Opinión

La reencarnación de Alejandro Magno


Todo el país seguía lamentando el fallecimiento del inolvidable Pancho Bravo el jueves 20 de septiembre. En Masatepe, reunidos en “Extremadura”, los caminantes, profundamente apesarados por la partida del amigo, comentaban el artículo de “Chagütillo”, quien a sus 91 años y con su peculiar sentido del humor, no solo recordó con verdadero afecto a Panchito, sino que se colocó en el círculo de espera. En Managua, Sherlock y Watson decían que personas así debieran de reencarnar en miles, para que el mundo fuera bueno y socialista. “En cambio -decía Sherlock- viene Edwin Castro y lanza la piedra de que el Caudillo ya no quiere ser presidente, sino que primer ministro”. Watson opinó: “Y eso sin dejar de ser rey, pues no olvidemos que vivimos en el Reino Socialista de Nicaragua. Pero lo bueno de lo que dijo Edwin Castro, es que por casualidad fue sincero cuando afirmó que los primeros ministros no tienen periodos, y así reveló las verdaderas intenciones que están tras el cambio de un régimen presidencialista por uno parlamentarista”. Sherlock retomó la palabra: “El chiste estuvo cuando también dijo que el Primer Ministro estaría bajo la mira permanente de la Asamblea Nacional, la que si no cumple podría destituirlo. Buen chiste, sobre todo cuando sabemos que la tal Asamblea está en la mira del pacto entre los dos caudillos”.
“Entonces -dijo Watson- tiene mucho de verdad eso de que lo de Primer Ministro es tan solo una figura, y que el Caudillo, ya sea como presidente ahora, o como Primer Ministro mañana, siempre seguirá siendo el rey”. Sherlock, con orgullo por las sabias palabras de su pupilo, exclamó: “¡Elemental, mi querido Watson!. Todo es como cambiar de traje. Viene el Caudillo y decide cambiarse el traje de Presidente por el de Primer Ministro, con la ventaja de que, como dijo Edwin Castro, no tiene periodo que limite su gobierno. Eso es lo que llaman cambiar una figura por otra. Es más, no nos extrañe que transcurridos algunos años, y en consideración a que el Caudillo por la intersección del Cardenal Obando goza del favor divino, al igual que ocurrió con Francisco Franco, los Consejos del Poder Ciudadano digan que Daniel Ortega es Caudillo de Nicaragua por la gracia de Dios”.
Los perros que desde la semana pasada seguían en sus cortas caminatas a Sherlock y Watson, sobre todo interesados en el tema de la reencarnación, les pidieron hacer un alto en el camino y su General, flaco y desgarbado, con aspecto de haber participado en más de mil batallas, cuando todos estuvieron bien acomodados sobre sus respectivos traseros, comenzó su extraordinaria e increíble historia: Nosotros sí creemos en la reencarnación, nos guste o no. Estos que me acompañan, unos fueron valientes soldados atenienses, otros persas y otros legionarios romanos. Yo fui Alejandro Magno, Rey de Babilonia, hijo de Filipo y Olimpia, educado por Aristóteles, y aunque nunca he cruzado la laguna de Tiscapa, me fragüé en la batalla de Queronea, y fui el Gran General Macedonio considerado el más grande de los guerreros de la antigüedad; colonicé medio mundo; derroté a los persas que era como derrotar a los imperialistas de hoy; arrasé las ciudades griegas que se me sublevaron; junto al río Gránico derroté a Darío III; Egipto me consagró como hijo de Amón; fundé Alejandría; luché contra la corrupción en mi reinado, no permitiendo Cortes Celestiales, Secretarías o Consejos del Poder Ciudadano; y mucho menos discordias y codicias como las que aquí se generan en Tola. Asia y Africa me deben la cultura helénica; y el Oráculo de Delfos me previno sobre mi muerte”.
Todos estaban extasiados con la narración y el General, con un garbo de quien estuvo acostumbrado a tener mando, continuó: “Ni mi propia muerte, por lo tanto, fue para mí un secreto, y habiendo nacido en Pella en el 356 antes de Cristo, morí a la edad de éste y de Joaquín Pasos, con tan solo 33 años. Mi cadáver se perdió en una historia de mitos y leyendas que me ubican en Ege, Babilonia, Menfis, Alejandría y Siwa. La verdad es que me conservaron sumergido en miel, y que Tolomeo, mi gran amigo, se apoderó de mi sarcófago para que no continuaran disputándose mi cadáver, pues la fama y el aprecio de mis contemporáneos ni muerto me querían dar descanso. Hoy, reencarnado, soy así, y ni los Napoleones ni los Séptimos Severos ni los Humberto Ortega, me vuelven a ver. Muerto y con paradero desconocido fui siempre El Grande, pero reencarnado, solo un perro inútil y triste, que sin embargo sabe reconfortarse con los recuerdos de las enseñanzas de Aristóteles, quien misteriosamente advertía que reelegirse es como reencarnarse”.

Jueves, 4 de octubre del 2007.