nuclear del mundo. El MIG soviético logró éxitos sin precedentes en el decenio de 1950 y el Tu-104 soviético era el avión de pasajeros más eficiente de su clase. Así, pues, el Sputnik no nos asombró.
Tampoco la prensa comunicó el nombre de Korolev. El KGB sabía que, en realidad, no era necesario mantener en secreto su nombre, pero, como me dijo el jefe del KGB, Ivan Serov, los recursos del enemigo eran limitados, por lo que sería mejor que malgastaran esfuerzos intentando descubrir secretos “no secretos”.
Pero el mundo se moría por conocer su identidad. El Comité del Premio Nobel decidió conceder un premio al “jefe de diseño” del Sputnik, pero antes necesitaba conocer el nombre de esa persona. El Comité se lo solicitó al gobierno soviético.
Mi padre sopesó la respuesta cuidadosamente. Era un asunto complicado y lo que le preocupaba no era la confidencialidad. El Consejo de Jefes de Diseño era el encargado de todos los proyectos espaciales. Korolev era el jefe del Consejo, pero los demás jefes de diseño --más de una docena-- se consideraban no menos importantes.
Mi padre comprendió que los jefes de diseño eran personas ambiciosas y celosas. Si el Comité del Premio Nobel concedía el premio sólo a Korolev, pensó mi padre, los demás miembros se enfurecerían. Se negarían a trabajar con Korolev. Un equipo bien organizado se desplomaría como un castillo de naipes y las esperanzas para las futuras investigaciones espaciales y el diseño de cohetes quedarían hechas añicos, lo que amenazaría la seguridad del país. Tal como lo veía mi padre, se podía ordenar a científicos e ingenieros que trabajaran juntos, pero no se podía forzarlos a crear algo.
Al final, mi padre dijo al Comité del Nobel que todo el pueblo soviético se había distinguido en la labor del Sputnik y que todo él merecía el premio. Korolev se sintió ofendido, pero guardó silencio. Otra persona recibió el Premio Nobel.
Pero, pese a los esfuerzos hechos por mi padre, los otros diseñadores se mostraron cada vez más descontentos con que Korolev recibiera toda la publicidad, aun anónimamente. En su mundo “secreto”, no era ningún secreto quién se ocultaba bajo el título de “jefe de diseño”.
El primero en rebelarse fue el diseñador de motores Valentin Glushko, cuyo motor de propulsión líquida RD-170 se utiliza en los cohetes rusos y en algunos americanos. Durante una reunión del consejo, Glushko dijo: “Mis motores podrían enviar al espacio cualquier pieza de metal”. Korolev se sintió ofendido; su cohete no era una simple pieza de metal y, después de su éxito con el Sputnik, dejó de considerar a Glushko como a un igual. Se acalló la disputa, pero el resentimiento persistió. Glushko no tardó en ofrecer sus servicios a otros diseñadores soviéticos de cohetes, Mijail Yangel y Vladimir Chelomei, los rivales de Korolev.
Ni siquiera mi padre pudo hacer la paz entre ellos. Técnicamente, Glushko, por orden del gobierno, siguió diseñando motores para Korolev, pero no fue un buen trabajo. De modo que, pese al triunfo inicial del Sputnik, un decenio después los soviéticos perdieron la carrera a la luna ante los americanos.

Sergei N. Khrushchev, hijo del Primer Ministro soviético Nikita Khushchev, es actualmente profesor en la Universidad Brown.
Copyright: Project Syndicate, 2007.
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