Opinión

Vivir los verbos en la vida cotidiana


Se cuenta que había en la tradición Zen un mónaco que era visitado por gente de todas partes para escuchar su sabiduría. Llegó una vez un “occidental” y le pregunta a uno de sus discípulos: ¿Qué hace de especial tu maestro? Y éste le contesta: “No hace nada de especial. Cuando come, come; cuando habla, habla; cuando se descansa, se descansa; cuando camina, camina”. El occidental le contesta: ¡Pero esto lo hacen todos! “Pruébalo --le dice el discípulo-- y verás cuánto es difícil”.
Estamos tan acostumbrados a combinar muchas acciones contemporáneamente que no nos damos cuenta que de esta manera perdemos el gusto de vivir a fondo cada acción como única y nos perdemos la capacidad de estar en contacto no sólo con lo que hacemos, sino también con su significado. Y esto a partir de los verbos de la vida cotidiana. Cuando escuchamos, no escuchamos, porque estamos distraídos en otras cosas; cuando saludamos, no saludamos, porque difícilmente establecemos una relación verdadera; cuando vemos, no vemos lo que en realidad está a nuestro alrededor, sino lo que queremos ver; cuando reflexionamos, no reflexionamos, porque no estamos en contacto con nuestra voz interior; cuando reposamos, no reposamos, porque estamos con inquietud; cuando respiramos, no respiramos, porque junto al oxígeno inhalamos las tensiones y conflictos que nos afligen.
Y esta lista de verbos cotidianos aumenta, hasta llegar a acciones mayores que están contaminadas unas con otras y que no favorecen un sentido de armonía y de relación con nosotros mismos y con lo que está a nuestro alrededor. Muchas enfermedades de la vida moderna tienen origen en esta combinación contradictoria de verbos antagónicos que paralizan a la persona y que anulan o confunden su significado original. Basta pensar en todas las manifestaciones de estrés que vivimos y que son, sobre todo, fruto de la combinación de muchos verbos a la vez y que no permiten separar el ritmo de cada verbo en su propia acción. Tenemos estrés porque probamos una sobre-excitación de emociones individuales, procesos de pensamientos y condiciones físicas. Es decir, una desarmonía en nosotros mismos por todas estas mezclas.
Si lográramos recuperar los verbos en su conjugación y significado original, probablemente haríamos con mayor conciencia cada acción y crearía claridad en su interpretación. Así, hablar sería hablar; escuchar, escuchar; trabajar, trabajar; administrar, administrar; legislar, legislar; orar, orar; y gobernar, gobernar.