Opinión

La comunidad en la que todos somos necesarios


En las instituciones estatales y privadas que rigen la vida de la comunidad se ha podido comprobar que éstas influyen en la situación de pobreza, desigualdad y en la calidad de vida. Urge crear una institucionalidad que legalice la diferenciación socio-económica en el acceso a servicios de calidad y evitar que la ampliación de la brecha en la calidad de los servicios recibidos pueda ser regulada tanto en su efecto precio como por un efecto calidad, dada la desigualdad de ingresos que hay en el mercado laboral. Por ejemplo, la salud que recibimos los nicaragüenses es de muy mala calidad tanto en el sector privado, semi-privado, como público. Al igual que la educación, la cual es generadora de desigualdades bien marcadas.
Esto hace que la comunidad en vez de afirmar la autonomía y la autosuficiencia compartida promueva el atomismo capitalista, que postula la tesis que el individuo puede realizarse y ser feliz consumiendo cosas, sin necesidad de ser parte de la comunidad. Este modelo ha generalizado la idea de individuos con derechos, pero sin deberes. Por lo que vemos necesario complementar al individuo con derechos, con el sentido de que se nace situado en una comunidad concreta en la que imperan unos valores comunes compartidos entre todos. Esta forma comunitaria puede adoptar múltiples formas: familia, comunidad civil, grupos de acción ciudadana, movimiento social. Es en este ámbito comunitario donde se toma conciencia del valor de los otros, no para desacreditarlos, ni humillarlos, sino para vivir con ellos la propia autorrealización. Este sentido de comunidad acentúa que, además de derechos, se tienen deberes con respecto a los otros. En otras palabras, la comunidad es una construcción en la que todos somos necesarios. No importa si eres de izquierda o derecha, la comunidad es una y nos necesita a todos como seres sociales, que nos hemos ido haciendo gracias a la interacción con los otros.
Es el ámbito comunitario donde se captan los valores éticos, es decir aquello que es bueno para la comunidad y aquello que es bueno para mí, sin que se dé una oposición radical entre la esfera del yo y la de la comunidad. Estos valores, apreciaciones del bien, son captados en el seno de la comunidad por contagio, al verlos encarnados y vividos en personas concretas. Por ello las instituciones educativas debieran jugar un papel formante en el capital social. Se ha podido comprobar que el desarrollo y bienestar de las comunidades resulta más favorecido en grupos humanos en los que las personas adoptan un sistema de valores compartidos, en el que se sienten comunidad, ya que sólo así la preocupación social es más fuerte que los intereses individuales, que en las que predominan las formas competitivas y muy individualistas.
Pastor en San Rafael del Sur.