Opinión

“¿Por qué caíste ayer, por qué no fue mañana?”


Cuando Luis Rocha Urtecho y José Luis Rocha Gómez, miembros únicos del “voluntariado fraterno para la promoción de este prójimo”, se ocupaban de los detalles finales para el éxito de este acto, recibimos la inesperada noticia de la muerte del compañero Francisco Bravo Lacayo.
Se nos murió el Panchito Bravo, en cuyo diminutivo amigos y compañeros encierran su gran cariño por quien, de sus 83 años de vida, aportó casi 65 años a la lucha por la justicia social. De esos años, a mí me cupo el privilegio de compartir con él 63 años de ideales, amistad y compañerismo, y últimamente, también de oficio en la emisión de nuestras opiniones políticas en EL NUEVO DIARIO.
En donde, como nuestro país, las condiciones económicas y sociales no son generosas con la vida de los trabajadores, compartir 63 años de lucha y amistad es como vivir dos y hasta tres veces el tiempo de vida de los jóvenes que muy temprano pasan a engrosar las estadísticas de las defunciones por múltiples causas originadas en el sistema. Pero, por desgracia --y por esto el sistema logra reproducirse una y otra vez--, no todos lo combaten con firmeza, como a Francisco Bravo Lacayo le tocó hacerlo hasta en los últimos momentos de su vida.
Presentar este libro el día de hoy, 21 de septiembre, fue una idea de José Luis Rocha Gómez, y no por casualidad, sino para rendir homenaje al poeta Rigoberto López Pérez, el ajusticiador de Anastasio Somoza García hace hoy 51 años. Hoy, el homenaje lo hacemos extensivo a Francisco Bravo Lacayo, a quien a esta hora están sepultando, y hacia allá va nuestro sentido homenaje.
José Luis sugirió esta fecha, 21 de septiembre, porque sería una forma sencilla de rememorar con sincero sentido de patria aquel suceso que tuvo profundas repercusiones en la vida política nacional. Suficiente motivo para que hoy se hiciera la presentación de este libro, aunque en su contenido no hay una relación amplia sobre el suceso que este día conmemoramos; sólo aparece como un dato histórico aquel “acontecimiento que conmocionó a la sociedad nicaragüense como pocas veces en su historia”, según refiero en la página 81.
Esta parca referencia está determinada por el carácter específico del tema central del libro, y ojalá que esto no estimule la maledicencia de ningún guardián de dogmas, ni vaya a suponerse que se trata de una censura a la acción de Rigoberto, porque compartamos la idea de que se trató de una “aventura individual”, o peor todavía, que se nos asimile a la derecha, diciendo que la acción de Rigoberto la censuramos por considerarla “terrorista”.
Aunque la sospecha es hipotética, de todas formas creo oportuno fijar aquí algunas ideas sobre el papel del individuo y, en nuestro caso, el de Rigoberto López Pérez, en el movimiento social nicaragüense. Es cierto, su acción fue un acto de heroísmo individual, porque no formó parte de un movimiento político y social organizado y amplio ni fue el resultado directo de una situación de crisis general protagonizada en las calles por las masas enardecidas. Tampoco fue consecuencia directa y culminante de una insurrección armada popular. Pero sí, lo de Rigoberto fue un acto de heroísmo individual, pero no una acción individualista.
El individuo, en nuestro caso Rigoberto, no actuó como un autómata, un aventurero incapaz de frenar su propia reacción visceral o alguien que buscaba objetivos personalistas y, en un estado frenético, apostó su vida contra la oportunidad de obtenerlos. No, de ninguna manera. Rigoberto fue un hombre de ideales y firme criterio, de pensamiento y acciones conscientes nacidas de su sensibilidad humana, de su ética personal y de su formación estética, todo en completa unidad y armonía con los pensamientos y los sentimientos colectivos de liberación y justicia; con una ética y unas acciones sociales heredadas por generaciones de nicaragüenses que de muchas formas y con muy válidas razones, lucharon contra la opresión dictatorial de lo peor de un sistema político y económico antinacional con sostén imperialista, representado por el fundador de la dinastía de los Somoza.
Nuestro individuo, Rigoberto, era parte de esa gran unidad social de ideales y sentimientos libertarios, en oposición al ejercicio de muerte de la dictadura, pues antes del ajusticiamiento de Somoza García, miles de patriotas habían perdido sus vidas, y las siguieron perdiendo por muchos años más, a manos de sus herederos y sus mismos sicarios.
Rigoberto fue un átomo del cuerpo de una sociedad anhelante de justicia y libertad; no fue el individuo aislado, mucho menos contrario al interés social, ni buscaba satisfacer ambiciones personalistas, sino un hombre en disposición de morir por un ideal, lo cual le da un nivel ético indiscutible, sólo alcanzado por los verdaderos héroes.
Es innegable que este homenaje merece multiplicarse en sentido, sentimiento y patriotismo a muchos héroes conocidos y anónimos. Y sin sospecharlo, José Luis, con su propuesta, removió en mi interior algo más que las alas de la memoria en torno al héroe que inició el “principio del fin de la dictadura”; cada 21 de septiembre, y desde medio siglo atrás, me trae ecos sentimentales.
Aquel día de septiembre, cuando Rigoberto marcó su hazaña en la historia nicaragüense, mi hijo Denis (11 de septiembre 1950) cumplía seis años y diez días de vida. Pero este hecho no es todo el significado de esta fecha para mí y mi familia; 22 años después, el 9 de septiembre de 1978, Denis entregaría su vida por la misma causa por la cual Rigoberto entregó la suya, en una continuidad histórica sin pausa de la lucha contra la dictadura que Somoza García había heredado al morir.
Septiembre me cala hondo también, porque el 2 de septiembre de 1956, diecinueve días antes de la hazaña de Rigoberto, había nacido mi hijo Sergio Iván. Y el 31 de mayo de 1979, a 23 años después, que también eran los 23 años de su vida, Sergio Iván caía en la lucha por el mismo ideal de su hermano Denis, que era el mismo ideal de Rigoberto y de los miles de jóvenes que con su sangre regaron celdas, calles, caminos y montes. Este heroísmo de carácter individual y colectivo me hacer traer aquí algo de lo que Pablo Neruda escribió en su Oda a la Campana: “¿Por qué caíste aquel día, por qué no fue mañana?” Y me permito parafrasear su respuesta: Porque en aquel día, ¡la libertad de Nicaragua debía seguir creciendo!
* Texto leído en el acto de presentación del libro “Cien años del movimiento social en Nicaragua, el 21 de septiembre 2007, auditorio del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica de la UCA.