Opinión

Padres de familia


El abuso sexual en niños/as es una realidad grandemente propagada de carácter mundial que dificultosamente es posible categorizar ya que su progreso acarrea agentes virtuales que implican distintas problemáticas sociales, tales como la delincuencia, la drogadicción, la violencia intrafamiliar, por mencionar algunas. Olvidemos que el abuso sexual de niños/as es un hecho exclusivo de los estratos pobres, la realidad es que los estratos económicamente más favorecidos también son víctimas de esta problemática que deja consecuencias en contestación al abuso, las cuales parten desde lo positivo hasta lo perjudicial.
Es posible diferenciar consecuencias a breve y prolongado término. A largo término los abusos sexuales establecen un aspecto revelador de perturbaciones disociativas de la personalidad, tales como conductas criminales, toxicomanías, alcoholismo, además de serias dificultades en el ajuste sexual, puesto que las víctimas presentan rechazo a su cuerpo y experimentan sentimientos de fealdad; indicadores estos de una baja autoestima. Las consecuencias difieren si el abusador es un miembro de la familia, un extraño u otro niño; siempre que éste sea mayor que el niño/a o esté en una posición de poder o control ante la víctima, asimismo es distinto si el abuso ha sido agresivo o no.
Los abusos cometidos por parte de familiares son más traumáticos, ya que para el niño/a conjeturan una amplia gama de sentimientos incompatibles con la confidencia, el amparo y el afecto que esperan y aprecian con respecto a cada miembro de su familia. Producto de este tipo de delitos los niños/as víctimas de abuso sexual corren el peligro de transformarse muchas veces en potenciales abusadores sexuales, que conjuntamente presentan comportamientos hipersexualizados, tales como curiosidad excesiva por los contenidos sexuales, conductas seductivas, así como masturbación compulsiva, etc. Cuando las víctimas son niñas comúnmente presentan depresión y ansiedad. En el caso de los niños suele suceder que se rebelen y muestren un comportamiento violento, o bien se transfiguren en abusadores de otros niños. Estadísticamente la mayoría de los abusos sexuales son perpetrados de hombre a mujer y la mayoría de las mujeres no son abusadoras sexuales.
No todos los niños/as presentan el mismo nivel de afectación, para ciertas víctimas el abuso sexual puede representar un trauma y para otras las secuelas pueden ser distintas. El trauma es producto de un suceso que la víctima no comprende, y que lo vive como una situación dolorosa e imposible de ser superada. El trauma en el contexto de abuso sexual trastorna el progreso cognoscitivo y emocional de la víctima, deformando su autoconcepto, el enfoque y percepción del mundo, así como sus destrezas afectuosas, expresivas, cariñosas, etc. Una vez cometido el delito, asoma lo que clínicamente se conoce como “trastorno de estrés postraumático”, éste se presenta como una secuela de un hecho lamentable, que en ciertas víctimas se torna silencioso y en otras crea cambios de comportamiento significativos. Los síntomas más habituales del trauma son: depresión, insomnio, recuerdos y sueños repetitivos del abuso sexual.
Los niños/as víctimas de abuso sexual constantemente manifiestan desconcierto, congoja, irritabilidad, angustia, miedo, incapacidad, culpa y auto reproche, vergüenza, estigmatización, dificultad para socializar así como aislamiento social, retraimiento, desconfianza a veces hacia personas del sexo del abusador, poca estima, impulsividad, alteraciones del sueño o de la alimentación, problemas escolares, abandono del hogar, depresión, fragilidad, comportamiento autodestructivo y a veces llegan a presentar conductas suicidas, etc. Estos síntomas acostumbran mostrarse por muchos meses o años, inclusive pueden afectar a la víctima durante toda su vida.
Habitualmente los menores que padecen abuso sexual acaban exteriorizándolo de cierta forma, usualmente de modo disimulado. Los cambios violentos en su comportamiento son trabajosos de argumentar, consiguen expresarse como señales significativas a tomar en cuenta, para lo que se hace esencial generar un ambiente de comunicación y confianza en el núcleo familiar. No seamos insensibles ante el sufrimiento de estos niños/as, no dejemos de lado este fenómeno social, ya que las víctimas de abuso sexual el día de mañana pueden ser nuestros propios hijos/as; la apatía nos convierte en coautores, batallemos unidos/as a fin de cultivar una niñez saludable. Para ello es preciso que como sociedad nos armemos para afrontar este flagelo que viaja como una peste, y esta cruzada no debe ser únicamente de voluntades o conciencias, sino además de acciones específicas; no obstante es inútil instituir planes de acción en pro de la erradicación del abuso sexual infantil, si como sociedad, incluyendo a los mandos correspondientes en estas acciones, continuamos pensando que los menores son actores débiles, sin credibilidad alguna para defenderse.
El delito de abuso sexual infantil seguirá en aumento si hay ausencia de denuncia porque las personas que pueden acompañar la queja de la víctima no lo hacen, si el Estado no proporciona tecnología de última generación, capacitación continua a la Policía, jueces y fiscales para fortalecer y repotenciar estos recursos; asimismo se dan casos que no prosperan con la ley si prevalece el ideal patriarcal machista del fiscal que no sabe separar sus dogmas de su rol profesional --muchas veces los abusadores sexuales se cobijan justificando que los menores los cautivaron, que los atrajeron sensual o eróticamente, lo cual veladamente a veces es tomado en cuenta--, y otras veces porque se acusa endeblemente y sencillamente el Poder Judicial decide absolver al delincuente.

licbortzf@yahoo.com