Opinión

Una nueva visión de la educación superior


Una nueva visión de la educación superior, que es la visión para el nuevo siglo, implica cambios en el quehacer de los docentes y en su formación inicial y continua. Ellos necesitan ser formados en la perspectiva de la educación permanente y en un nuevo paradigma: el paradigma del aprendizaje, en el cual los educadores son primordialmente diseñadores de métodos y ambientes de aprendizaje que trabajan en equipo junto con los estudiantes, de suerte que en realidad devienen en co-aprendices. El educador, a la vez que forma, se está formando, y a la vez que enseña, aprende.
En la educación para el siglo XXI, como ya lo dice la “Declaración Mundial sobre la Educación para Todos” (Jomtien, 1990), lo importante son los aprendizajes realmente adquiridos por los educandos, y que éstos se traduzcan en un desarrollo genuino del individuo o de la sociedad, de suerte que adquieran conocimientos útiles, capacidad de raciocinio, competencias, destrezas, aptitudes y valores.
Si el conocimiento está llamado a jugar un rol central en el paradigma productivo de la sociedad del tercer milenio, la educación superior, por ende, jugará un papel clave para promover la capacidad de innovación y creatividad. Un adecuado equilibrio entre la formación general y la especializada será indispensable, así como el énfasis en los procesos de aprendizaje más que en los de instrucción o de enseñanza. El currículo debería comprender ciclos de formación general, de formación básica y de formación especializada. El graduado debería estar familiarizado con el trabajo en equipos interdisciplinarios, tener un buen dominio de la problemática mundial y manejar, al menos, una lengua extranjera además de su lengua nativa.
La educación superior del siglo que recién iniciamos debe sustentarse en valores como la flexibilidad curricular, la creatividad, la autonomía, la innovación, la rapidez de adaptación al cambio, el estudio permanente o aprendizaje permanente y el trabajo en equipos interdisciplinarios o transdisciplinarios.
El equilibrio entre las funciones básicas de docencia, investigación y servicio, es otro de los retos que debe enfrentar la educación superior, y que sólo se resuelve si todas las funciones contribuyen al logro de su misión educativa: formar académicos, profesionales y especialistas, dotados del saber y las destrezas adecuadas y, a la vez, contribuir al adelanto, ampliación y difusión del conocimiento. No existe un modelo estructural perfecto en sí mismo, capaz de servir de soporte ideal a todas las complejas funciones que corresponden a la universidad de nuestros días. Pero es evidente que los esquemas académicos tradicionales, basados en los elementos estructurales clásicos de las cátedras, las facultades, las escuelas, los departamentos y los institutos, están cediendo el paso a nuevos esquemas, más flexibles y susceptibles de lograr la reintegración del conocimiento, el arraigo de la interdisciplinariedad y la recuperación de la concepción integral de la universidad, frecuentemente fraccionada o atomizada en un sinnúmero de compartimientos estancos, sin nexos entre sí o sin núcleo aglutinador.
Los cambios ocurridos a escala mundial en la economía, las modificaciones introducidas en la organización empresarial y las nuevas formas de trabajo y producción obligan a los países pobres a adquirir la capacidad de participar activa y críticamente en la creación y gestión de conocimientos y tecnologías, con el fin de mejorar las condiciones en que viven sus pueblos. Esto no puede ser realizado si no se dispone de un Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología que permita llevar adelante investigaciones básicas, orientadas y aplicadas, e instrumentar un Sistema Nacional de Innovación que ponga rápidamente a disposición de la sociedad los avances de la ciencia, de las tecnologías y de todas las formas de creatividad intelectual.
Es importante promover una relación más estrecha y de mutuo beneficio entre los sectores universitarios y los sectores productivos. El tema de las relaciones universidad/sector productivo está estrechamente relacionado con el de la pertinencia de la educación superior, es decir, de su capacidad de dar respuesta a las necesidades de todos los sectores de la sociedad, entre ellos el mundo laboral o del empleo, así como a los sectores sociales más desfavorecidos. Sin duda, las instituciones de educación superior tienen que tener muy en cuenta la naturaleza cambiante del mundo del trabajo pero, en vez de preparar para determinados empleos, deben preparar para la “empleabilidad” y analizar las grandes direcciones del mundo del trabajo. La “empleabilidad” demanda, como lo dice el documento preparado para la mesa redonda que tuvo lugar en la Conferencia Mundial de 1998 sobre “Las exigencias del Mundo del Trabajo”, hacer hincapié en las capacidades y la flexibilidad en la formación. Esto, en última instancia, se refleja en el diseño curricular. Toda universidad, en última instancia, es el currículo que en ella se imparte.