Opinión

Hipócritas se leía arriba... lesbianas se oía desde abajo


En mis catorce años en Nicaragua trabajando en un barrio muy pobre, he sido testigo del obrar de la MUJER nicaragüense. He visto el machismo que impera en el actuar del hombre sobre la mujer; he testimoniado la lucha que la mujer lleva a cabo todos los días para salvar de la inanición y muerte a sus hijas; sigo presenciando cómo la mujer, madre y padre de sus hijos e hijas (en la mayoría de los casos) sale a asolearse al mercado para vender las tortillas que hizo, o va a lavar y planchar ropa, con la esperanza de que le paguen ese día para poder poner frijoles en la mesa.
Cuando el hombre se cansa de la lucha inútil por conseguir un trabajo digno, desaparece del hogar, dejando a la mujer la labor de criar a todos esos hijos e hijas que en su “machismo” la hizo procrear. Como dice el canto de Carlos Mejía, leona de tiempo completo es la mujer nicaragüense.
¿Y qué diremos del maltrato? ¿Y qué diremos del abuso sexual? ¿Y qué diremos de tantos niños y niñas que son enviados a perecer trabajando en la calle, convirtiéndolos en mendigos y mendigas y en materia prima para pornografía? ¿Serán vidas las de estos niños y niñas? ¿Será vida la de la madre que aun sin fuerzas sigue adelante para sobrevivir? ¿Con todos sus altos salarios y prebendas los padres de la patria no han podido a través de los años hacer una propuesta para que estos niños, niñas y jóvenes tengan una vida digna, diferente de la que tienen en la calle? Ni haber hecho una ley por la que fuera obligatorio el desayuno escolar, dado que hay en Nicaragua 500 mil niños niñas y jóvenes desnutridos.
Desde luego, sin la mujer en Nicaragua ya no existiría la patria. No es justo que la vida de una madre con varios hijos e hijas sea sacrificada porque lo dictaron 64 irracionales e ignorantes hombres y una iglesia que no precisamente va a alimentar a los huérfanos de esa madre, ni mucho menos a todos esos niños y niñas de la calle, como lo hubiera hecho Jesucristo.
Y he aquí que el letrero hipócritas es muy leve para aplicárselo a los llamados padres de la patria. Cómo se atreven a insultar a la mujer nicaragüense estos 64 padres de la patria. ¿Es que acaso el señor Navarro es ginecólogo para diagnosticar si pueden ser madres o no? ¿Es que cree el señor Torres que llamar lesbiana a una mujer es una denigración? No lo es, señores diputados. Cada una y cada uno estamos orgullosos y agradecidos con Dios por la vida, por nuestro cuerpo. Y eso incluye nuestra sexualidad individual y única. Los únicos denigrados fueron ustedes en su odio visceral a la mujer y en su patente homofobia.
Hay que agradecer la honradez y acto de compasión del señor Pallais, queriendo enunciar excepciones extremas, que fueron echados abajo sin consideración. También a algunos obispos, que al final claudicaron ante el temor de defender sus principios, Jesucristo nunca renunció a la Cruz.
Si Jesús hubiera asistido a la Asamblea Nacional hubiera dicho: “El que esté fuera de pecado que tire la primera piedra”.
Y al ver que ninguna piedra salía a la palestra, hubiera gritado: ¡Vosotros sois los fariseos del presente! Volcando las 64 mesas hubiera ordenado: “Salid de la Asamblea con vuestra falsa doctrina de respeto a la vida”.
*Ciudadana del mundo