Opinión

Embajador del cinismo


Unas veces los cargos retratan a los individuos, otras veces los envilecen. La respuesta apresurada del representante del gobierno Ortega ante España ha tenido la virtud de juntar ambas situaciones. La obligación de disimular la decadencia lo ha llevado a intentar justificar lo impresentable. De todos los argumentos posibles para defender a su representado, el embajador tomó los más desafortunados: el pacto de la corrupción y la política contra las mujeres.
Decir a estas alturas que la mancebía con Arnoldo era un mal necesario para evitar la guerra, aprobar los presupuestos anuales y salvaguardar nuestra democracia imperfecta, no sólo resulta ridículo; además revela altas dosis de cinismo, emulando al rooseveliano, como bien lo titulara EL NUEVO DIARIO. Después de ver sus efectos en la atrofia de las instituciones del régimen político nicaragüense, nadie en su sano juicio se atrevería ya a defender un pacto tan nocivo para la democracia y el desarrollo del país.
Hoy todos sabemos que el pacto Alemán-Ortega no fue para dar un marco institucional seguro, confiable y universal que garantizara la paz social de todos los que habitamos en este país. Todo lo contrario, el pacto fue concebido y ejecutado para la repartición del poder entre ambos jerarcas y sus élites comensales. ¿Cómo puede el embajador comparar los pactos de la Moncloa con los del Chile? Su excelencia sabe muy bien que hay una distancia enorme entre ambos acuerdos. Mientras que el español sirvió para garantizar la transición a la democracia con la mayor inclusión posible, el nicaragüense se propuso todo lo contrario: modelar el Estado a la medida de ambos señores y excluir a todos aquellos que no estuvieran bajo sus alerones. No sé quién podría imaginar a comunistas y franquistas repartiéndose el botín en la mesa de negociaciones.
El ilustre embajador, miembro de nuestra Academia de Historia, omite a propósito que si en Nicaragua la palabra pacto está proscrita, es porque las élites políticas se han encargado de cambiar su sentido originario positivo. Retomando a Xiomara Avendaño, el pactismo tiene ese sentido nefasto en Nicaragua porque sólo ha funcionado como mecanismo de ascenso de notables tahúres que se creyeron predestinados para gobernar por siempre. Por eso no le vale a nuestro diplomático recurrir a la semántica para esconder la montaña de porquería que ha generado el pacto Alemán-Ortega. Decir que las únicas opciones a bordo eran el pacto o la guerra es un chantaje que los nicaragüenses no nos merecemos.
En lo que a las políticas contra las mujeres se refiere --ah señor embajador, mejor hubiera seguido deshojando margaritas a favor del pacto--, ¿acaso no notó que aún estaba fresca la votación de sus conmilitones en la Asamblea Nacional a favor de penalizar el aborto terapéutico? La apología que ensaya en pro de la copresidente Murillo más bien se revierte contra el propósito de su carta, que era refutar un reportaje que resaltaba justamente eso: que este FSLN es diametralmente diferente al de los años ochenta. Y si en un tema la diferencia entre un gobierno sandinista y otro es más sangrante, es en la agenda para las mujeres.
¡Cómo puede venir nuestro hombre en Madrid con una larga exaltación de los logros revolucionarios en favor de las mujeres sin que le dé un síncope por la vergüenza! Hay que ser caradura para pasar de puntillas por el 13 de septiembre y llenarse la boca con soflamas a favor de la emancipación de las mujeres en los ochenta sin ver los contrastes con la política seguida por su partido en los últimos diecisiete años. Si en algo el FSLN ha experimentado una derechización inobjetable es en su acercamiento a las tesis del pensamiento más reaccionario hacia las mujeres. De allí sus coincidencias con los gobiernos liberales contra el Manual de Educación Sexual que un fugaz ministro --cuyo nombre ya nadie recuerda-- entregó al opus dei; con los diputados derechistas para sabotear la Ley de Igualdad de Oportunidades en coautoría con la Conferencia Episcopal en una comisión del parlamento; y por último, la brutalidad contra el aborto terapéutico: primero actuando su partido de chivato para facilitar su abolición, y más tarde para penalizarlo definitivamente en el nuevo Código Penal, codo a codo con el lado más soez de los diputados liberales.
A ver, Monsieur L´ambassadeur, diga en voz alta: ¿cuántos partidos de izquierda conoce que se hayan pasado con todo y cartucheras al bando conservador para declarar la guerra a las mujeres? Ah, y no vale que ahora venga a ensalzar las cuotas del 50 por ciento en los cargos electivos y en el gabinete, porque como ya se vio en el caso de la Ministra de Salud, mujer que no piensa como el binomio gobernante: chitón pitillo.
Sucede que para justificar la penalización del aborto terapéutico los jerarcas del danielismo todavía no terminan de cuajar sus argumentos y dejan que sus voceros se lancen sin paracaídas, o en el mejor de los casos, que es la mayoría, se queden callados, como ha ocurrido con la organización de mujeres del Frente, con sus diputadas ex feministas y con lo más granado de su destacamento pensante.
Se pregunta uno, ¿cómo hará el querido líder para ir a Cuba, el país de mayor libertad para la práctica del aborto de la región, y renovar credenciales ante sus referentes ideológicos? ¿Qué cara pondrá el embajador en cuestión cuando se entreviste con las funcionarias del gobierno de Zapatero, a todas luces favorable a una mayor igualdad social entre hombres y mujeres? ¿Pondrá la misma de su carta o por lo bajo se atreverá a musitar una autocrítica?
Es claro que el oficio de embajador obliga muchas veces a cumplir misiones ingratas, pero en este caso el designado en Madrid lo hizo peor. Para defender la actuación de un gobierno que ha convertido el cinismo en su doctrina oficial no hacía falta oficiar escrupulosamente de cínico. Ahora sabemos por qué las ventanas del embajador siempre miraron hacia otros patios pero nunca hacia el propio.