Opinión

Lost in translation

(Perdidos en la traducción)

No es lo mismo hablar sobre el papel y las tribunas de la gratuidad de la educación y del respeto a derechos laborales de los trabajadores de los colegios, que una mujer limpie en un colegio de Managua, el mismo de los escándalos de antes, que sufre el escándalo de tener dos afanadoras, que se enferman y que apenas alcanzan a llegar enteras al final de la jornada, la cual se extiende desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. Y no es lo mismo cuando el trabajo le toca a una sola y tiene que hacer viajar el lampazo por cinco pabellones en los que alborotan, caminan y corren casi tres mil alumnos por un salario de miseria, como si las afanadoras tuvieran que vivir en la miseria, como si su trabajo no fuese esencial, como si ni siquiera la salud fuese esencial.
No es lo mismo hablar y legislar sobre la violencia desde la precaria Asamblea Nacional, ni hacer campañas de reducción del abuso, que esperar un día en un juzgado a que llegue una mujer a pedirle a un juez que saque a su marido de la cárcel porque “le tiene ocho hijos” y aunque le haya pegado, le haya desbaratado hasta los mismos dientes con botas de montar en un cerro de Estelí, es él quien los mantiene, y ella sin trabajo, qué mas trabajo que ocho criaturas. ¿Para dónde agarra?
No es lo mismo hablar del “empoderamiento de los trabajadores” y de salarios mínimos conforme a la canasta básica, que preguntar en cada puerta de oficinas y negocios a los guardas de seguridad y que muchos sigan cobrando algo más de mil córdobas, a veces con costo, los cien dólares, salarios de zona franca. ¿Eso o nada? No es lo mismo.
No es lo mismo llegar y decir me atendieron gratis, pero no hay estos medicamentos que son muy caros y tengo que comprarlos, e interrumpir la medicación. No es lo mismo hablar de razones de eficacia para justificar una subejecución del presupuesto (es decir dinero que no se ha gastado en proyectos de infraestructura como si nos pudiéramos dar el lujo de derrocharlo, como si no hubiera ninguna urgencia).
No es lo mismo hablar desde el papel de la ley hacia los ciudadanos, de las obligaciones de los transportistas de regularizar sus vehículos y hacerlos pasar por pruebas exigentes mientras en las calles de Managua, donde las alcantarillas desaparecen por la noche y el asfalto destroza a dentelladas hasta los vehículos con conductores más precavidos, la Alcaldía se desentiende y no cumple su parte, pero sí multa.
No es lo mismo hablar de la siniestralidad por la imprudencia de los conductores de bus, que ir en bus y ver un chavalo correr, volar con una tarjeta que le marca el tiempo y que supone dinero perdido en las normas internas de la empresa, normas permitidas que incentivan a matar si es necesario.
No es lo mismo hablar sobre políticas de la infancia que sacar la mano por la ventanilla de un vehículo en un semáforo y ver cómo Managua en los últimos meses, dolorosamente en los últimos meses, se está llenando más y más de niños desnutridos. Y uno agarra una galleta y la voz del carro dice que comparta, y entonces viene un hermano y éste llama a otro, y así sucesivamente y no dejan de venir de los semáforos de cuatro esquinas, como si el mundo se hubiera cubierto de ellos.
No es lo mismo pasar ahí nomás por Esquipulas y encontrarse lo que antes uno sólo encontraba en los caminos de Jinotega o Matagalpa, allá en el Norte, los niños tapando los huecos y pidiendo un peso al aire, cumpliendo ese trabajo que la Alcaldía olvida y no alcanza.
No es lo mismo hablar de calendarios en la crisis energética que tener tu cyber, tu mantenedora, tu pulpería, y quedarte sin luz cinco horas de trabajo, cinco horas perdidas de venta, alumbrando con la luz del candil los alimentos que se van pudriendo. Nadie cuenta las pérdidas, nadie hace un recuento de los millones de córdobas perdidos en las horas sin luz.
No es lo mismo decidir a gritos y sin previo análisis sobre el aborto terapéutico, que entrar, que tu hija entre en un hospital, con un embarazo de alto riesgo, incluyendo el de la muerte materna, en este país con altos índices de mujeres que mueren en su intento de dar a luz. Y entonces, quién se atreve a llamarle lesbiana allí mismo a ella, que se la juega toda, o a quien la defiende. Quién se atreve a rezar su hipocresía en un micrófono mientras ella muere.
En las tertulias de radio, en la televisión, y hasta en los artículos de opinión se emplea con tanta facilidad la frase “La solución para los problemas de este país es….” la cual es imposible que hasta el mismo que las expresa o dicta se la crea. No hay ni una sola solución que pase por ser fácil ante la magnitud de estos problemas. Pero al menos, ante este panorama oscuro, uno cree que una de las peores mentiras es el lenguaje con que se habla de ellas desde las instancias ejecutivas y legislativas, con las que se quiere embadurnar la esperanza. Y uno comprende que no es fácil legislar ni tomar decisiones, pero no sé si advertirán conmigo que últimamente las leyes en Nicaragua y las decisiones políticas, con el tiempo, cada vez más, tienen un lenguaje mucho más alejado del asfalto maltrecho, de la salud maltrecha, de la educación por hacer. Hay una distancia muy grande entre decir “Arriba los pobres del mundo” y el vacío que hay entre la frase y quien la sufre. De alguna manera, entre ese lenguaje y las noches del dolor de Managua, y las noches de este país, se está llegando a necesitar una traducción porque son dos lenguajes muy distintos que ya no se entienden, como cuando hablan los nicaragüenses de la Costa y necesitamos traducción, y aún en esa traducción, seguimos estando perdidos.
A lo mejor es iluso pensar que para ejercer el gobierno, que para legislar sin necesitar la traducción entre el dolor cotidiano y la ley, puede haber mecanismos mucho más sencillos que la creación de otros grupos pseudopolíticos y de otras instancias representativas. A lo mejor es iluso sorprenderse del enorme trabajo que les cuesta a quienes una vez en los resortes del poder, se incapacitan para escuchar de forma directa un lenguaje de dolor cotidiano que hace mucho olvidaron, quizá en la amalgama de la misma tentación de poder y la corte de asesores que también se pierden en la traducción. Al menos se echa en falta un lenguaje más real para nuestra realidad.
franciscosancho@hotmail.com