Opinión

Taxis, recorrido al umbral de la muerte


Cerca de las once de la noche cayó en la buchaca la última bola de billar. Buscó en los bolsillos el dinero sobrante para negociar con algún taxista el viaje de regreso a casa. Salieron presurosos del local situado en Colonial Los Robles, a pocas cuadras hacia el sur del edificio principal de la Policía Nacional. Afuera, el destino llegaba con una de tantas partidas de final incierto. Sin prever consecuencias, minutos después iban a bordo de un taxi. Al montarse, ninguno puso atención en los detalles exteriores, lo único que les importaba era que el vehículo rodara. De pronto, la punta de un filoso cuchillo y una pistola apuntándoles disipó la credulidad de la juventud incauta, el taxi, con víctimas y victimarios, empezó el recorrido en el umbral de la muerte.
¿Saben qué es esto? Es la vida o la muerte, dijo el asaltante que doscientos metros adelante abordó el taxi, haciéndose pasar como usuario; de inmediato les propinó andanadas de golpes en la cabeza y exigió la entrega de todas las pertenencias. Empujaba la pistola contra el abdomen de la víctima. Con el brazo izquierdo le aprisionó el cuello apretándolo hasta causarle ahogos. Con la cabeza entre las piernas y sin saber para dónde iban, las víctimas escuchaban la aceleración del motor, el taxista apretaba a fondo en busca de un lugar solitario. El delincuente sentado al lado del conductor volteaba para infligir amenazas con un filoso cuchillo; yo decido a quién le doy seguridad ciudadana, decía, con ironía mordaz, hiriente y humillante. La muerte acechaba, iban por la calle norte de la nueva Catedral, continuó directo hacia la profundidad del Mercado Oriental en donde terminó el suplicio.
Los asaltantes reaccionan con más violencia cuando comprueban que la víctima no porta mucho dinero. En este caso, uno de los jóvenes indujo al cabecilla del asalto entregándole el celular, reloj, cadena, zapatos, mientras detallaba la marca y el precio de cada objeto, hasta se atrevió a sugerirles que no había razón para seguir golpeándolos. La acción tuvo algún efecto. Cuando dejaron libre al primero, uno de los asaltantes bajó con él para retirarlo cincuenta metros del carro, amenazándolo con dispararle si miraba hacia atrás. La muerte en ciernes se alejó a la 01:00 de la madrugada, estaba al norte de la avenida del Colegio Bautista. El otro corrió peor suerte, lo bajaron en la zona del “Chiquero”, el principal vertedero del Mercado Oriental, desde ahí anduvo descalzo hasta la iglesia El Redentor, cruzó entre la escoria social oculta en la sombra; con otro poco de suerte salió ileso de ese segundo episodio. La zozobra había terminado parcialmente para ellos; prosiguió para los familiares, quienes presentían algo malo por causa del inusual retraso, no contestaban los celulares; había transcurrido la hora convenida para tenerlos de regreso en sus hogares.
Una hora después el reencuentro fue dramático. Al conocerse los pormenores, sobrevino un sentimiento de impotencia, de cólera. Acudieron a una delegación policial, en donde un policía imberbe, entre bostezos y permanentes estiramientos corporales pidió a los presentes tomaran asientos, para en un instante, dijo, realizar la acta de denuncia. Aquella espera fue tortuosa, en aquel sitio alguien parodió un conocido refrán: con este tipo de policía, a la vejez y a la juventud, en Nicaragua espera el ataúd. Cuando al fin terminó la redacción de la denuncia, por una puerta lateral apareció uno de los declarantes casi grogui de cansancio, musitó algo al oído del papá, éste lo miró con cara de resignación, no te preocupes le dijo, no te preocupes por los errores puestos en el papel de la denuncia u otro cambio de palabras, los detalles aquí cuentan poco, ya saben que hoy ocurrió un asalto.
Varios amigos de las víctimas tomaron la iniciativa de indagar sobre el problema de la inseguridad ciudadana, así comenzó a crecer el número estadístico de asaltos en taxis. Preguntas aleatorias en lugares públicos revelaron un escenario calamitoso, docenas de crímenes incesantes, a toda hora del día. En escasos doce días recopilaron veintidós asaltos, sin contar otros de diferente modalidad, de los cuales el ochenta por ciento no acudió a la Policía Nacional, lo cual sugiere desánimo o desconfianza de la población afectada. Tal vez, la “inteligencia policial” no tiene brújula, porque la acción operativa sólo está concentrada para crímenes en modalidad de narco-kilo. Esa situación merece urgente respuesta. La peor parte de esa perturbadora actividad indagatoria consistió en los detalles solicitados a las víctimas, la mayoría padece secuelas sicológicas.
Un viaje en taxi puede constituir el umbral de la muerte. La pesadilla inicia y termina en cualquier sitio de Managua. Cualquiera puede ser la próxima víctima. Los sociópatas disfrutan el delito al extremo de retarnos a todos, la expresión vertida por el delincuente de esta historia no fue casual: “Yo decido a quién le doy seguridad ciudadana”. Existen algunas ventajas inobjetables de seguridad ciudadana en Nicaragua, pero, “la mejor de Centroamérica” es una verdad a medias. Debemos evitar convertirnos en otro número estadístico, por eso, cuando aborde un taxi, sea precavido, constate la matrícula, el rótulo en la puerta, pídale al amigo(a) que anote la placa; llame por teléfono al familiar dándole aviso… voy a tomar el taxi placa… no titubee, hágalo.