Opinión

De esta y la otra vida


La semana pasada no dijimos que, por enfermedad del primero y solidaridad del segundo, Sherlock y Watson se excusaron de asistir al desayuno en la Mansión Teodolinda. Decidieron, dado el dolor en la rabadilla de Sherlock, o de su chincaca como gustaba de decir él mismo, dar un corto paseo por los alrededores. Habían salido hablando de las reencarnaciones después de opinar que al enfermo, y dado el incontrolable avance de su mal que amenazaba con dejarlo tullido, se le hacía imprescindible una consulta con el Dr. Jorge Solórzano. Quedaron de decirle al de Managua que lo llevara, a ver si esta vez estaba Jorge, y Watson, entrando en materia espiritual o espiritista dijo: “Al diablo, los racistas lo pintan negro, para otros el cielo es azul, Dios es blanco y el infierno incandescente. ¿Y si Dios fuera negro, o bien si efectivamente fuera blanco y Cristo, como el de Masatepe, le hubiera salido negro? ¿Qué se diría de la Virgen María y de San José? He pensado que el castigo en el infierno sería peor si hiciera un frío arrecho en lugar de calor. ¿Qué tal estar desnudo a cincuenta grados bajo cero o más, según la pena, y no poder morirse nunca por segunda vez? Porque digo yo que para padecer los tormentos infernales, hace falta estar vivo después de haber muerto por primera vez”.
Sherlock se interesó en el tema: “Todas esas preguntas teológicas deberíamos hacérselas al Cardenal Obando quien, aunque solo sea por afinidad, de seguro respondería que el cielo es azul desde la tierra, pero ya viviendo en él es color chicha, así como que es probable que Dios fuera negro y salesiano, con una única universidad en el paraíso, en las que los catedráticos serían los más destacados miembros de los Consejos del Poder Ciudadano, y los conserjes y CPF ex miembros de la Conferencia Episcopal de Nicaragua quienes en mala hora se negaron a pertenecer a su Consejo de Reconciliación. Si uno como simple mortal observa el cielo con un telescopio en la noche oscura, prestado por Ernesto Cardenal, podrá comprobar que no todo es un canto en el cosmos, pues más allá de las siete cabritas aparece una sombra que los astrólogos llaman Dios, ya que a su diestra está sentado el Caudillo y a su siniestra la primera dama. Esta es una versión, la otra es que al centro está sentado el Caudillo”.
A la vuelta de una esquina encontraron una manada de perros inofensivos, que intrigados por lo que hablaban Sherlock y Watson, se dedicaron a seguirlos. Parecían ir liderados por uno especialmente sucio e indudablemente revolcado en innumerables peleas callejeras, a quien llamaremos el General, y será la increíble historia de nuestra próxima semana. “Es más –retomó Watson la plática- al paso que vamos Dios, sea por ahora sombra o fulgor, pronto tan solo será un trámite divino para entrar al cielo, pues se verá reducido a aprobar las recomendaciones de los Consejos del Poder Ciudadano. Una magnífica color chicha, y todo estará arreglado para vivir cómodamente en la otra vida, por lo que es en ésta, se quedarán muriendo los idealistas, utópicos y éticos. No olvidemos que ética es ya una mala palabra estigmatizada por los grandes ideólogos del danielismo. Aquí, digamos se vivirá, como en La Chureca, y lo que es en el cielo se vivirá como en lo que serán los grandes condominios de Tola gracias a la Secretaría; como estar presos en El Chile; como tener una Terraza estilo Byron Jerez y así sucesivamente en diferentes categorías de cielo, pero todas en el cielo definitivamente. El infierno también tendrá sus categorías, según lo que decida la Corte Celestial”.
Sherlock tomó la palabra: “Pero te voy a decir una cosa, Watson, y es que yo me resisto a creer en la reencarnación. Pienso que uno, sobre todo si ha vivido a plenitud esta vida, queda muy cansado para vivir otra vez en otra, y menos reencarnándose en los impredecibles humanos. ¿Imaginate que Pluto hubiera tenido que reencarnarse en Mundo Jarquín, o Cleopatra en Doña Miriam Argüello? Sería un relajo y una historia de nunca terminar. Por ejemplo, reflexionemos en esto: ¿Podrá alguien ser la substancia de la bondad y la caridad, después de haber sido, en una vida anterior, la síntesis de la maldad? ¿La Madre Teresa de Calcuta, podría antes haber sido Hitler? ¿El Cardenal Obando, podría haber sido San Martín de Porres? Yo creo que si uno es creyente, suficiente trabajo tendrá ante Dios -que no ante el Caudillo- en responderle por una sola vida, y si no se es creyente, la decepción que le habrán producido los creyentes será tan enorme que en lo que en menos estará pensando será en reencarnar. Aun cuando es un hecho que los dictadores y caudillos sueñan en reencarnar en sí mismos por toda la eternidad”.
Jueves, 27 de septiembre del 2007.