Opinión

El juego de la confianza


La confianza es un elemento vital de la vida, tanto para las naciones y civilizaciones como para las personas. Es el ingrediente de la esperanza. Permite que uno se proyecte hacia el futuro, para hacer realidad o incluso trascender sus posibilidades. Viene de adentro, pero puede ser reforzada o debilitada por la manera como otros nos perciben. Sin embargo, la confianza, como la presión arterial, debe equilibrarse: el problema comienza cuando se tiene mucha o muy poca. El exceso de confianza tiende a ser tan desestabilizador como su falta.
Piénsese, por ejemplo, en la presencia de Estados Unidos en Iraq. El exceso de confianza de la administración Bush en la validez de sus objetivos --democratizar el Oriente Próximo-- fue el factor tras la catástrofe que está acaeciendo allí, mucho más que los errores de implementación.
Hace poco participé en un debate con uno de los pensadores clave detrás de la decisión de “liberar” a Iraq de Saddam Hussein. Prominente neoconservador, parecía una especie de bolchevique de la democracia, debido a su inconmovible confianza en la validez de su visión.
Según él, el status quo en el Oriente Próximo era insostenible y peligroso. La democracia en Iraq no sólo llevaría paz a Jerusalén, sino que generaría un equilibrio nuevo, mejor y más seguro en todo el mundo árabe. Puesto que Estados Unidos es la más poderosa y sabia de las naciones, tiene un papel único que desempeñar, y el mundo debería unir filas tras ella para enfrentar este reto con valentía.
En otras palabras, incluso en un momento tan reciente como es principios del verano de 2007, estaba, al igual que la administración Bush, en estado de negación. Para él, las cosas estaban yendo bien en Iraq y se estaba creando un nuevo equilibrio de fuerzas, uno que beneficiaría a la mayoría chií de Iraq, pero no necesariamente a Irán. La valentía y audacia del gobierno de Estados Unidos y su ejército estaban “dando sus frutos”. No se iba a permitir que la violencia diaria ocultara las realidades estratégicas más profundas: la victoria estaba a la vuelta de la esquina y pronto el mundo lo reconocería, a pesar de toda la propaganda anti-Bush .
A un nivel así, el exceso de confianza es por lo general producto de una valoración excesiva de las capacidades propias y una apreciación insuficiente de las capacidades del adversario. Ambas son producto de una lectura ideológica del mundo, con poca conexión con la realidad. Al invadir Rusia en 1941, Hitler --como Napoleón-- demostró un exceso de confianza militar que terminó en catástrofe. Saddam mismo jugó con exceso de confianza sus cartas, convencido de que Estados Unidos no se atrevería a atacarlo.
Al mismo tiempo, la falta de confianza por parte de un país, una cultura o una civilización puede ser igual de peligrosa. La profunda convicción de que las reformas sólo pueden conducir a la revolución y al caos causa una visión simplista y deformada de la realidad que puede conducir a la inmovilidad y a la desesperanza, convirtiéndose así en una profecía autocumplida.
Por ejemplo, en Egipto, que es muy representativo de la situación política predominante en Oriente Próximo, el status quo es resultado de la misma absoluta falta de confianza de régimen en su capacidad de abrirse y reformarse. Esta misma falta de confianza está detrás de las situaciones potencialmente explosivas de Argelia, Túnez y hasta Marruecos. Puesto que su legitimidad no se basa en el apoyo de sus pueblos, estos regímenes no democráticos consideran que el riesgo de abrirse es mayor que el costo de mantener el status quo.
Por supuesto, la confianza y las dudas sobre uno mismo no son mutuamente excluyentes. Un país como Israel brilla por su confianza económica, pero está lleno de dudas en lo referente a consideraciones políticas y estratégicas.
¿Es posible insuflar un nivel correcto de confianza a los países o grupos que realmente lo necesitan? Y si el exceso de confianza es tan peligroso, ¿se puede enseñar comedimiento y modestia a quienes no lo tienen?
Por extraño que pueda parecer, puede ser más fácil ganar confianza que refrenarla. La confianza puede proceder de tres cosas: esperanza, orgullo y progreso. El éxito genera confianza y la confianza impulsa el progreso. Los chinos e indios de hoy están convencidos de que están teniendo éxito. En Occidente vemos una mezcla de respeto por sus logros y aprensión por el desafío que hoy representan, y eso los llena de orgullo.
Intentar imponer la democracia a los demás es un acto de desmesurada arrogancia. Pero la democracia es también el mejor remedio contra el exceso de confianza, porque permite que la gente de la calle decida si sus gobernantes se están comportando de manera arrogante o responsable. Sólo los mecanismos de autocorrección de los regímenes realmente democráticos pueden asegurar el equilibrio justo.
Dominique Moisi, fundador y asesor senior del Ifri (Instituto Francés de Relaciones Internacionales), actualmente es catedrático en el Colegio de Europa en Natolin, Varsovia.
Copyright: Project Syndicate, 2007.
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